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Una vueltecita por Guatemejor (parte 1)

La forma de viajar había cambiado un poco en esta segunda etapa del viaje. En Sur América, la limitación de tiempo del que disponía me había obligado casi a hacer un master intensivo en geografía al tener que estudiar con detenimiento mapas y guías con el objetivo de trazar una ruta coherente que, enlazando cinco países distintos, no supusiera muchas idas y venidas. Ahora, ya sin prisas, me había tomado las cosas con más calma. Con tanta que cuando llegué a Guatemala apenas había echado un par de vistazos rápidos al mapa del país y sólo tenía una vaga idea de tres o cuatro sitios que ni siquiera era capaz de ubicar. Al final, hablando con gente de por aquí y por allá, un poco de internet y ojeando algunas guías, sobre la marcha los lugares fueron saliendo (todo sea dicho, tampoco es que innovara demasiado) y acabé estando por allí más de tres semanas. Guatemala, un país lleno de naturaleza y con tanta riqueza cultural dan para eso y mucho más.

Como era jueves me fui temprano de San Pedro a Chichicastenango, un pequeño pueblo del altiplano donde ese día y todos los domingos tiene lugar el que dicen que es el mercado con más colorido de Centroamérica, pues a el acuden no sólo los locales quichés sino comerciantes de otras comunidades indígenas de las proximidades. La primera impresión que te da al llegar allí es que, más que un mercado en un pueblo, parece un pueblo en un mercado. Una parte es la de artesanías dedicada al turista, con los telares llenos de colorido, máscaras de madera, trajes típicos… infinidad de cosas que se ven por el resto de Guatemala y que aquí están concentrados y multiplicados por mil. Pero también hay otra parte destinada a cubrir las necesidades de los locales, donde venden frutas, vegetales, comidas y una gran variedad de útiles y objetos inclasificables, por lo que al final se origina una mezcla bastante curiosa. Como en todos los mercados mucho bullicio, ruidos, aromas, vendedores que poco les falta para secuestrarte… un sitio un poco incómodo para permanecer mucho rato si uno no es un entusiasta de las artesanías o tiene un sistema nervioso blindado contra tanto estímulo simultáneo. Pero esta vez tenía que comprar un par de regalitos y tocó batallar un poco con los vendedores mediante el arte del regateo, que como es bien sabido, termina cuando haces un amago de irte, escuchas la última oferta que suele ser la mitad o menos del precio de salida y, si al final compras, te vas con la sensación de no saber si has conseguido un chollo o una estafa y a la vez sintiéndote un poco miserable por haber estado regateando para ahorrarte unos pocos céntimos. Pero no todo es mercado en Chichicastenango. También es un buen lugar para apreciar la persistencia de las tradiciones mayas. Por ejemplo está Iglesia de Santo Tomás, que es una muestra del sincretismo entre el catolicismo y las creencias mayas precolombinas. Aunque tiene aspecto católico por fuera, las escaleras son utilizadas a modo de los escalones de los templos mayas y se puede ver en ellas a líderes religiosos y chamanes agitando incensarios y salmodiando, mientras que el interior está lleno de ofrendas como flores, botellas de alcohol y velas, todas ellas depositadas en el mismo suelo por su proximidad con los ancestros enterrados. Y también está, a la salida del pueblo, el Santuario de Pascual Abaj, una piedra de sacrificio donde se realizan ofrendas y se celebran ceremonias religiosas en las que en ocasiones se sacrifican pollos. Me quedé con las ganas de presenciar alguna.

De Chichi (en Guatemala es frecuente acortar todos los nombres y así Panajachel es Pana, Chichicastenango es Chichi y Ciudad de Guatemala, Guate) me fui hasta Quetzaltenango, más conocido con el nombre de Xela. Para el que se lo esté preguntando “tenango” significa lugar de o lugar donde hay, de modo que Quetzaltenango vendría a ser algo así como lugar donde hay quetzales (aunque actualmente ya no queda ninguno allí) y Chichicatenango lugar de chichicas, que vaya usted a saber lo que significa. El lugar donde se agarraban los colectivos parecía estar tomado por españoles: un sevillaño, un madrileño, dos canarios, dos vascos y un catalán contabilicé. El sevillano y los vascos también iban para allá así que me junte con ellos y fue un placer sacar del baúl de los recuerdos el verbo coger y desempolvar palabras y expresiones malsonantes typical spanish que asustan a los de por aquí.

Xela es la segunda ciudad más grande de Guatemala, aunque tiene algo menos de 200.000 habitantes y en nada se asemeja a la monstruosa capital. Ni grande ni pequeña, es un sitio agradable que eligen bastantes extranjeros para aprender el español con más éxito que en otros lugares del país, pero si uno está sólo de paso no hay mucho que ver y fue suficiente con darse un paseito mientras buscábamos alojamiento y un lugar para cenar. Ellos un buen chuletón mientras yo me tomaba una cerveza para luego comerme algo por la calle. Así de dura es la vida del viajero a largo plazo. Luego fuimos a tomar a un bar con música en directo, que recordaré siempre porque al sevillano casi se le caen las lágrimas cuando versionaron una canción de los Gipsy Kings.

Por las proximidades de Xela fuimos a las Fuentes Georginas, que son una especie de spa natural situado en un valle poblado por bosques tropicales. Muy bonito el lugar. Y claro, entre el vientecillo montañoso y que el día estaba algo nublado veías el vapor de agua sulfurosa que emanaba de las termas e inmediatamente te apetecía meterte casi de cabeza. Pero sucedía que el agua estaba caliente. Muy, muy caliente. Tanto que no resultaba muy aconsejable saltar de golpe siguiendo un primer impulso y había que ir entrando poco a poco como si de agua fría se tratase. Según parece antes estaba algo más templada, pero hace algunos años hubo un desprendimiento de tierra que, aparte de cargarse unas esculturas que adornaban el lugar, dejó al descubierto una nueva veta de agua que es la responsable de semejante calentamiento. Tras la sesión de relax de regreso a Xela paramos a comer en Zunil, donde destaca el mercado agrícola en el que cientos de indígenas de las proximidades acuden a vender los productos de sus cultivos. Y también llama la atención, aunque en sentido negativo, que a pesar de lo sucio que está el río que atraviesa el pueblo, ya que es utilizado como vertedero, sea utilizado a la vez como baño y lavadero.

Mi intención para el día siguiente era ascender el volcán Tajumulco. No es el más bonito, incluso en comparación con otros volcanes de Guatemala es bastante feo, con un cono no muy perfecto y un cráter deformado, pero con sus más de 4.200 metros es el punto más alto de Centroamérica y eso tiene mucho tirón, aparte de las vistas que se pueden apreciar desde la cima. La ascensión la puede realizar perfectamente uno por su cuenta ya que no es muy técnica y el camino no resulta muy confuso. Pero hay una organización que se llama Quetzaltrekkers que es una especie de ONG formada por voluntarios internacionales que organiza distintos trekkings y destina casi todo el dinero recaudado a los niños de la calle. Y por otra parte, la gracia del asunto también está en quedarte a dormir por la noche para luego presenciar el amanecer en la cima, y yo no tenía ni tienda de campaña ni saco de dormir y ellos te los facilitaban. Así que, en definitiva, renunciando a la dosis extra de aventura que implicaba ascender por mi propia cuenta, me decidí a hacerlo con ellos y por la tarde me dirigí a la Casa Argentina que es donde esta ubicada la organización. Allí nos reunimos todo el grupo e hicimos eso muy gringo de sentarnos todos en círculo y presentarnos, y mientras pensaba lo cansado que estaba de tener que hablar en inglés en Latinoamérica desconecté y cuando volví me di cuenta de que la gente se había levantado y colocado delante de grupos de objetos que había en el suelo. Se trataba de los útiles comunes (tiendas de campaña, cuerdas, comida…) que nos teniamos que repartir para llevar cada uno en sus respectivas mochilas. Y claro, la gente tonta no es y como llegué el último me tocó el peor que incluía una olla enorme que pesaba lo suyo y que de ninguna forma iba a caber dentro de la mochila. Que se le iba a hacer, me callé la opinión de que para un par de comidas que íbamos a tener la cosa se podía resolver a base de pan con algo de relleno y acepté con resignación mi papel de mula.

Por la noche me fui a tomar las últimas cervezas de despedida con mis compañeros de los último días, que proseguían su viaje hacia la parte oriental del país. La cosa no se prolongó hasta muy tarde porque tocaba levantarse a las 4 de la mañana para ir a donde los Quetzaltrekkers y desde allí dirigirnos a San Marcos de camino hacia el volcán. Cualquiera podría pensar que con semejante madrugón uno se podría echar una cabezadita en el autobús, pero es que nos fuimos en un Chicken Bus que además estaba tan saturado de gente que tenía que ir con las puertas abiertas para que cupiesen todos, algo que no es nada inusual en este tipo de transportes. ¿Qué es un Chicken Bus? El fenómeno merece un inciso. Los Chicken son los antiguos autobuses escolares americanos amarillos, esos que a veces se ven en las películas, que fueron retirados por ser demasiado contaminantes y se vendieron y donaron sobre todo a los países centroamericanos. Son el medio de transporte más habitual en Centroamérica, porque aunque existen otros como shuttles o autobuses algo más cómodos y modernos, por mucho menos precio y aunque en ocasiones se tenga que hacer malabarismos con las combinaciones, con ello se puede llegar al sitio más remoto. El nombre se debe a que a que no es extraño ver a mucha gente de campo que se suben a ellos cargando con animales, aunque a mi me convence más la explicación que afirma que es debido a que por la saturación de gente que se produce en su interior recuerdan a una granja intensiva de producción de huevos de gallina. Por fuera son llamativos, porque muchos están pintados con mucho colorido al gusto del propietario, como el que sale en la fotografía, y sobre todo porque suelen llevar mensajes religiosos en la parte frontal del tipo “Dios te ama” o “Jesús es tu pastor”. Pero el verdadero espectáculo está por dentro. Te recibe el conductor, que suele ser un tipo muy majete que te hace el típico comentario cachondo y suele poner la música (todo tipo de variedades latinas) a todo volumen. Luego llega el laborioso proceso de encontrar un hueco, porque como parece ser que no tienen límite de capacidad, ubicarse resulta como una partida de Tetris virtual. Si no tomas el autobus en la terminal es bastante posible que te toque ir de pie en el pasillo esquivando codazos y patadas en medio de la aglomeración, aunque de todos modos ir sentado tampoco es mucho más relajado, porque los asientos están pensados para niños. Por eso el espacio para las piernas es muy reducido y te las golpeas constantemente, y cuando van tres adultos en el mismo asiento el de la ventanilla casi tiene que ir con la cara pegada en el cristal, el de en medio en modo sandwich y el del pasillo con la mitad del culo en el aire. Un empaquetamiento que no obstante no carece de utilidad, porque como a veces circulan por terrenos dignos del Dakar, o simplemente al pasar los tumulos (topes para ralentizar la velocidad), impide que salgas disparado. Aproximadamente se sabe cuando van a salir, aunque a veces hay que esperar a que se llenen un poco, pero nunca se sabe cuando van a llegar, porque no hay paradas establecidas, sino la gente se para y se sube cada pocos metros, incluyendo a los vendedores que se recorren todo el pasillo como pueden clamando sus productos (mítico el “¡Quesilloooooooooo…!” de Nicaragua). Y bueno, para acabar, vaya por delante mi admiración a aquellas mujeres que se suben con tres niños colgando y algun bulto encima de la cabeza y sobre todo a la figura del cobrador, que se aproxima bastante al concepto de superhombre (excepto por el hecho de que te traten de cobrar de más, lo que le convierte en demasiado humano). Porque el pasaje no se paga al subir o al bajar, sino en medio del trayecto. Y entonces el cobrador recorrie todo el pasillo entre la maraña humana con una habilidad asombrosa, con una memoría todavía más sorprendente identifica a la gente que todavía no ha pagado y después de cobrar desaparece por la puerta de atrás, corre en paralelo por la carretera al costado del bus y después salta para adentro por la puerta delantera. En fin todo un microuniverso el de los Chicken que daría por lo menos para un par de buenos documentales y que sirve para entender que lejos de descansar, el desplazamiento fue como una especie de calentamiento para la ascensión.

