San Pedro de Atacamalandia

“Se ha creado una especie de estética urbanística mochilera, que igual sirve para Asia que para Latinoamérica. Son pueblos situados generalmente en zonas de naturaleza impactante donde todos y cada uno de los locales de la aldea se han reconvertido en un negocio turístico orientados a un tipo de viajero joven y con bajo presupuesto, pero que sabe lo que busca: cibercafés, guesthouse, pizzerías, bares de copas, restaurantes, otro cibercafé… cientos de cables colgando por la alturas, cientos de carteles y anuncios por las fachadas y ni rastro de la cultura y arquitectura local. En la calle, una fauna de veinteañeros con bermudas y mochila dispuestos a pasarlo bien con cuatro duros.”
Paco Nadal, en su blog de viajes de El País

San Pedro de Atacama es un ejemplo paradigmático de este segundo tipo de turismo de masas heredero de la Lonely Planet. El pueblo en sí, que consta de unos 2000 habitantes que a la postre han acabado siendo extranjeros en su propia tierra, está compuesto por casas que parecen de arcilla y por caminos de tierra, dispuestos a lo largo de una calle principal de unos 200 metros y unas cuatro o cinco calles transversales. En ellas se alternan sucesiva y exclusivamente tour operadoras, minimarkets, restaurantes, centros de llamada e internet, hostales y puestos de artesanía. El trasiego de viajeros de todo el mundo que van, vienen o están, es constante. Se trata, ni más ni menos, de una especie de Disneylandia en el que las atracciones son las espectaculares formas en las que se encarna el desierto circundante.

Calle principal de San Pedro de Atacama, en un momento poco concurrido. Multiplíquese por dos, añádanse 4 calles laterales y una plaza con la correspondiente iglesia y se tendrá una idea casi exacta de lo que es el pueblo.

Calle principal de San Pedro de Atacama, en un momento poco concurrido. Multiplíquese por dos, añádanse 4 calles laterales y una plaza con la correspondiente iglesia y se tendrá una idea casi exacta de lo que es el pueblo.

A San Pedro llegué ya bien entrada la noche. Dormir en una habitación compartida es una lotería arriesgada por lo variopinto de los especímenes con los que te puede tocar convivir, por lo que intenté encontrar una habitación individual por un módico precio. A la tercera vuelta por el pueblo me resigné y acabé recalando en el Florida, en una habitación de cuatro digna del mismísimo Frodo Bolsón.

El hostal consistía en un rectángulo con las habitaciones en los laterales y con un patio interno en el centro interno que hacía las veces de centro de reunión para los alojados. Cuando entré había un grupo de franceses (no sé si el gobierno francés subvenciona los viajes con mochila, pero esto está lleno de gabachos) en una mesa llena de botellas de vino vacias y un argentino peleándose con una parrilla y dos kilos de carne. Al ver tanto amigo junto y tanta alegría me entró un pequeño ataque de soledad, que en seguida se vió interrumpido por la conversación estándar de estos casos, repetida n veces el número de gente con la que te encuentras, y generalmente en inglés:

– ¿De que país eres?
– Del país X.
– ¿Y de qué ciudad?
– De la ciudad Y.
– ¿Cuándo has llegado?
– Hace Z.
– ¿Y cuánto llevas viajando?
– J.
– ¿Y cuánto tiempo te queda?
– K.
– Ah, por cierto, ¿cómo te llamas?
– L

Mucho sueño, nada de alcohol en la mesa y mucha conversación en francés, no había nada más consecuente que irse a dormir. Pero debían ser eso de las cuatro de la mañana cuando llegaron mis tres compañeros de habitación que, cosa extraña, eran franceses, y se desató una sinfonía de ronquidos aderezada con olor a gruyere y alcohol. Viendo que era imposible aplacar la tempestad salí a dar una vuelta por el pueblo. Las calles estaban casi desiertas, ya que los bares por ley cierran a eso de las dos. Sin embargo tras algunas puertas se escuchaba música y griterío. Luego me enteré de que se celebran un montón de fiestas clandestinas, célebres del lugar, a las que has de ser previamente invitado. Sin embargo, lo más impresionante de SPA en la noche es el cielo. No en vano, está considerado como el mejor lugar del planeta para la astronomía y hay un proyecto conjunto entre Europa, EEUU y Japón para construir el observatorio tecnológicamente más avanzado del mundo. Sin dificultad alguna se podían apreciar miles de estrellas, las constelaciones y hasta nebulosas. Todo un espectáculo gratuito.

