Una mañana en el infierno

El día que llegué Potosí estaba un poco deslucido por la lluvia y porque
era festivo, o tal vez porque ese sea el estado natural de una ciudad que en sus tiempos fue una de las más esplendorosas del mundo y en la que hoy sus habitantes malviven para salir adelante.

La Casa de la Moneda estaba cerrada y las iglesias (Potosí tiene más de 30) hace tiempo que dejaron de interesarme, por lo que me dejé perder por las calles sin destino alguno. Los más de 4000 msnm se hacían notar en seguida y obligaban a aminorar el ritmo si uno no quería quedarse sin aliento. Accidentalmente, me topé con una chola que en un carrito vendía una serie de mejunges para curar males diversos. Traté de hacerle una foto sin que me viera, pero se dió cuenta y me exigió un boliviano como medida compensatoria. Al final, llegamos a un acuerdo y a cambio de la foto y una moneda me preparó una poción contra el soroche que básicamente consistió en mezclar todos y cada uno de los líquidos que tenía. Sorprendentemente, el sabor de la poción no era malo, y aunque no cumplió con su cometido tampoco tuvo consecuencias gastrointestinales.

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El segundo día lo dediqué a visitar la mina del Cerro Rico, donde se localiza la que fuera en su tiempo la veta de plata más importante que hizo de Potosí una de las ciudades más ricas del mundo. La mina ha sido explotada ininterumpidamente desde que fuera descubierta en 1545. Cuenta una leyenda de forma algo exagerada aunque sin duda ilustrativa, que con toda la cantidad de plata extraída se podría haber construido un puente de ese mineral desde el Cerro hasta España. Según otra algo más macabra, se dice que ese mismo puente se podría haber construido con los cadáveres de todos los mineros que han fallecido durante su explotación, la mayoría esclavos, cifra que algunos historiadores sitúan en más de 8 millones. Sea como fuere, lo más impactante es que miles de mineros siguen trabajando en la actualidad en condiciones que no difieren en mucho de las de las de hace 4 siglos durante la época colonial, por lo que el índice de mortalidad es muy elevado ya sea tanto por accidentes como por el número de enfermedades, que sitúan la esperanza de vida de los mineros muy por debajo de la media boliviana.

Cerro Rico o Sumaj Orcko en quechua, visto desde un día nublado en Potosí

Cerro Rico o Sumaj Orcko en quechua, visto desde un día nublado en Potosí

La visita a la mina es una temeridad que sin duda estaría prohibida en la mayoría de los países del mundo. No es de extrañar que lo primero que exijan las agencias que la ofertan (también se puede ir directamente a la mina y pagarle a un trabajador para que te la enseñe) sea el firmar una cláusula mediante la cuál se exhimen de toda responsabilidad ante cualquier percance que pudiera tener lugar: pérdidas, derrumbamientos, asfixias…

Antes de llegar a la mina hicimos dos paradas. En la primera nos separamos en distintos grupos, nos asignaron un guía que había sido minero y nos vestimos para la ocasión, con trajes pestilentes que posiblemente no hayan visto el agua en toda su historia, botas y cascos con sus lamparitas correspondientes. Si bien al principio podía parecer un poco folklórico, pronto nos íbamos a dar cuenta de que el atuendo era más que necesario e incluso no hubiera estado de más una pequeña bombona de oxígeno. En la segunda parada nos dirigimos a un mercado minero donde los mineros compran todo aquello que necesitan para su quehacer diario: herramientas, dinamita, hojas de coca, alcohol… Nótese en este punto que cualquier persona sin restricción de edad, religión o estado mental, puede dirigirse libremente a susodicho mercado y comprar ingentes cantidades de explosivo, recibiendo además el agradecimiento del vendedor que se mostrará siempre encantado de ganarse unos bolivianos. Existe algo así como un pacto tácito según el cuál los visitantes llevan regalos a los mineros de modo que éstos aceptan gustosamente las visitas, por lo que todos acabamos comprando algo. Así que allí estábamos, en una furgoneta cargada de dinamita y estupefacientes varios, camino de la mina, encomendándonos a una estadística que decía que en todas el historial de visitas realizadas hasta la fecha jamás se había registrado algún incidente relacionado con la estabilidad de los explosivos.

¡Marchando una de coca con dinamita!

¡Marchando una de coca con dinamita!

