Santiago, al fin

No contaba yo con que un prólogo inesperado de toda esta historia se iba a escribir ya tan pronto en el aeropuerto de Barajas, debido a un suceso que bien merecería titular a este blog como “Los viajes de un gilipollas”. La hazaña en cuestión consistió en presentarse al vuelo con 24 horas de retraso, como todo un campeón, al confundir las 00:35 horas del sábado con las 00:35 del domingo. En fin, al final todo se saldó con una noche de incertidumbre, 100 € de penalización, candidatura con claras opciones a tonto del año y, sobre todo, una espina clavada en lo más profundo del orgullo.

Chile, país de extremos con un pie en el trópico y otro casi en la Antártida, es el primer destino, si bien por lo apretado del calendario únicamente voy a visitar la capital, Valparaíso y la zona desértica del antiplano, desde donde cruzaré a Bolivia.

Las 12 horas de vuelo hasta Buenos Aires fueron más llevaderas debido a que, casualidades de la vida, en un avión plagado de argentinos, a mi lado se sentaba un personaje de Menorca que había salido en contadas ocasiones de la isla. Impagable la cara de las dependientas de las tiendas del aeropuerto de Argentina, en el que estuvimos 4 horas, al lidiar con el acento cerrado con pestillo del amigo de Alaior.

El vuelo a Santiago fue como un tour aéreo gracias a la espectacular panorámica de los Andes. Imposible no evocar el accidente de 1972 relatado en Viven, pero lo cierto es que casi entraban ganas de estrellarse, sobrevivir, y pasar unas horas en semejante escenario. Superada una segunda muralla, la de los taxistas, y con una sencilla combinación de autobus y metro, ya estaba en la casa de Rodrigo y Walkiria, mis anfitriones en Santiago, a los que agradezco muchísimo su hospitalidad.

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A pesar del enérgico plato de gallopinto con el que me obsequió Walkiria nada más llegar, por el cansancio del viaje y porque ya era bastante tarde, el resto del día sólo dió para un breve paseo por la deportista comuna de la Providencia, el cuál, no obstante, ya fue suficiente para apreciar que Santiago es una ciudad moderna, ordenada y con una elevada calidad de vida.

Con un único día para visitar la ciudad bajo la agradable temperatura del incipiente otoño austral, sólo quedaba optar por la fórmula guiri: agenciarse un mapa, localizar los puntos de interés e ir de uno a otro con el tiempo justo para hacerse la fotito de rigor. Empecé por el cerro de Santa Lucía, por ser este lugar donde, en 1541, el conquistador de turno Pedro de Valdivia fundó la ciudad, en aquel momento Santiago de Extremadura. Situado en su corazón y con sus 69 metros de altura, ofrece unas agradables vistas del centro de la ciudad. A continuación me dirigí a la plaza de Armas, donde sentándose unos minutos pude comprobar el ritmo frenético de esta ciudad. De los 5 millones largos de habitantes que tiene la ciudad daba la impresión de que al menos 4 estaban en la calle, en una estampa similar a la que, por ejemplo,
ofrece la Porta de l’Àngel de Barcelona un sábado por la tarde. Calle arriba llegué al mercado central, monumento nacional que además de un valor arquitectónico destacable, es un punto imprescindible para los que quieren conocer la gastronomía chilena del mar. Finalmente, y tras otros lugares que ahora mismo no alcanzo a recordar, llegué a la Palacio de la Moneda, que, sin ser una maravilla colonial, es un lugar emblemático por ser donde en 1973 se produjo el golpe de estado y Allende murió asesinado.

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Ya en la tarde crucé el río Mapocho con el objetivo de visitar la Chascona, la casa de Neruda en la capital. Y digo en la capital porque además de ésta, el poeta tenía otra en la Isla Negra, a orillas del mar, y una tercera, la Sebastiana, en Valparaíso (amigo Pablito, yo así también quiero ser comunista). No pude entrar en la casa, actualmente la sede de la Fundación Neruda, porque había mucha cola, y me dirigí al destino final del día, el cerro de San Cristóbal. Con sus más de 800 metros de altura ofrece una vista espectacular de la ciudad y cuenta en su cima con una imponente estatua de la Virgen Inmaculada de la Concepción. Se puede subir andando, con unos 6 km de recorrido, aunque lo más habitual es hacerlo en funicular. Ya con los último rayos de sol del día, tomé unas fotos de la inmensa ciudad y bajé por el otro lado, mitad del camino en teleférico y la otra mitad caminando.

En definitiva, Santiago podría encajar en cualquier lugar de Europa. Por la propia ciudad y por todos los atractivos circundantes de la zona, tal vez una Gran Bretaña en las costas del Pacífico y un par de generaciones de charlatenes la convertirían en un destino turístico de primera línea.

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