Después de desayunar en San Marcos nos fuimos esta vez en un colectivo hasta el cruce donde empezaba la subida hacia el volcán, situado ya a unos 2.200 metros de altura, por lo que al final para llegar a la cima se salvan cerca de 2000. Al principio por un camino con muchas casas humildes a los lados de donde salían un montón de niños a pedirnos galletas y monedas y después por un sendero entre prados y bosques de coníferas. Nos cruzamos con grupos de comunidades cercanas que suben a hacer a rituales mayas, incluso había mujeres que cargaban a sus hijos y subían tan alegremente… De todas formas la ascensión no me pareció muy exigente. Se hacía notar un poco el exceso de equipaje y la dichosa olla, que había amarrado a la mochila como había podido y estuvo sonando a cencerro durante todo el camino, pero imaginaba algo mucho más duro por eso de que era el volcán más alto. Llegamos en relativamente poco tiempo, no a la cumbre, sino a una explanada que hay 300 metros debajo de la cima. Teníamos tiempo suficiente para subir ese mismo día, pero nos quedamos ahí a acampar. Montamos las tiendas y luego lo típico, hablar, jugar a cartas, cenar… hasta que el frío hizo que el único lugar habitable fuera dentro de los sacos de dormir. Nos levantamos a eso de las 3 de la mañana para subir a tiempo antes del amanecer. La subida era por una especie de pedrera en la que en algunos tramos había que trepar. El cielo estrellado era una buena señal, porque por la tarde del día anterior se había nublado un poco y yo ya pensaba que iba a pasar como en el Cotopaxi, que no se veía a más de dos metros de distancia. Esta última parte si fue algo más dura por el frío, por la altura y también porque no habíamos comido nada. Pero llegamos cuando todavía era de noche, y nos dió tiempo a volvernos a meter en los sacos y echarnos una siestecilla hasta que los rayos del sol actuaron como un despertador privilegiado. La vista… increíble. Se veía toda la cadena de volcanes que nace en México y llega hasta El Salvador y hasta el Pacífico en el horizonte. Estuvimos un buen rato contemplando y luego dimos una vuelta por el borde del cráter y empezamos el descenso. Tardamos menos de la mitad del tiempo en el que habíamos subido. De regreso a Xela quedamos los del grupo para vernos luego en un bar por la noche, pero un día levantándome a las 4 y el otro a las 3, me tumbé un rato en la cama para descansar un poco y ya no me desperté hasta la mañana siguiente.

Después de Xela, tras pasar por Huehuetenango (también ignoro lo que significa Huehue) , me fui hasta Todos los Santos, un pequeño pueblo en la zona de los Cuchumatanes en el que la mayoría de los habitantes pertenecen a la etnia maya mam. El pueblo está en un emplazamiento bonito, pero lo llamativo del lugar está en el hecho de que los hombres van vestidos con traje tradicional. Yo ya había visto algunos en San Juan de la Laguna, pero aquí no eran algunos. Ni muchos. Eran todos. Todos los hombres, jovenes y viejos vestidos con el mismo traje que consiste en unos pantalones de rayas rojas y blancas y una camisa blanca con rayas azules, y la mayora además con un sombrero de paja rodeado de una cinta azul y un zurrón. Parecían clones. Las mujeres también llevan sus trajes, aunque eso como en todo Guatemala. Y ahí me quedé en la plaza del pueblo sentado un buen rato mientras simplemente me dedicaba a contemplar la gente, y como era el único extranjero, sintiéndome como si estuviera disfrazado. Aparte de eso poco más, creo que a las nueve de la noche ya no quedaba ni un bar abierto, y a pesar de que en la zona se pueden hacer alguna que otra caminata interesante, decidí irme al día siguiente. Todavía quedaba mucha tela que cortar en Guatemala.

De catrachos, guanacos y chapines

Una especie de turba de zombies mutantes abalanzándose sobre mi mochila me devolvió de forma súbita la sensación de estar de nuevo en marcha tras casi dos meses de inanición viajera en Nicaragua. Se trataba de los tricicleros, que pugnaban desesperadamente por llevarme al otro lado de la frontera a cambio de unos pocos pesos. No recuerdo haberle levantado jamás la voz a un nicaragüense, pero esta vez tuve incluso que empujar a uno de ellos para que soltara mi equipaje y al final, decidí mandarles a todos al carajo y recorrer el trecho a pie.

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Cambio geopolítico: Honduras pertenece a Japón.

Me encontraba en El Guasaule, una de los pasos fronterizos entre Nicaragua y Honduras por donde no hacía mucho se rumoreaba que el depuesto Zelaya iba a tratar de regresar y en consecuencia, se había armado un gran alboroto, aunque ahora las cosas estaban ya más tranquilas. Las fronteras por aquí son un poco de chiste. No existen barreras ni puntos de control y se puede pasar de un lado a otro como quien va a comprar el pan en frente de su casa. Más bien es uno el que tiene que buscar la oficina de migración pertinente, cuya localización no siempre es evidente, para que le sellen el pasaporte. Y aquí ni tan siquiera fue necesario eso porque como existe un acuerdo de unión aduanera, me valía el sello de Nicaragua.

Ya en el lado hondureño, tomando un par de autobuses y tras hacer escala en Choluteca, llegué a Tegucigalpa. Estaba en el corazón del país y ni rastro de barricadas, gente liándose a balazos o algún otro signo de desobediencia civil. Es cierto que habían pasado varios meses desde el inicio del conflicto, pero tras hablar con gente de por aquí y por allá, me dió la impresión de que no parecía existir una especie de zelayismo al estilo del sandinismo o del chavismo con capacidad para poner patas arriba el país, y nunca había llegado a pasar nada grave aparte de pequeños disturbios y movilizaciones localizadas casi siempre cerca de la sede del gobierno. Como siempre, en la prensa se leen incidentes aislados que magnificados por titulares y fotografías impactantes en portada llevaban desde fuera a hacerse una imagen equivocada. Y era más bien eso de lo que se lamentaba la gente, sobre los que repercutía el empeoramiento de la mala situación económica, ya de por sí endémica del país.

En la capital solo estuve una tarde. Me fui a la mañana siguiente con la sensación de que tampoco me estaba perdiendo nada. Según un dicho catracho, en Honduras las decisiones se toman en Tegucigalpa, se trabaja en San Pedro Sula y se descansa en La Ceiba. Y a ésta última, situada en la costa norte caribeña, fue mi siguiente parada. Siendo un lugar eminentemente turístico, aquí si se hacían más perceptibles los efectos de la situación del país. Las calles y chiringuitos situados en la línea del mar estaban desolados y en el hostal donde me alojé, el Banana Republic, era el único huesped. El hostal estaba sucio, descuidado y no había gas en la cocina, mientras que los empleados permanecían ociosos todo el día tirados en unas hamacas. ¿Quién iba a culparles? El dueño les había comunicado que era bastante posible que en unos pocos días tuviese que cerrar, como había venido sucediendo con otros muchos hostales y agencias de turismo del lugar en los últimos tiempos.

Muchas veces me han preguntado si uno no se siente solo cuando viaja sin compañía. Claro está, depende de cada uno, pero lo cierto es que es raro que suceda, salvo en contadas ocasiones y sobre todo por la noche, aunque siempre se puede echar mano de un buen libro o ocupar el tiempo planeando los detalles del día o los días siguientes. Más bien a veces sucede lo contrario y, con el tema de los hostales y las habitaciones compartidas, lo que uno acaba echando en falta es disponer de su propio espacio. Pero esta vez, habiendo estado últimamente siempre con más gente y con el hostal que parecía un convento, si me dió un pequeño achaque de soledad. Nada serio. Lo superé rápidamente evocando los tiempos felices de Sur América y pensando en los destinos que estaban por delante. Y el siguiente de ellos era una de las islas de las bahía: Roatán, Utila, Guanaja y los Cayos Cochinos, que es donde transcurre Supervivientes, ese reality show en el que unos famosos algo moñas lloran porque les pican los mosquitos y a veces tienen que pasar un día sin comer. Mi idea era sacarme una licencia de buceo por lo que la decisión quedaba entre Utila y Roatán. Aunque la primera es la más económica y la más frecuentada por los mochileros, al final, en el mismo muelle desde donde partían los ferries me decidí sobre la marcha por la segunda porque es más grande y parecía que había más cosas que hacer aparte de estar tirado en la playa.

Las isla pasó a ser parte de Honduras en 1861, tras casi 200 años de soberanía inglesa. Por su pasado con alternancia de administración española e inglesa, existen muchas diferencias étnicas y lingüísticas con respecto al territorio continental, algo que sucede en general en toda la región caribeña de los países centroamericanos. Hay mucha población negra descendientes de esclavos africanos y mucha gente habla inglés, aunque casi todos saben español, e incluso otras lenguas propias, según la ascendencia, como el creolé o el garífuna.

Siendo el único extranjero en el barco, me di cuenta de que aquí tampoco la cosa iba a estar muy concurrida. Del puerto me fui a una zona conocida como West End, por ser donde se concentran la mayoría de operadores de buceo. “¿Cuál es el hotel/hostal más barato?”, le pregunté a alguien del lugar, y me llevó a un cuchitril destartalado, lleno de telarañas, con el suelo de madera carcomido y tablones sueltos en el piso de arriba que costaba 100 lempiras (menos de 6$). A pesar de que no suelo ser muy exigente, tampoco era mi intención ser conocido en la localidad como el chico del Valerie’s, y de todas formas allí dentro no había ni rastro del dueño. Así pues, acabé recalando en el segundo de la lista, que costaba 20$ la noche, que aunque pueda parecer que no es muy desorbitada, más si se tiene en cuenta que estaba literalmente situado a 5 metros de la playa, era lo más caro que había pagado hasta la fecha. Después me fui directamente a buscar un centro de buceo para empezar cuanto antes un curso de iniciación. ¿Por qué tanta insistencia en bucear aquí? Porque el mar que las rodea es un parque natural por el que pasa el segundo arrecife de coral más grande del mundo después del australiano (empieza en Nicaragua y se prolonga hasta México) lo que origina un espectacular entorno acuático que la convierte en uno de los lugares más privilegiados para el buceo, a lo que se le añade que es uno de los lugares más baratos para hacerlo. Vamos que vendría a ser como entrenarse a fútbol en el Bernabeu o el Camp Nou. Y como la isla estaba casi desierta, en el curso solo estaba yo y fueron como una especie de clases particulares.