A la mañana siguiente celebré con alborozo el hecho de que mis compañeros de habitación abandonasen el lugar. El pueblo estaba muy animado ya que ese día finalizaba en el mismo el Atacama Crossing, una prueba que consisté en recorrer 250 km durante 7 días a través del desierto y que, junto otras tres que se celebran en el Sahara, en el Gobi y en la Antártida, constituyen un evento denominado Racing the planet. (Apunte patriótico: España quedó en primer lugar en la clasificación por equipos). Algo más tarde, después de lavar la ropa sucia acumulada, me dí una vuelta para conocer los mil y un tours que ofrece el lugar. Al final, llegué a la conclusión de que en la mayoría de los casos es mucho mejor alquilar una bicicleta e ir por tu cuenta, ya que además de más económico, te puedes perder el tiempo que quieras donde te apetezca. Siendo así, por la tarde cuando ya el sol había aplacado un poco, me dirigí a un pequeño cañón conocido como la Garganta del Diablo. Los 2400 metros de altura (y la baja forma) se hicieron notar, pero el lugar merecía la pena. Había tramos en los que apenas un metro separaban pared y pared. Otros en los que había que agachar la cabeza para pasar y varios puntos en los que había que cargar la bicicleta en los hombros para poder continuar. Al final el camino se acababa y un pequeño sendero permitía subir, no sin esfuerzo, a una montaña desde la cuál la vista de todo lugar era sublime.

Entrada de la Garganta del diablo

Entrada de la Garganta del diablo

Por la noche estuve cenando tranquilamente con un argentino y una francesa que conocí en el hostal. La chica hablaba bastante bien el español, por lo que fue bastante reconfortante poder hablar en el idioma propio durante al menos un rato. Luego, secuestrados por un barman de la zona, nos tomamos un par de rusos blancos hasta que el reloj biológico vía bostezos nos indicó el momento de la retirada.

Al día siguiente repetí con la bicileta (¿será posible que a estas alturas no se haya perfeccionado algo tan tortuoso como el clásico sillín?), esta vez rumbo al Valle de la Luna. Formado por la erosión de la lluvia y el aire durante cientos de miles de años, es una pequeña depresión con suelo salino rodeada de cerros pequeños con crestas filosas, dunas y formaciones rocosas imposibles. El lugar, célebre por su puesta de sol, recibe este nombre porque sus conformaciones son parecidas al suelo lunar (de hecho, la NASA ha efectuado aquí pruebas con sus vehículos lunares), aunque a decir verdad, el escenario, por lo rojizo, a mí me pareció más propio de Marte.

Al princio del valle, se localiza un pequeño cañón que se transforma en cueva en su parte central. Lo recorrí con un argentino con el que llegué a un pacto tácito yo te alumbro con la linterna/vos me sacás unas fotografías. La mayoría del tiempo había que ir agachado o a gatas y en alguna parte del recorrido debi perder mi preciado reloj Casio de 10 €, cuya alarma había estado sonando todos los días ininterrumpidamente a las 17:30 desde que la fijara en Septiembre del 2007 en una playa del caribe costarricense. No obstante, por algún tipo de principio compensatorio, me encontré unas gafas Ray-Ban.

Rateando por el interior de una de las formaciones del Valle de la Luna

Rateando por el interior de una de las formaciones del Valle de la Luna

Tras hacer un poco el tonto por las dunas, seguí pedaleando por la carretera hasta que una aglomeración de gente me indicó que ese era el lugar recomendado para presenciar la puesta del sol. Inexplicablemente la mayoría de la gente se quedaba, tras subir una duna, al principio de un camino de unos 400 metros que a modo de muralla china natural llevaba a un punto de visión privilegiado. A decir verdad, la puesta de sol en sí, un sol pequeñito perdiéndose tras los cerros en unos pocos segundos, no fue ninguna maravilla. El espectáculo más bien estuvo en el sobrecogedor cambio de color del panorama a medida que el sol se iba ocultando.

El Sol...

El Sol...

...y la Luna se rifan las fotografías en el Valle de la Luna

...y la Luna se rifan las fotografías en el Valle de la Luna

En el tercer y último día en SPA tocó madrugón. Había contratado una visita a los géiseres del Tatio cuya actividad sólo puede presenciarse en el amanecer, cuando se conjuga el frío exterior con el agua subterránea calentada por la actividad volcánica. Salimos a las 4 de la mañana para, tras recorrer los 95 km y alcanzar los más de 4.200 metros de altura, llegar en el momento indicado. El intenso frío (las 6 capas de ropa, guantes y 2 pares de calcetines no fueron suficientes para combatir los -7ºC del lugar), se vió sobradamente compensado por el paseo entre fumarolas y chorros de vapor que en algunos casos alcanzaban los 7 metros de altitud. Un poco más tarde nos dieron el desayuno, el cuál incluía huevos cocidos y leche calentada en un mismo géiser, y luego algunos osados se dieron un baño en unas aguas termales de las proximidades. A esas alturas de la mañana el sol empezaba a hacer acto de presencia, y comenzó el proceso de irse quitando las capas de ropa hasta acabar en manga corta y sudando. Es lo que tiene las esquizofrenia térmica del desierto.

Un poco de calorcillo natural se agradecía

Un poco de calorcillo natural se agradecía

Tras una siesta obligada, para no perder la costumbre, volví a subirme encima de la bibicleta. Está vez cargaba en la espalda con una tabla de sanboard, pues el destino eran las dunas del Valle de la Muerte. Llegado un punto, la arena hacía intransitable el camino y había que seguirir caminando hasta llegar al mismo pie de la duna, momento en que se iniciaba la fatigosa tarea de ascender a la cima. Una vez arriba, los más de 120 metros de pendiente impresionaban, pero una vez me hube lanzado por primera vez, comprobé como me habían dicho que lo máximo que te puede pasar es tragar un poco de arena. Aún con los consejos de un monitor allí presente, que se reía del hecho de que la tabla que había alquilado era una piltrafa, en el mejor de mis intentos sólo conseguí recorrer la mitad de la pendiente antes de acabar semi enterrado. En fin, una experiencia divertida aunque al final el 90 % del tiempo te lo pasas subiendo a la duna.

Visión desde la cima de la duna, momentos antes del primer intento.

Visión desde la cima de la duna, momentos antes del primer intento.

Ya por la noche, me reconcilié con la fenomenología de las habitaciones compartidas. Mis compañeros eran esta vez una china de Hong Kong y todo un personaje de Brasil, los dos muy majetes. Celebramos nuestro encuentro y despedida simultánea cenando una hamburguesa tamaño estadunidense. Luego en seguida nos fuimos a dormir. Ella tenía la excursión de los géiseres, él se iba a escalar y yo ya me iba a Bolivia. Esa noche nadie roncó.

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3 Responses to “San Pedro de Atacamalandia”


  1. 1 Julioangelio abril 21, 2009 en 6:20 pm

    Un placer saber algo de tí, lástima de la escasez de tiempo para leerlo todo con el detenimiento que se merece. Aún leído por encima y en diagonal, ayuda a hacerse una idea de cómo es aquello. Echo de menos aquella ironía cargada de mala leche de la descripción de tu primer viaje Nica pero igualmente merece la pena pararse para viajar contigo.

    un abrazo

  2. 2 Malte abril 23, 2009 en 7:26 pm

    Oye!

    por fin andando de GUIRI…

  3. 3 Dani abril 28, 2009 en 11:07 pm

    Buah tio!, que pasada… eso si, cuando vuelvas te vamos a bañar a lo Rambo I.
    En cuanto puedas sigue posteando tio, que nos tienes aqui enganchados.


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