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Las cristalinas aguas de Roatán, con visibilidad perfecta para el buceo.

Me levantaba a eso de las 6:30, me daba un bañito en el mar y luego desayunaba una baleada, comida típica hondureña consistente en una torta de maíz que se puede rellenar con crema de fíjol, queso, pollo, carne de res…, antes de irme al centro de buceo. Bajo las aguas cristalinas, entre corales, infinidad de peces coloridos que no se asustaban cuando te acercabas, morenas, langostas… estuvieron los mejores momentos en la isla en los cuatro días que pasé. No conocí a nadie, a excepción de un negrito con trencitas que me sacó dos cervezas a cambio de la promesa de darme un paseíto en su carro que nunca llegó a cumplir. Al final no me moví del lugar salvo para hacer un viajecito corto a la capital, Coxen Hole, que tampoco tenía mucho que ofrecer, y en mi vida de superficie me aburrí bastante. Baste decir que hasta me tragué un México-Honduras… Por eso en cuanto acabé el curso decidí marcharme inmediatamente de allí.

La siguiente parada era Copán, situada en el otro extremo norte del país. Y digo era porque, inédito en mí, me dormí en el autobús, me pasé la parada y cuando me di cuenta había acabado en un pueblecito llamado Santa Rosa localizado unos cuantos kilómetros más allá. Y como ya era un poco tarde para regresar decidí quedarme a pasar la noche. De camino al centro conocí a un mojado que acababan de deportar desde la frontera entre México y Estados Unidos y me llevó a un hospedaje que es el segundo peor que recuerde en mi amplio historial (el primero es uno inigualable en San Carlos, en el río San Juan de Nicaragua, pero eso ya es otra historia). Y la noche no estuvo tan mal porque no se muy bien que fiesta estaban celebrando, el pueblo estaba bastante animado y en la plaza central había un concierto de música tradicional que sonaba muy bien.

A la mañana siguiente deshice el camino recorrido accidentalmente y llegué finalmente a Copán, un pueblecito tranquilo de calles empedradas famoso porque muy cerca se encuentran unas ruinas artísticamente reconocidas como una de las más bellas del mundo maya y de las mejor preservadas. De entre el conjunto de templos, altares, estelas se destaca la llamada Escalera Jeroglífica, que con sus 63 peldaños que contienen más de 2000 jeroglíficos en los que se registra la historia de la dinastía maya, constituye el texto más extenso conocido de esa civilización. No estaba muy por labor de contratar un guía, más teniendo en cuenta lo caro que costaba la entrada. Pero claro, si no te van explicando y no eres un enterado, al final solo acabas viendo piedras y te pierdes todos los detalles que, en el caso del mundo maya, son muchos detalles. Así que, poniéndome las gafas de sol y los auriculares que no se conectaban a nada, opté por la clásica estrategia de ir quedándome en las distintas construcciones, esperar a que llegasen grupos guiados y disimuladamente poner la oreja. La jugada no me salió mal y solo supuso un par de miradas recelosas. Eso sí, estuve en el lugar mucho más tiempo del que se requiere en condiciones normales para visitarlo. Luego me volví al pueblo y contagiado por la atmósfera apacible decidí quedarme un día más que aproveché para darme un paseíto en caballo, algo que nunca había hecho, por un senderito paralelo a un río que conducía a la pequeña comunidad de la Pintada.

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Justo después de 10 días en Honduras, crucé a El Salvador. Una vez más, pasé los tras trámites fronterizos, que fueron iguales a los hondureños. Luego tenía la idea de pararme en algunos pueblos como Suchitoto y Santa Ana pero al final me dirigí a San Salvador en un desplazamiento muy económico que me salió por 1 €. Inmediatamente decidí bautizar a la capital como San SalvaMall, por la gran cantidad de megacentros comerciales que lo atestan. En uno de ellos, el más antiguo de Centroamérica, pasé el primer día porque tenía que reponer unas cuantas cosas que había ido perdiendo a lo largo del viaje. No logré descifrar su estructura laberíntica y me sorprendió la extraordinaria proliferación de restaurantes de comida rápida, más aún en el país de las pupusas, que vienen a ser como las baleadas hondureñas en plan calzone. Incluso tienen una cadena propia (realmente es una compañía guatemalteca), Pollo Campero, cuyo logotipo es un pollo sonriente a saber muy bien porqué pues su futuro inmediato es ser pasto de la freidora previa descuartización.

Al día siguiente logré contactar con Diego, un viejo amigo salvadoreño que había conocido en los tiempos en que vivía en Managua, que me rescató de la inmensidad de la urbe y me invitó a quedarme unos días en su casa. Y con él y unos amigos conocí algunos lugares de la ciudad, cosa que se agradece mucho puesto que generalmente en las capitales centroamericanas (tal vez exceptuando Panamá con su casco antiguo) los puntos de interés se encuentran dispersos y resulta bastante engorroso llegar hasta ellos. Además, ni que decir tiene que al estar con gente del lugar se descubren lugares y otras particularidades que de otro modo le pasan desapercibidas al de afuera. Como por ejemplo el shuco, una de las bebidas más abyectas que recuerde. Que los frijoles son un elemento básico en la dieta centroamericana es algo conocido. Ahora bien, jamás se me hubiera ocurrido que se pudieran llegar a utilizar directamente, sin moler o batir, como ingrediente en una bebida base maíz a la que, para rematar, se le añade un chorro de chile.

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El mítico Diegolorian. El vehículo ideal para recorrer la jungla San Salvadoreña.

Por la capital salimos un par de noches y uno de los días fuimos a la playa del Tunco, una de las famosas playas surferas que hay en el país. Por las condiciones tormentosas no fue el típico día de sol, arena y mar. Pero dio igual porque el mar bravío chocando contra las rocas e incluso sorprendiéndonos en la orilla con una buena mojadita tenía mucho encanto y no impidió que nos diéramos un bañito en dos piscinas, una con cascada incluida, que había en el hotel donde comimos y al final, por el escenario y la compañía quedó un día para el recuerdo.

Gracias Diego, Carmen, Lando, Claudia y Julie por vuestra hospitalidad y tan buenos momentos.

Total, que en San Salvador tenía previsto quedarme un par de días y al final me quedé cinco. Y con gusto me hubiera quedado alguno más, pero la esencia del viajar es el movimiento y, ya enfilando el rumbo para Guatemala, hice una última parada en un pueblecito del norte llamado Tacuba, muy tranquilo y tradicional, de esos en los que te saludas con todo el mundo que te cruzas por la calle, rodeado de un entorno natural verde y montañoso que invitaba a adentrarse. Me alojé en uno de los hostales más bonitos en los que estado, con un dueño la mar de majete que me invitó a ver el reportaje “La vida loca”, que trata sobre el fenómeno de las maras en El Salvador y cuyo autor franco-español había sido asesinado hacía muy poco presumiblemente como vendetta. Después de bastante tiempo sin hacerlo, me apetecía pegarme una buena caminata y mi idea era pasar un par de días en Parque Nacional cercano, El Imposible, probablemente denominado así por lo imposible que parece ser que alguien te de las indicaciones precisas para llegar hasta él. Al final, busqué a alguien del pueblo para que me acompañase a modo de guía y solo estuve un día, eso sí, caminando sus buenas 8 horas por subidas y bajadas a través de bosques tropicales por caminos abiertos a machetazo limpio.

Desde Tacuba la frontera con Guatemala quedaba a tiro de piedra. Aquí sí me sellaron el pasaporte y me dieron 90 días de permiso para estar en el país, cosa que me alegró bastante pues en pocos días se me vencía el período que me habían dado al entrar en Nicaragua y pensaba que tendría que hacer algo de papeleo en la capital, algo que quería evitar a toda costa.

Ser conductor de autobús o de taxis se ha convertido en el trabajo más peligroso del país y durante los dos primeros meses del 2009, medio centenar de choferes fueron asesinados. De camino hacia Ciudad de Guatemala, leo sobre el hombro en el periódico del pasajero de delante: 3 muertos y 2 heridos en un asalto a un autobús en el municipio de Sayaxché. Siguiente página: 4 personas heridas es el saldo de un nuevo asalto a un bus urbano de la ruta 63. Siguiente: Adolescentes violadas en asalto a autobús… Muy halagüeño. Aquello era como el cuponazo, te puede tocar a ti, y casi daban ganas de bajarse y seguir a pie. Al final no hubo ningún sobresalto y alrededor de tres horas después había llegado a la monstruosa ciudad, que tampoco tiene fama de ser muy segura, principalmente por los mareros, de los que se calculan que puede haber más de 65.000. Aunque al final me imagino que pasará como en todos los sitios y no hace falta tener un sexto sentido para saber donde no hay que meterse.

En la capital no se me había perdido nada, al parecer no hay mucho que ver (aunque luego me contó un español que me encontré que por lo visto existe un rollo cultural subversivo bastante interesante), pero era un paso obligado para ir hasta Antigua. El autobús me dejó en una zona que no tenía muy buena pinta y a punto estuve de traicionar mi principio de no tomar ningún taxi. Tuve suerte porque caminé unas cuadras con todo el equipo y en un puesto de comida callejera donde me detuve a comer algo conocí a un hombre de allí que se ofreció llevarme hacia el lugar donde salían los buses. Nada más llegar al hostal, ya por la noche, conocí a un chileno que me invitó a dar una vuelta con unos amigos suyos, que resultaron ser unos músicos callejeros. Con ellos me fui a la plaza central donde empezaron a tocar, originándose un espectáculo muy lamentable: los dos percusionistas iban totalmente desacompasados, cada uno a su bola, y el cantante, peruano, visiblemente drogado, profería unos berridos ininteligibles a la par que desafinaba penosamente con su armónica de cañas. El despropósito musical, no obstante, le debió resultar bastante exótico a la concurrencia y lograron recaudar un buen puñado de quetzales, que, como esta gente no se caracteriza por tener hipoteca y seguro del coche, ni se cambia muy habitualmente de ropa, fueron inmediatamente invertidos en unos cuantos litros de cerveza. Con ellos seguí el peregrinaje hasta la calle del arco. Sin saber ni cuando ni de donde, empezaron a acoplarse una serie de personajes que debían ser lo más colgados de la ciudad. Uno de ellos que aseguraba se cinturón negro de kungfu se detenía delante de cada persona con la que nos íbamos cruzando, se ponía en la posición de la cobra, según sus propias palabras, y le amenazaba con partirle las piernas, alegando que se trataba de un maleante y que su misión era mantener limpia la ciudad de delincuencia. En fin, fue una noche muy surrealista, en cualquier caso preferible a haber acabado en un bar lleno de gringos tratando de bailar regaetton y lugareñas en su caza. Cuando el peruano sacó un pañuelo y empezó a recaudar dinero para comprar farlopa decidí que iba siendo hora de regresar al hostal para dormir.

El día siguiente, después de comerme un energético desayuno chapín (tortillas, huevos, frijoles volteados y plátano frito), lo dediqué principalmente a recorrer la ciudad. El nombre de Antigua le fue acuñado por ser la antigua capital de Guatemala, siendo su nombre original Santiago de los Caballeros del Reino de Guatemala, toma ya. Tras dos importantes terremotos a finales del siglo XVIII que destruyeron gran parte de la ciudad, la Corona Española decidió cambiar la capital a un lugar más seguro en lo que actualmente es Ciudad de Guatemala. Colonial, con edificios de arquitectura barroca, calles limpias y empedradas… la ciudad es sin duda muy bonita. Será que uno de tanto visto va perdiendo la capacidad de fascinación, que todavía tiene en la retina la imagen de Cartagena…, no me llamó tanto la atención. Lo que más me gustó sin duda fueron los edificios en ruinas, que esperó que tengan el buen gusto de no restaurar. Respecto a la gente, a pesar de que por la masiva afluencia de turismo se dice de Antigua que no es la Guatemala real, se veían muchas mujeres, incluyendo niñas, con el traje indígena de falda y huipil, que son las túnicas coloridas con dibujos que expresan la cosmovisión indígena sobre la naturaleza, además de reflejar la identidad, el lugar de nacimiento e incluso la condición social. La comparación era inevitable, y aquí parecían ser más extrovertidos y risueños que los generalmente taciturnos indígenas bolivianos.

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Calle del Arco, la más famosa de Antigua.

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La plaza central.

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Mercado de Antigua.

¿Qué hacer en un país lleno de volcanes, concretamente 38? Pues subir uno de ellos. El más sui generis (y turístico) es el de Pacaya, por estar permanente activo y presentar ríos de lava que fluyen por su ladera a los que es posible acercarse. Había leído en alguna parte que había gente que había pasado la noche para hacer fotografía nocturna y mi idea inicial era acampar allí para poder juguetear con la lava a mi antojo y de paso presenciar el amanecer. Pero para ello había que pedir un permiso al INGUAT (Instituto Guatemalteco de Turismo) que demoraba muchos días en ser concedido y al final fui según la modalidad habitual, contratando un tour desde Antigua. La ascensión no es nada dura, una hora y media a ritmo relajado, y me sorprende que haya mucha gente que piense lo contrario. En cualquier caso, detrás iban unos porteadores con unas cuantas mulas, ansiosos por que alguien desistiese y contratase su servicio. Al principio el camino transcurría por un bosque tupido, hasta que en un punto desaparecía la vegetación y no quedaban más que arenas y rocas volcánicas. Y cuando tras una curva, a lo lejos, se hizo visible el primer río de lava, se empezaron a escuchar los habituales Fuck! y Oh my God!. ¡Ostias!, fue mi exclamación de sorpresa. Para todos era la primera vez que contemplábamos el fenómeno y resultaba emocionante y espectacular. Caminando un poco más llegamos cerca del cráter. El volcán estaba un poco cabrito, escupiendo enormes rocas de fuego, y por ese motivo solo nos dejaron acercarnos hasta una distancia excesivamente prudencial para mi gusto. Otra gente con la que había hablado me había comentado que se había acercado hasta poder tocar la lava con un palo, al tiempo que empezaba a oler a plástico quemado cuando se fundía la suela de sus zapatos. Traté de convencer al guía para me dejara acercarme, pero fue imposible. Nunca había habido ningún accidente (el único fallecimiento registrado hasta la fecha fue el de un gringo, y no porque muriera abrasado, sino porque tenía problemas cardíacos y le dió un ataque cardíaco, curiosamente no por la ascensión sino porque por lo visto se emocionó más de la cuenta al ver el volcán) y no quería cargar con la mala reputación de ser el responsable del primero. Así que echando de menos una cláusula a la potosina que exhimiese a la agencia de cualquier accidente, no me quedó más remedio que resignarme.

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¿Y qué hacer en un país lleno de lagos? Pues acercarse hasta alguno de ellos. Y ya abandonando definitivamente Antigua, me dirigí al lago Atitlán, del que decía Aldous Huxley que era el lago más hermoso del mundo. No sé yo si el pensador inglés era una autoridad en la materia, pero es seguro que a la gente que habita por aquí no les haría falta ni una pizca de soma. De hecho está lleno de hippies, maestros de yoga y meditación, gente que busca no se qué energías… que decidieron quedarse vivir en alguna de las poblaciones que rodean el lago. Parece ser que los conquistadores españoles hicieron bien su trabajo por aquí y todas ellas tienen nombres bíblicos: Santiago Atitlán, San Pedro, San Juan La Laguna, San Pablo, San Marcos, Santa Cruz… En el único que se libra, Panajachel, que es el más concurrido y explotado, pasé la primera noche. No me gustó mucho y luego me fui a San Pedro en una barca que iba haciendo escala en todos los pueblecitos. Es curioso porque a pesar del reducido espacio, viven diversas etnias mayas con sus diferentes dialectos y costumbres, y parece ser que no se dedican a pelearse por gilipolleces.

San Pedro era mucho más tranquilo. Me sorprendió la cantidad de extranjeros que van allí para aprender español, a los que al final les pasa lo que a los españoles que van a Irlanda o Inglaterra, se juntan entre ellos, cubata por aquí porrito por allá, y al final no pasan del “¿Cómo estás amigo?” y “La cuenta”. En el Titicaca impensable, en la Laguna de Quilotoa solo aguanté hasta las rodillas, aquí ya si que se imponía darse un buen un bañito. A pesar de los 1560 metros de altura, el agua azul y cristalina (aunque según dicen el lago está en serio peligro de contaminación), estaba sorprendentemente tibia.

El último día visité Santiago donde habitan los mayas tzutujil, el pueblo indígena más grande de Centroamérica. Le pagué unos cuantos quetzales a un chaval para que me enseñara el pueblo, y me llevó a la iglesia y luego a ver el Maximón, una efigie de madera que representa una deidad muy venerada a la que realizan ofrendas de diversa índole como flores, cerveza, alcohol, frutas, cigarros y dinero y de vez en cuando sacan en procesiones.

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El Maximón, una deidad que fuma y bebe.

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Hamaquita, vista del lago... Todo por 40 quetzales.

Se me pasó por la cabeza subir el volcán San Pedro, que junto con el Tolimán y el Atitlán, es uno de los tres que rodea el lago. Al final no lo hice y me dediqué a lo único que prácticamente se puede hacer por aquí, relajarse. Tuve suerte porque en San Pedro encontré un hostal económico situado en la misma orilla. Allí le pedí la Lonely al vecino de al lado y en una hamaca, me quedé dormido mientras planificaba los siguientes destinos levantando cada poco la mirada para contemplar el lago.

Rumbo a la amazonía boliviana por la carretera de la muerte

16/04/09-24/04/09

Para el día de mi cumpelaños me regalé un descenso en bicicleta por la carretera de la muerte, desafiando así a un hipotético destino deseoso de irónicas simetrías. No me maté (bonito lugar para hallar sepultura, en cualquier caso), pero tuve el honor de pegarme una ostia de campeonato. Humillante al principio, ahora la conservo en la memoria (y en un par de rasguños que creo serán imperecederos) con gran orgullo.

A la carretera de la muerte se le otorgó el título de la carretera más peligrosa del mundo por el elevado número de accidentes mortales que han tenido lugar a lo largo de su historia. Casi podría decirse que toda la carretera es en si mismo un punto negro y muchos de los fallecidos aún yacen en los precipicios debido a la imposibilidad de rescatar sus cuerpos. La peligrosidad se ha visto disminuida desde que se abrió una carretera nueva por la que circulan todos los vehículos a excepción de los más pesados, y actualmente su descenso se ha convertido en una turistada a la que se lanzan casi hasta las abuelas. Aunque tampoco es como para quitarle todo el hierro al asunto, ya que con relativa frecuencia se siguen produciendo accidentes con víctimas mortales, incluyendo bastantes casos de gente en bicicleta.

El descenso no se inicia desde los 3.600 metros de La Paz, sino desde un alto cercano conocido como la Cumbre, a 4760 metros de altitud, para recorrer un total de 64 km. Allí, en una zona plana al lado de una laguna, nos dieron equipaciones varias y estuvimos probando las bicicletas, que para mi gusto eran demasiado sofisticadas y casi me hubiera sentido más cómodo con la típica mountain bike de oferta del Carrefour. No podía faltar la gringada de turno, consistente en este caso en tomarse un chupito de alcohol puro y arrojar parte del mismo al suelo para honrar a la Pachamama, mientras el guía nos daba una serie de instrucciones en inglés con acento de Nueva Zelanda que no entendí muy bien. El frío era considerable, por lo que nos pusimos unas cinco o seis capas de ropa de las que nos iríamos despojando a medida que fuésemos descendiendo.

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En total éramos unos 14, precedidos y sucedidos por dos guías. Al final iba también un minibús escoba por si alguien se quería retirar o para que, en caso de necesidad, no hubiera que confiarlo todo a las presumiblemente poco eficientes asistencias sanitarias bolivianas. La primera parte transcurría por la carretera nueva. A pesar de que es bastante amplia y está bien pavimentada, fue allí, poco después de comenzar, donde se sucedió mi batacazo, debido fundamentalmente a dos motivos. El primero fue el sobredimensionar mis escasos recursos técnicos a los mandos de una bicicleta. Contribuyó a ello el hecho de que en la fila me precedía una chica muy voluptuosa propulsada exclusivamente por la fuerza de la gravedad, no pude soportar la idea y en el nombre del esfuerzo, aceleré para adelantarla y, ya puestos, adelanté también al resto del grupo hasta situarme en cabeza. El segundo fue violar el principio básico de que cuando uno se encuentra descendiendo por una carretera sinuosa a 60 km/h, resulta aconsejable concentrar la atención de sus cinco sentidos en lo que tiene en frente. Como iba por delante, me distraje un momento contemplando el espectacular paisaje montañoso y al volver la vista, me había desviado hacia un lateral de la carretera lleno de gravilla. El potente amortiguador conspiró en mi contra y la bicicleta entró en turbulencia. Fue imposible controlarla y mientras intentaba reducir la velocidad, salí despedido por encima del manillar. Es curioso porque sin haberme golpeado la cabeza, sufrí una especie de episodio amnésico transitorio y no recuerdo nada del resto de la caída. La primera imagen postfostiazo fue la de estar bocabajo en el suelo rodeado por todo el grupo. “I’m ok guys” dije mientras me levantaba avergonzado más que otra cosa, casi a la par que el guía exclamaba “What are you doing? You’re gonna die, man!”. Sorprendentemente no me había hecho casi nada y gracias al espesor de todas las capas de ropa sólo tenía unos rasguños en el codo derecho y encima de las rodillas. El hombre que circulaba detrás de mí no vió muy bien la caída y no me pudo explicar como fue. Reconstruyendo los hechos a partir de los agujeros diversos de la ropa llegué a la conclusión de que debió ser al más puro estilo aikido, cayendo sobre el costado derecho de la espalda para luego voltearme apoyado en el brazo y finalmente arrastrarme unos metros sobre el suelo. Para los raspones de la nariz no tengo una explicación muy clara pero se agradece el haber conservado la dentadura intacta. Poca cosa, al final, sobre todo teniendo en cuenta que me podía haber caído por el lado del precipicio y entonces si que no lo hubiera contado.

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Físicamente intacto, pude continuar el camino sin problemas y creo que, con el susto todavía en el cuerpo, fui el único que se alegró de que poco después hubiera que subir un par de repechos bastante duros antes de tomar una desviación que conducía a la carretera vieja, es decir, a la carretera de la muerte propiamente dicha. En ella el asfalto desaparecía dando lugar a un camino pedregoso con la pared vertical de la montaña a la derecha y un abismo de 300 metros a la izquierda, con una densa neblina que dificultaba un poco la visibilidad. El escenario era realmente imponente y daba bastante respeto. Por supuesto, ni rastro de vallas de seguridad ni indicaciones o señales de advertencia. En su lugar, sobre todo en las curvas, se veían un montón de cruces que recordaban los fallecidos y que daban bastante mal rollo. La carretera era bastante amplia para circular en bicicleta, no hay mucho tránsito (de hecho nosotros no nos cruzamos con ningún vehículo en todo el recorrido), y si ibas con cuidado y a tu propio ritmo no resultaba tan peligroso, aunque por la gran cantidad de piedras fue inevitable llevarse unos cuantos sobresaltos y la tensión era constante. Mientras descendía pensé que tal vez fue una suerte la caída del principio porque si hubiera conservado el espíritu temerario del principio es posible que no estuviera escribiendo estas lineas.

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El final del recorrido, ya con un calor sofocante y en un entorno subtropical, estaba en una pequeña finca-zoológico casi oculta en medio de la vegetación. Allí, ya en frío empezaron a manifestarse dos daños adicionales de la caída, una torcedura del tobillo derecho y dolor en el dedo gordo del pie izquierdo con uña negra incluida, que complicaron seriamente mis capacidades locomotrices. Casi arrastrándome, después de comer agarré un taxi y me fui a un pueblo cercano llamado Coroico que dicen que es un lugar muy bonito aunque no pude comprobarlo porque invertí practicamente todo el tiempo que estuve tumbado en la cama intentando encontrar una posición óptima que se adaptase a mis numerosos dolores corporales. Al final me conseguí dormir y a la mañana siguiente me alegró mucho comprobar que lo del tobillo iba a menos y no parecía nada serio. En lo que llevaba de viaje me había encontrado a varias personas con el brazo o la pierna rota condenados a quedarse por semanas en el mismo sitio mientras se recuperaban y no me apetecía nada ser uno de ellos. La alegría, no obstante, se vio un poco empañada por la muerte de mi reproductor mp3, que sucumbió inundado en el fondo de la mochila por el contenido de agua de una botella mal cerrada. Ello suponía en adelante dejar la banda sonora de las incontables horas de autobús que restaban al dudoso arbitrio de los DJ buseros y verse desprovisto de un mecanismo de protección contra los gritos de los vendedores que los invaden.

De Coroico me fui a un pequeño pueblo llamado Caranavi en donde tenía que hacer escala para tomar un autobús, en un coche que hacía las veces de transporte colectivo. El desplazamiento que yo presumía iba a ser más tranquilo acabó por convertirse en un nuevo capítulo de la saga aprende a odiar los transportes bolivianos porque el conductor me la jugó, primero retrasando una hora la salida y luego porque provocó un overbooking y no quiso entender que en los asientos de atrás no caben cuatro personas cuando dos de ellas pesan más de 90 kilos. Lo normal hubiera sido mandarle a la mierda pero a esas horas ya no había un medio de transporte alternativo, y al final me tuve que resignar a viajar en el maletero entre sacos de verduras y tragando un montón de polvo que entraba por las grietas de la luna trasera, que parecía un colador.

En la calle principal de Caranavi la mayoría de los negocios eran talleres de reparación, lo que da una idea de lo que deben sufrir los vehículos al circular por esa carretera. En uno de ellos encontré a un electricista que a su modo parecía bastante apañado y le dejé el reproductor para ver si era capaz de repararlo. Le motivé ofreciéndole 100 bolivianos (algo más de 12 euros, que tal vez se acerque a lo que gana en un par de días, quien sabe si más), pero sus esfuerzos sólo sirvieron para certificar la defunción. Y con eso se pasaron las dos horas que tenía que esperar hasta tomar el bus. Por delante esperaban 11 horas no exentas de riesgo sobre todo cuando venía tráfico en dirección contraria, momento en el cual, debido a la estrechez de la carretera, uno de los vehículos tenía que retroceder hasta dejar espacio suficiente para dar paso al otro y el autobús se tenía que colocar literalmente a pocos centímetros del precipicio. También me sorprendió, al principio del recorrido, la cantidad de niños que iban caminando casi en la oscuridad y que de repente desaparecían entre la vegetación, me imagino que para tomar un sendero que conducía a sus casas.

Con los primeros rayos de luz, la vegetación, el calor sofocante y las mosquiteras en las ventanas indicaban que ya habíamos llegado a Rurrenabaque, un pueblo con nombre a modo de trabalenguas situado a las puertas de la amazonía boliviana. Por el entorno selvático, los rasgos un poco asiáticos de sus habitantes y porque todo el mundo se desplazaba en moto, me recordó un poco a Vietnam, al menos al que se muestra en las películas bélicas hollywoodienses. Rurre, pues así lo abrevian para no atragantarse, es el centro de operaciones para adentrarse en la jungla, dirección oeste, o en las Pampas, en el este, obligatoriamente en visitas guiadas (generalmente de tres días cada una), pues está prohibido hacerlo por cuenta propia. Ya que había invertido tanto tiempo en llegar aquí, me decidí a hacer las dos.

En primer lugar contraté el tour de Las Pampas, pues la mayor parte del tiempo se pasa en una lancha y no requiere caminar demasiado. En nuestro grupo, había cuatro israelíes (que aquí son multitud porque hace unos años un israelí se perdió en la selva durante un mes, publicó la historia y popularizó el lugar) y en las tres horas de transporte terrestre en 4×4 se repitió la escena del salar de Uyuni. Por suerte en el grupo había un irlandés, una norteamericana y una canadienese e hicimos buenas migas. Ya en el embarcadero del río nos esperaba Diego, el guía, a bordo de una lancha. Se había criado en el lugar por lo que se conocía al dedillo todos los recovecos del río, sus afluentes y era todo un espectáculo ver como se orientaba entre tanta vegetación mientras nosotros andábamos completamente perdidos. En un momento del trayecto paró el motor de la lancha, se alzó olfateando y exclamó “Huelo a mono”. Creíamos que estaba de farol pero, efectivamente, unos metros más allá, había un grupo de monos colgados de una rama.

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Tras 3 horas de recorrido, llegamos al refugio donde íbamos a pasar los siguientes tres días, que consistía en un conjunto de cabañas de madera situadas a orillas del río. Cada cabaña constaba de dos camas con sus respectivas e imprescindibles mosquiteras, y luego estaban también las que hacían las veces de cocina/comedero y de cuarto de baño. Había también tres cocodrilos residentes que merodeaban por las proximidades ya que los habían criado en el lugar. Nos aseguraron que no había que preocuparse por ellos ya que estaban bien alimentados, pero de todas formas resultaba inevitable echar un vistazo de vez en cuando para comprobar que se encontraban los suficientemente alejados. El sitio era muy apacible, con hamacas junto al río, y casi hubiera resultado idílico de no ser por el gran número de mosquitos que se dedicaban a amargarle a uno la existencia. Independientemente de la cantidad de repelente que te pusieras, siempre se las apañaban para encontrar el hueco donde picarte. Al final de los tres días contabilicé, sin exagerar, más de 50 picaduras por extremidad y aún así creo que fui uno de los que salió mejor parado de todo el grupo.

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La mecánica de esos días consistía en desplazarse en lancha a algún lugar de las proximidades que tuviese alguna peculiaridad, aunque los mismos deplazamientos por el río ya de por sí merecían la pena. La lista de actividades, en orden cronológico, fue la siguiente:

– Búsqueda de anacondas. Nos adentramos en la selva, siguiendo al guía que iba abriendo camino a golpe de machete. Al final nos conformamos con encontrar una serpiente de menos renombre ya que tuvimos que abortar la misión antes de tiempo debido a que una constante nube de mosquitos había convertido aquello en un auténtico infierno.

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-Nadar junto con delfines rosados. Los delfines rosados son una de las cinco especies de delfines de agua dulce que existen en el mundo y son característicos del Amazonas. Nos detuvimos en un lugar del río donde había un par de ellos, aunque al parecer no tenían muchas ganas de jugar y no se quisieron acercar. Lo curioso es que a unos pocos metros donde estabamos nadando se encontraba otro grupo de gente pescando pirañas, y por si fuera poco no muy lejos pasó un cocodrilo. Diego nos dijo que no existia peligro, aunque no se si resultaba muy fiable alguien que tiene la cicatriz de una mordedura de cocodrilo en una de sus piernas.

-Buscar cocodrilos por la noche. El asunto está en que los ojos de los cocodrilos reflejan con la luz, así que estuvimos peinando el río con nuestras linternas. Conseguimos encontrar uno muy pequeñito, que cabía en la palma de la mano. Había que tener cuidado porque si se alteraba y empezaba a gritar probablemente probablemente mamá cocodrilo se acercaría a socorrerlo.

-Pachanga de fútbol Bolivia-Resto del mundo. Esto fue improvisado. Los bolivianos eran infatigables y costó meterles un golito. Al final, se convirtió en el primer partido de la historia del futbol suspendido a causa de los mosquitos.

-Pesca de pirañas. Más que pesca parecía que les estábamos alimentando, porque se comían el cebo pero no mordían el anzuelo ni a la de tres. Al final conseguimos pescar algunas que luego cocinaron en el refugio y nos las comimos. Estaban bastante buenas y a mi parecer, su sabor recordaba ligeramente al de la trucha.

Las noches de entre medias también fueron bastante entretenidas, con alguna que otra cervecita por en medio, y sobre todo hablando y escuchando las aventuras y desventuras que contaban los guías. Cuando le dices a algún latinoamericano chistoso que eres español normalmente lo primero que te responde es la retaila “joder, ostia, tio”, completamente merecida, y aquí en particular parece que nos conocen como “los coño”.

Tras la expedición a las Pampas, contraté junto con la americana, el irlandés y la canadiense el tour por la jungla. Todos andábamos un poco ajustados de tiempo en nuestras respectivas planificaciones, por lo que nos fuimos directamente al día siguiente sin dejar un día de descanso por en medio, lo cual tal vez hubiera resultado conveniente. Allí ell refugio era mucho más básico, no había luz eléctrica y estaba situado en una espesura rodeada por árboles inmensos. Había llovido recientemente y al caminar, ya dando por supuesto que te ibas a enfangar hasta el tobillo, tratabas de tener cuidado para no hacerlo hasta la rodilla. Cosas esperables de la jungla, pero el sueño poco meditado de irse a vivir a la selva se desvaneció a los pocos minutos.

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La selva parece ser un auténtico boticario: plantas para curar heridas, para purificar los riñones, viagra natural, maquillaje… Juan Carlos, nuestro guía en este caso, nos iba explicando las distintas utilidades durante un paseo de tres horas en el que nos adentramos por un sendero. No sabía inglés y muy a mi pesar me volvió a tocar hacer de traductor. También nos contó que existen comunidades aisladas de toda civilización y en concreto, aunque a mi más bien me parecio una leyenda selvática, nos mencionó el caso de un hombre que fue secuestrado por una de ellas y, por orden expresa de su líder, fue obligado, triste destino, a procrear con todas las mujeres. Por la noche nos dimos un breve paseito nocturno, parándonos cada poco y apagando las linternas para escuchar la infinidad de sonidos que conforman la banda sonora de la selva. El baño del refugio estaba situado un poco separado de las cabañas. En la oscuridad daba un poco de canguelo ir hasta allí porque nos habían contado que algunos jaguares hambrientos se habían acercado en alguna ocasión y atacado a alguna persona, y la imaginación confundía el ruido del más insignificante de los insectos en una amenaza.

Al día siguiente dimos un nuevo paseo por otra zona de la selva y, entre otros bichos varios, nos econtramos una serpiente de varios metros. También sufrimos el ataque de las mordeduras de las hormigas de fuego, diminutas pero voraces, que a la velocidad del rayo trepaban por tu pierna si te interponías en su camino. Por la tarde, Juan Carlos nos enseño a hacer anillos de coco a partir de semillas, conocimiento que incorporo a la lista de habilidades alternativas para ganarse la vida.

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Sucios, sudorosos, hastiados por las toneladas de barro y las picaduras de los insectos, hambrientos por la comida que el cocinero parecía reciclar de un día para el otro, al tercer día todos deseábamos regresar y por eso renunciamos a una tercera incursión en la selva. La limitación de tener que volver al campamento impide profundizar lo suficiente y al final te da la sensación de que es más de lo mismo. Por eso en cuanto regresamos a Rurre nos reunimos en un bar para tomarnos unas cervezas que, como había un irlandés, un austríaco y una pareja de checos, no fueron dos ni tres, sino algo así como tres litros por barba. Una retirada a tiempo es una victoria dicen, pero sucede que uno nunca sabe cuando es a tiempo y de todas formas tampoco estaba muy por la labor de irme a dormir, por lo que continué el peregrinaje ya solamente en compañía del irlandés y el austríaco. En un garito de por allí descubrimos el Welcome to the Jungle, un combinado de ron con varios jugos de fruta que entraba muy fácil y en consecuencia cayeron unos cuantos tragos que supusieron mi perdición. Acabé desplomado en la mesa de un antro de mala muerte y al cabo de un rato, un poco más recuperado, me di cuenta de que me faltaba la cartera en el bolsillo derecho. Sospeché de un hombre que constantemente se me había estado acercando más de la cuenta en plan colegüita para ofrecerme drogas, prostitutas y no se que más cosas. Efectivamente debió ser él, puesto que en cuanto se dio cuenta de que le miraba con cara de pocos amigos, se levantó y salió corriendo por la puerta. Tratamos de seguirlo pero nos llevaba algo de ventaja y como se conocía el pueblo, se metió por unas callejuelas y le perdimos la pista. Volví al bar y enfurecido agarré del cuello a un chaval que había estado sentado con él para que me dijese donde vivía, aunque me aseguró que no le conocía de nada. Al final nos separaron y ya un poco más calmado fui preguntando a toda la gente del bar, pero nadie sabía o quería decir nada y lo acabé dando por perdido. De todos modos no supuso ninguna catástrofe porque en la cartera solo tenía el equivalente en bolivianos a poco más de 20 euros y el DNI, y tampoco creo que se pueda considerar el incidente como una muestra de la inseguridad de estos lugares, porque en el estado en que me encontraba me podría haber pasado lo mismo en cualquier bar de Barcelona.

El día siguiente no lo dediqué a hacer gran cosa, pasar le resaca y el mal humor y lavar la ropa sucia acumulada. Para regresar a La Paz se me pasó por la cabeza tomar un avión, pero lo descarté porque el aeropuerto de Rurre es una simple pista de tierra que frecuentemente se enfanga lo cual origina retrasos que pueden ser de varios días. Así que al final agarré un autobús y me armé de la paciencia necesaria para aguantar las 18 horas de camino por la célebre carretera.

Bolivia, ¿capital?

Pues al final no me acabó de quedar del todo claro cuál es la capital de Bolivia. Si se le pregunta a un sucreño, lo más probable es que afirme exaltado que sin ninguna duda es Sucre, donde se halla la sede del gobierno, y que La Paz les robó los poderes legislativo y ejecutivo. Aducirá razones históricas (allí se declaró la independencia de Bolivia) y es posible que añada que La Paz es una ciudad muy fea. El paceño responderá a la pregunta mucho más reposadamente, sin darle tanta importancia al asunto, alegando que las decisiones se toman en La Paz y que por ende es la capital. El tema va más allá de las discusiones de bar y ya ha habido algunas manifestaciones serias por parte de los sucreños, que constituyen así otro sector díscolo junto con la región de Santa Cruz (aunque en este caso no se plantea la independencia, ellos se sienten bolivianos como el que más).

En Sucre (o Charcas o La Plata o Chuquisaca, pues todos esos son o han sido sus nombres) y sus proximidades hay varias cosas que hacer, incluyendo una visita a un yacimiento de huellas de dinosaurios conocido como Cal Orck’o (nombre algo tolkieniano que en quechua significa cerro de cal). “Todos los domingos, mercado de Tarabuco. Uno de los mercados con más colorido de América Latina”, o algo así, rezaba un folletín que me había agenciado en el hostal de turno. A estas alturas del viaje, ya había alcanzado ese agradable estado en el que, desprovisto de toda rutina, uno pierde la noción del día en que se encuentra y, casualidades de la vida, era Domingo, por lo que una visita a Tarabuco se presentaba como algo inexcusable.

Las más de dos horas que se requieren en un minibus para recorrer los escasos 65 km de recorrido ilustran a la perfección lo enrevesado de las carreteras transandinas y, más que nada, el afán recolector de los transportistas que durante todo el trayecto van reclutando personal a discrección hasta duplicar el aforo máximo del vehículo. Al menos, todo ese tiempo sirvió para conocer a una pareja de franceses y una australiana que se convirtieron en mis compañeros del día, en un ejemplo de esos que se dan tan frecuentemente durante este tipo de viajes en el que te encuentras con gente de la que probablemente no volverás a saber nada pero que luego recuerdas con cariño.

El pueblo en sí no resultó ser tanto como se anunciaba. Un par de plazas y unas pocas calles atestadas de tiendas y top-mantas de artesanías con sus respectivos vendedores acosadores. Más que el propio mercado en sí, lo más reseñable eran las variopintas indumentarias de los yamparas, la comunidad indígena que habita la zona, que conformaba un auténtico museo viviente o una especie de desfile de moda. Tarabuco también tiene importancia histórica porque en 1814 tuvo lugar una batalla contra tropas españolas enmarcada dentro de la Guerra de la Independencia. Para conmemorar el triunfo local en la plaza hay una estatua algo gore en la que un soldado tarabuqueño pisotea el cadáver de un soldado español mientras sostiene en una mano su corazón arrancado. Paseando por el pueblo también aproveché para probar por primera vez la hoja de coca (algo casi imposible de evitar si se consideran las montañas que inundan las calles en los distintos tenderetes), siguiendo las instrucciones del francés. El asunto consiste en meterse un puñado en la boca, masticarlas un poco y dejarlas en un lateral donde se va removiendo cada poco. El sabor es muy amargo y el primer efecto perceptible es el adormecimiento de la lengua.

Soldado tarabuqueño dando buena cuenta de un soldado español

Soldado tarabuqueño dando buena cuenta de un soldado español

Las hojas de coca se venden como si fueran sal

Lo del camino de regreso, nuevamente en minibus, ya fue algo exagerado. Si no fuese porque cuatro extranjeros desmentíamos la hipótesis genocida, cualquier observador externo no acostumbrado a semejante fenómeno habría creído que nos dirigíamos a un campo de concentración boliviano. Yo, que astutamente me había colocado en el asiento delantero, tampoco me libré porque colocaron a un hombre al que habría que explicarle lo que es un desodorante entre los dos asientos, con la palanca de cambio de marchas entre las piernas.

Sucre es una ciudad relativamente pequeña que resulta muy agradable para darse un paseíto. El centro histórico es una sucesión de edificios coloniales con mucho encanto, todos ellos de blanco (los que tienen la osadía de no ser de ese color está siendo pintados para conmemorar el segundo centenario de la independencia). Casi sentía que estaba cometiendo un sacrilegio mientras recorría rápidamente las calles sin prestar mucha atención en las dos únicas horas que le dediqué a la ciudad. Luego, antes de tomar el autobús hacia La Paz, estuve en un museo que me había recomendado la australiana, con el objeto de esclarecer en algo la extensa diversidad etnográfica boliviana. La cosa da como para cuatro años de carrera y tengo que confesar que a la salida casi me había quedado igual que antes de la visita.

No recuerdo muy bien que era este edificio, pero casi todos en Sucre eran del mismo estilo

No recuerdo muy bien que era este edificio, pero casi todos en Sucre eran del mismo estilo

Agujeréate los brazos a base de pinchazos, mantente en un estado cuasiparanóico para vigilar lo que comes o lo que bebes, llegue a La Paz enfermo como consecuencia del abuso del aire acondicionado que en general hacen en los autobuses de Latinoamérica. Casualmente llegué el mismo día en la que el títere cocalero había finalizado su huelga de hambre, que en las calles se había traducido en una abundante presencia de las fuerzas de seguridad y numerosas vallas que dificultaban el acceso al centro.

La gente que ha estado en La Paz se divide entre los unos a los encanta (sospecho que el reducido precio de la cocaína tiene algo que ver) y los otros a los que no les entusiasma demasiado. Yo me encuentro entre estos últimos y por eso al final no me importó mucho pasar uno de los dos días que estuve recuperándome en la cama.

Más descriptivo que La Paz, que parece completamente irónico, resultaría más apropiado el nombre de La Olla, por su emplazamiento entre montañas y porque es un verdadero caos. El tráfico (el 90 % son taxis y furgonetas que cubren las rutas urbanas) es un circo que hace que cruzar de acera requiera más esfuerzo que muchos deportes olímpicos, y caminar, ya difícil de por sí por la altura y lo empinado de sus calles, es bastante tedioso porque el trajín de gente y la infinidad de puestos ambulantes obligan a detenerse cada poco. Todo ello genera una contaminación acústica a base de pitidos de coches y griterío de vendedores que resulta bastante irritante.

Lo mejor, junto con los picos que cubren el horizonte, son sin duda los mercados. Aparte del mercado de artesanías, donde se pueden encontrar artículos traídos desde todas partes de Bolivia, destaca por su peculiaridad el Mercado de la Brujería. Uno de los productos estrella son los fetos de llama, considerados amuletos que proporcionan bienestar en el hogar. Se pueden encontrar también un montón de animales disecados y por supuesto todo tipo de pociones milagrosas o los elementos necesarios para elaborarlas (hierbas, hongos, semillas, insectos…). Los mercados más genéricos también resultan bastante curiosos porque se organizan en secciones y así uno se encuentra con que en una calle se venden tazas de water, en otra ruedas de coches e incluso una en la que solo se venden tartas para bodas.

En fin, al final camina arriba camina abajo salió un día movidito y provechoso. Imposible en la ciudad, tampoco pude encontrar algo de paz en el hostal porque un grupo de ingleses se había atrincherado en la habitación en un botellón que se prolongó hasta bastante entrada la noche. Moraleja: evita los hostales de fiesteros si sólo pretendes pasar un par de días tranquilo.

Una mañana en el infierno

El día que llegué Potosí estaba un poco deslucido por la lluvia y porque
era festivo, o tal vez porque ese sea el estado natural de una ciudad que en sus tiempos fue una de las más esplendorosas del mundo y en la que hoy sus habitantes malviven para salir adelante.

La Casa de la Moneda estaba cerrada y las iglesias (Potosí tiene más de 30) hace tiempo que dejaron de interesarme, por lo que me dejé perder por las calles sin destino alguno. Los más de 4000 msnm se hacían notar en seguida y obligaban a aminorar el ritmo si uno no quería quedarse sin aliento. Accidentalmente, me topé con una chola que en un carrito vendía una serie de mejunges para curar males diversos. Traté de hacerle una foto sin que me viera, pero se dió cuenta y me exigió un boliviano como medida compensatoria. Al final, llegamos a un acuerdo y a cambio de la foto y una moneda me preparó una poción contra el soroche que básicamente consistió en mezclar todos y cada uno de los líquidos que tenía. Sorprendentemente, el sabor de la poción no era malo, y aunque no cumplió con su cometido tampoco tuvo consecuencias gastrointestinales.

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El segundo día lo dediqué a visitar la mina del Cerro Rico, donde se localiza la que fuera en su tiempo la veta de plata más importante que hizo de Potosí una de las ciudades más ricas del mundo. La mina ha sido explotada ininterumpidamente desde que fuera descubierta en 1545. Cuenta una leyenda de forma algo exagerada aunque sin duda ilustrativa, que con toda la cantidad de plata extraída se podría haber construido un puente de ese mineral desde el Cerro hasta España. Según otra algo más macabra, se dice que ese mismo puente se podría haber construido con los cadáveres de todos los mineros que han fallecido durante su explotación, la mayoría esclavos, cifra que algunos historiadores sitúan en más de 8 millones. Sea como fuere, lo más impactante es que miles de mineros siguen trabajando en la actualidad en condiciones que no difieren en mucho de las de las de hace 4 siglos durante la época colonial, por lo que el índice de mortalidad es muy elevado ya sea tanto por accidentes como por el número de enfermedades, que sitúan la esperanza de vida de los mineros muy por debajo de la media boliviana.

Cerro Rico o Sumaj Orcko en quechua, visto desde un día nublado en Potosí

Cerro Rico o Sumaj Orcko en quechua, visto desde un día nublado en Potosí

La visita a la mina es una temeridad que sin duda estaría prohibida en la mayoría de los países del mundo. No es de extrañar que lo primero que exijan las agencias que la ofertan (también se puede ir directamente a la mina y pagarle a un trabajador para que te la enseñe) sea el firmar una cláusula mediante la cuál se exhimen de toda responsabilidad ante cualquier percance que pudiera tener lugar: pérdidas, derrumbamientos, asfixias…

Antes de llegar a la mina hicimos dos paradas. En la primera nos separamos en distintos grupos, nos asignaron un guía que había sido minero y nos vestimos para la ocasión, con trajes pestilentes que posiblemente no hayan visto el agua en toda su historia, botas y cascos con sus lamparitas correspondientes. Si bien al principio podía parecer un poco folklórico, pronto nos íbamos a dar cuenta de que el atuendo era más que necesario e incluso no hubiera estado de más una pequeña bombona de oxígeno. En la segunda parada nos dirigimos a un mercado minero donde los mineros compran todo aquello que necesitan para su quehacer diario: herramientas, dinamita, hojas de coca, alcohol… Nótese en este punto que cualquier persona sin restricción de edad, religión o estado mental, puede dirigirse libremente a susodicho mercado y comprar ingentes cantidades de explosivo, recibiendo además el agradecimiento del vendedor que se mostrará siempre encantado de ganarse unos bolivianos. Existe algo así como un pacto tácito según el cuál los visitantes llevan regalos a los mineros de modo que éstos aceptan gustosamente las visitas, por lo que todos acabamos comprando algo. Así que allí estábamos, en una furgoneta cargada de dinamita y estupefacientes varios, camino de la mina, encomendándonos a una estadística que decía que en todas el historial de visitas realizadas hasta la fecha jamás se había registrado algún incidente relacionado con la estabilidad de los explosivos.

¡Marchando una de coca con dinamita!

¡Marchando una de coca con dinamita!

Aproximadamente los 10 primeros minutos fueron los únicos en los que las galerías se podían transitar de manera erguida, si bien los golpes con el techo eran constantes. En algunos momentos, sin previo aviso, se oía un ruido estridente y nos teníamos que pegar a la pared para dejar paso a unas vagonetas cargadas de plata que circulaban al más puro estilo Indiana Jones.

Al rato nos detuvimos en una galería amplia que hacía las veces de museo improvisado. Allí nos explicaron la historia de la mina y las condiciones de trabajo de los mineros. Al parecer, éstos se agrupan en diversas cooperativas que no obstante no parecen ofrecer ninguna mejora sustancial, de manera que al final cada minero se busca una galería y la explota de manera individualizada. El trabajo es completamente manual: martillo en mano, con una barra de acero perforan la roca e introducen la carga de dinamita en el orificio. Se les paga en función de la cantidad de metal que obtienen al día, por lo que las jornadas de trabajo, que frecuentemente comienzan a la una de la mañana para que la temperatura sea más soportable, no suelen ser inferiores a las 12 horas, sin protección alguna ante las múltiples sustancias nocivas que se desprenden. Por si si fuera poco, muchos de los mineros empiezan a trabajar a los 12 años.

Cuadro de enfermedades más frecuentes en los trabajadores de la mina

Cuadro de enfermedades más frecuentes en los trabajadores de la mina

Para hacer más llevaderas estas condiciones los trabajadores consumen hojas de coca de manera masiva, con objeto de reducir la sensación de hambre y fatiga, y directamente alcohol de 96º de pureza. También tiene una gran relevancia la figura del Tío, personaje que surge de la fusión entre el diablo o supay de las mitologías andinas y el diablo cristiano, que se considera como el dueño de las riquezas de la mina. Hay muchos distribuidos en distintas partes de la mina y resulta sorprendente el grado de influencia que tiene sobre los mineros. Temiendo represalias y esperando su protección le ofrendan hojas de coca, alcohol, cigarros… lo decoran e incluso hablan con él.

Uno de los muchos Tíos que había por la mina

Uno de los muchos Tíos que había por la mina

Tras la explicación continuamos adentándonos en la mina. Al poco ésta empezó a adquirir una morfología cavernosa y la única forma de avanzar era agachado, a gatas o arrastrándose. Bajamos cosa de 10 metros al segundo nivel y apareció un minero agonizando que nos suplicaba por un poco de agua, mientras nos contaba que él y otros compañeros habían estado a punto de beberse su propia orina. La sensación de claustrofobia y la temperatura no paraban de aumentar y cada vez se hacía más difícil respirar a pesar de las mascarillas y pañuelos. Parte del grupo decidió volverse atrás y al final sólo nos quedamos tres. Seguimos descendiendo pasando por orificios que apenas eran más grandes que el torso y bajando por precarias escaleras de madera. Cada poco era indispensable parar para recuperar el aliento, momentos en los que el guía aprovechaba para proseguir con sus explicaciones. Al final llegamos a estar a más de 60 metros bajo tierra y nos encontramos con un minero que llevaba ya varias horas perforando la roca pese a lo cual nos atendió con gran amabilidad.

Parada para tomar aliento en uno de los pocos lugares donde era posible

Lugar de descanso improvisado en uno de los pocos lugares donde era posible

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Roberto llevaba más de 11 horas trabajando. Aún así todavía tuvo tiempo de intersarse por nosotros y explicarnos como realizaba su trabajo.

Roberto llevaba más de 11 horas trabajando. Aún así todavía tuvo tiempo de intersarse por nosotros y explicarnos como realizaba su trabajo.

El camino de regreso lo hicimos a toda prisa y el reencuentro con la luz del sol fue todo un alivio. Pero en la superficie todavía nos esperaba otro acontecimiento delirante, la prueba a cielo abierto con los explosivos. El guía me dijo que como español que era seguro que entendía de terrorismo, y me seleccionó como preparador de la dinamita. Siguiendo sus instrucciones empecé a amasarla hasta darle una forma circular, le colocamos la mecha y la introdujimos en una bolsa de nitato de amonio. Lo divertido del asunto es que, garantizándonos que había tiempo de sobra, la encendió delante de todo el mundo y nos dijo que nos la fueramos pasando los unos a los otros para hacernos fotos. Luego salió corriendo y la arrojó en un descampado donde se produjo una gran detonación, levantando una nube de polvo de varios metros de altura que marcó el final de la visita.

Encendida la mecha, había tiempo más que suficiente antes de la explosión. Aún así, muchos se negaron a sostener el explosivo.

Encendida la mecha, había tiempo más que suficiente antes de la explosión. Aún así, muchos se negaron a sostener el explosivo.

Érase un desierto de sal

El viaje desde San Pedro hasta Uyuni, de dos días y medio de duración, es la forma más común en la que los viajeros transitan desde Chile hasta Bolivia, nada extraño si se tiene en cuenta que ofrece en el camino, creo yo, uno de los parajes naturales más sorprendentes que se puede contemplar en el mundo, el Salar de Uyuni.

Lo de innovar y buscar rutas alternativas me lo voy a dejar para cuando vaya por el cuarto o quinto pasaporte. De momento me conformo con hacer lo que todo hijo de vecino de modo que, siguiendo la caravana viajera, contraté el tour estándar en una de las múltiples agencias de San Pedro, asegurándome eso sí de que era una de las que presentaba un historial más limpio en conductores borrachos y vehículos pleistocénicos. El viaje en sí se realiza en un 4×4, recorriendo durante los dos primeros días el altiplano boliviano entre volcanes, montañas, lagunas, desiertos y géiseres hasta llegar en el tercer día a Uyuni tras una breve estancia en el salar.

En un minibus partimos temprano un grupo de 12 para pasar los trámites fronterizos. Las nacionalidades eran las siguientes, a saber: 2 holandesas mastodónticas de 19 años mis papis me pagan el viaje, una pareja acarameladita de chilenos que iba totalmente a su bola, una austríaca ya entrada en años asfixiada entre tanto veinteañero, una terna de israelíes de dos chicas y su inefable cabecilla, un brasileño que estaba liado con una de las israelíes y se había adjudicado un pack 3×1, una alemana ciertamente autista y una suiza que, unidos por las circustancias, fue la única por la que a desarrollé algún tipo de afecto.

En primer lugar nos detuvimos en la frontera de Chile. Había oído historias de auténticos destrozos, pero al final todo consistió en una breve inspección manual en la zona de los calcetines de la mochila. Luego recorrimos unos 30 km por tierras desérticas, subiendo hasta alcanzar cerca de 4.500 metros, hasta llegar al control fronterizo boliviano, digno de mención porque consiste en un par de casuchas situadas en medio de la nada al pie de los imponentes montañas. No sé porque me da a mí que los chilenos no deben andar muy desprovistos de farlopa.

Puesto boliviano de control fronterizo

Puesto boliviano de control fronterizo

Efectuados los trámites, nos debíamos dividir en dos grupos de 6, que es la capacidad de los indestructibles Toyotas en los cuales íbamos a realizar la travesía. El líder de los israelíes mostró un inusitado afecto por mí, que escondía únicamente su interés en que hiciese de intérprete, pues el conductor, que presuntamente habría de hacer las veces de guía, quechua aparte, sólo chapurreaba español. No sabiendo entonces la que me esperaba me era indiferente la compañía y acepté su invitación, quedando el grupo configurado por los tres israelíes, el brasileño, la suiza que se había quedado en tierra de nadie y yo. De todos modos en las sucesivas paradas y en los alojamientos a fin del día nos encontrábamos con la gente del otro coche y también con la de otras agencias que realizaban el mismo recorrido.

Nuestro fiel Toyota demostró con creces porqué le llaman todoterreno

Nuestro fiel Toyota demostró con creces porqué le llaman todoterreno

La primera parada, pocos kilómetros después fue la Laguna Blanca, de unos 10 km cuadrados de extensión y que como su nombre indica tiene un color blanquecino debido a su alto contenido en minerales. Allí pagamos la entrada a la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Abaroa, que comprende todo el teritorio que íbamos a recorrer los siguientes días, y nos empezamos a familiarizar con la ecuación desayuno= café+pan+mantequilla que nos acompañaría en lo sucesivo. Conectada con la Laguna Blanca se encontraba la Laguna Verde, escasos metros más allá, que presenta un curioso y bonito color verde esmeralda debido en este caso a las altas concentraciones de cobre. Sus aguas eran un espejo inmejorale donde se reflejaba el volcán Licanbur, que también se divisaba desde San Pedro, y que con sus 5.900 constituye uno de los volcanes activos más altos del mundo.

Por su color la reconoceréis

Por su color la reconoceréis

El largo rato que pasamos en el jeep hasta el siguiente punto sirvió para constatar dos hechos complementarios:

– el conductor, que además se suponía que nos debía ir explicando los diferentes puntos del trayecto, no hablaba. Cuando como único portavoz hispanohablante del grupo le hacía preguntas respondía con monosílabos y miraba con mala cara. Era como una especie de GPS con acento boliviano que se limitaba a anunciar las distintas paradas. Casi hubiera sido preferible que bebise si eso hubiera servido para que nos contara algo del lugar.

– lo que no hablaba el guía lo hablaba el cabecilla de los israelíes, que se desveló como un lenguaraz impenitente del tipo ombligocéntrico. Para colmo de males, era además un fanático de la canción, especialmente de Eurovisión (sic), y en los raros ratos en los que no hablaba le daba por cantar. No obstante, lo peor eran las conversaciones cruzadas entre los tres. Aparte del hecho de que pudiesen estar hablando durante un buen rato en entre sí sin hacer el mínimo esfuerzo por incluirte en la conversación, no sé si es que el hebreo favorece el acoplamiento de las ondas sonoras, eran incapaces de hacerlo en un tono normal.

De esta guisa, por caminos accidentados y entre los vaivenes del coche llegamos al Desierto Salvador Dalí. Se trata de una extensión árida y despejada en la que aparecen curiosas formaciones rocosas que guardan poca relación con el paisaje, confiriendo un tono surrealista similar a algunos de los cuadros del pintor catalán. Al parecer en Holanda deben tener algo equivalente a la LOGSE, pues me resultó imposible convencer a las holandesas de que el lugar tomaba ese nombre por asociación y no porque Dalí hubiera estado allí y hubiera retratado el escenario.

Desierto Dalí. No es una buena toma para hacerse una idea.

Desierto Dalí. No es una buena toma para hacerse una idea.

Las últimas paradas del día fueron Aguas Calientes (no confundir con su homónimo peruano a los pies del Machu Pichu), donde nos dimos un agradable bañito en un pequeño embalse de aguas termales que además sirvió para cumplir con las obligaciones higiénicas del día, y una nueva esnifada de azufre en una zona de géiseres, en el punto más alto del recorrido (4850 msnm) conocida como Sol de Mañana, donde me quemé las manos por gilipollas. Finalmente, a eso de las 15:00, llegamos al refugio donde habríamos pasar la noche, situado en una nueva laguna, la Laguna Colorada, con unos 60 km de extensión pobladados por miles de flamencos. El refugio era una instalación muy sencilla que apenas contaba con servicios básicos y estaba gestionado por una familia de cholos. Eran todos tímidos y reservados. Siempre con la mirada perdida, caminaban envueltos en una melancolía y tristeza como queriendo no desentonar en el paisaje. Tras la comida caminamos rodeando la laguna durante unas horas hasta que el sol empezó a despedirse y, casi corriendo, tuvimos que regresar para protegernos del frío. Después de cenar, una vez que llegamos a un consenso entre las distintas variaciones que para un mismo juego existen en los diferentes países, sólo hubo tiempo para unas partidas de cartas antes de que apagaran el generador eléctrico a eso de las 21:00. De todas formas, la temperatura que en aquel momento ya debía estar bajo cero, hacía que el único lugar habitable fuera debajo de las mantas.

Árbol de piedra“, anunció el conductor en la primera de sus cuatro frases del día. Nos encontrábamos en el Desierto de Silioli, donde durante miles de años la erosión del viento y la lluvia ha esculpido figuras caprichosas en rocas volcánicas entre las cuales se destaca una con forma de árbol. “Laguna Hedionda”, espetó en su segunda. En este caso la laguna no tomaba el nombre de su color sino del hedor a azufre que desprendía que a los flamencos parecía no importar. Sin detenernos, atravesamos una zona conocida como el Valle de las Piedras donde el desierto había dado lugar a piedras y rocas enormes que conformaban paredes a ambos lados del camino. Observé con preocupación como el conductor se había picado con el del otro coche y nos estaba conduciendo por terrenos menos accesibles. Al final, su afán por “soplar” al otro conductor, como ellos dicen, sólo supuso unos cuantos tembleques adicionales y llegamos enteros a Villa Alota donde paramos para comer.

Que gran fustración el no conseguir escalar el árbol de piedra

Que gran fustración el no conseguir escalar el árbol de piedra

Por la tarde tuve un brote de antisemitismo que apenas pude reprimir. Teníamos que cubrir una gran distancia para llegar hasta Chuvita, una pequeña población al borde del salar, antes de que se pusiera el sol. Por ese motivo apenas hicimos paradas, lo que supuso tener que aguantar a los israelíes más de lo soportable. En un punto del recorrido atravesamos una zona de cultivo de quinoa, cereal básico en el período incáico, y los tres, que eran vegetarianos, se empalmaron simultáneamente y empezaron a vociferar sin tregua durante por lo menos una hora. Me giré, pues según la distribución de turnos me tocaba el asiento delantero, y ví como la suiza suspiraba mientras se colocaba sus auriculares. Siguiendo su ejemplo, me disponía a hacer lo propio cuando descubrí horrorizado como éstos habían muerto aplastados en el fondo de la bolsa. Si hubiera tenido un pañuelo palestino me lo hubiera enfundado. Si hubiera conocido un discurso hitleriano lo hubiera declamado. Al final, justo en el momento límite de mi resistencia, nos detuvimos en un poblado abandonado. Salí corriendo del coche y me alejé unos metros para tomar un poco de aire. Luego me encontré con la suiza y nos miramos como quien sobrevive un terremoto.

¿Estarían expectantes a que nos la pegásemos?

¿Estarían expectantes a que nos la pegásemos?

En la mañana siguiente, tan sólo unos minutos después de partir, nos encontrábamos en medio de 12.000 kilómetros cuadrados de sal, en un terreno totalmente plano y blanco. Bienvenidos sean los cambios climáticos, resulta difícil de imaginar que esta extensión infinita de sal, situada a 3.700 msnm, sean los restos de un mar primitivo que llenaba todo el altiplano hasta el lago Titicaca. “Si no puedes llegar a la luna, visita el salar“, aconsejan los lugareños. Tal es la dimensión del lugar que cuentan que cuando Armstrong y Aldrin contemplaron la Tierra desde la Luna, confundieron por un momento la enorme mancha blanca del salar con la Antártida.

Una de muchas otras fotos haciendo el tonto en el salar

Una de muchas otras fotos haciendo el tonto en el salar

El lugar es increíble. Seguimos boquiabiertos durante un buen trecho hasta que en el horizonte se empezó a divisar una mancha oscura. Se trataba de la Isla Pescado, una masa rocosa con forma de pez recubierta de cactus gigantes, que pueden superar los 10 metros, y de restos de fondo marino como conchas, coráles y fósiles. Recorrimos un sendero de la propia isla hasta alcanzar la cima para tener una panorámica privilegiada. El Salar es la definición geográfica de la nada. Volvimos a bajar y nos adentramos en el tapiz blanco para experimentar la sensación de estar en otra dimensión.

La espinosa Isla Pescado

La espinosa Isla Pescado

El conductor me dió permiso y el camino hacia la última parada del salar lo hice subido en el techo del 4×4, pasando más frío que otra cosa. Esta última parada era ni más ni menos que un hotel hecho completamente de sal, desde los ladrillos de las paredes hasta las mesas y las sillas. Desde allí, previa parada en un pequeño pueblecito donde los lugareños se esforzaban desesperadamente por endosarte alguna artesanía tradicional, llegamos a Uyuni aproximadamente a la hora de la comida. Sin mucho atractivo turístico, lo más llamativo de este primer contacto con un escenario urbano boliviano fue sin duda la gran diversidad de etnias y culturas que se manifestaba sobre todo en la infinidad de atuendos con sus coloridos y componentes diferenciados.

Caminamos un rato por las calles, comimos y fue ya por la tarde, dentro de un nuevo vehículo camino de Potosí, donde recuperé mi preciada soledad con la imagen del salar todavía en la retina.


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