Aproximadamente los 10 primeros minutos fueron los únicos en los que las galerías se podían transitar de manera erguida, si bien los golpes con el techo eran constantes. En algunos momentos, sin previo aviso, se oía un ruido estridente y nos teníamos que pegar a la pared para dejar paso a unas vagonetas cargadas de plata que circulaban al más puro estilo Indiana Jones.

Al rato nos detuvimos en una galería amplia que hacía las veces de museo improvisado. Allí nos explicaron la historia de la mina y las condiciones de trabajo de los mineros. Al parecer, éstos se agrupan en diversas cooperativas que no obstante no parecen ofrecer ninguna mejora sustancial, de manera que al final cada minero se busca una galería y la explota de manera individualizada. El trabajo es completamente manual: martillo en mano, con una barra de acero perforan la roca e introducen la carga de dinamita en el orificio. Se les paga en función de la cantidad de metal que obtienen al día, por lo que las jornadas de trabajo, que frecuentemente comienzan a la una de la mañana para que la temperatura sea más soportable, no suelen ser inferiores a las 12 horas, sin protección alguna ante las múltiples sustancias nocivas que se desprenden. Por si si fuera poco, muchos de los mineros empiezan a trabajar a los 12 años.

Cuadro de enfermedades más frecuentes en los trabajadores de la mina

Cuadro de enfermedades más frecuentes en los trabajadores de la mina

Para hacer más llevaderas estas condiciones los trabajadores consumen hojas de coca de manera masiva, con objeto de reducir la sensación de hambre y fatiga, y directamente alcohol de 96º de pureza. También tiene una gran relevancia la figura del Tío, personaje que surge de la fusión entre el diablo o supay de las mitologías andinas y el diablo cristiano, que se considera como el dueño de las riquezas de la mina. Hay muchos distribuidos en distintas partes de la mina y resulta sorprendente el grado de influencia que tiene sobre los mineros. Temiendo represalias y esperando su protección le ofrendan hojas de coca, alcohol, cigarros… lo decoran e incluso hablan con él.

Uno de los muchos Tíos que había por la mina

Uno de los muchos Tíos que había por la mina

Tras la explicación continuamos adentándonos en la mina. Al poco ésta empezó a adquirir una morfología cavernosa y la única forma de avanzar era agachado, a gatas o arrastrándose. Bajamos cosa de 10 metros al segundo nivel y apareció un minero agonizando que nos suplicaba por un poco de agua, mientras nos contaba que él y otros compañeros habían estado a punto de beberse su propia orina. La sensación de claustrofobia y la temperatura no paraban de aumentar y cada vez se hacía más difícil respirar a pesar de las mascarillas y pañuelos. Parte del grupo decidió volverse atrás y al final sólo nos quedamos tres. Seguimos descendiendo pasando por orificios que apenas eran más grandes que el torso y bajando por precarias escaleras de madera. Cada poco era indispensable parar para recuperar el aliento, momentos en los que el guía aprovechaba para proseguir con sus explicaciones. Al final llegamos a estar a más de 60 metros bajo tierra y nos encontramos con un minero que llevaba ya varias horas perforando la roca pese a lo cual nos atendió con gran amabilidad.

Parada para tomar aliento en uno de los pocos lugares donde era posible

Lugar de descanso improvisado en uno de los pocos lugares donde era posible

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Roberto llevaba más de 11 horas trabajando. Aún así todavía tuvo tiempo de intersarse por nosotros y explicarnos como realizaba su trabajo.

Roberto llevaba más de 11 horas trabajando. Aún así todavía tuvo tiempo de intersarse por nosotros y explicarnos como realizaba su trabajo.

El camino de regreso lo hicimos a toda prisa y el reencuentro con la luz del sol fue todo un alivio. Pero en la superficie todavía nos esperaba otro acontecimiento delirante, la prueba a cielo abierto con los explosivos. El guía me dijo que como español que era seguro que entendía de terrorismo, y me seleccionó como preparador de la dinamita. Siguiendo sus instrucciones empecé a amasarla hasta darle una forma circular, le colocamos la mecha y la introdujimos en una bolsa de nitato de amonio. Lo divertido del asunto es que, garantizándonos que había tiempo de sobra, la encendió delante de todo el mundo y nos dijo que nos la fueramos pasando los unos a los otros para hacernos fotos. Luego salió corriendo y la arrojó en un descampado donde se produjo una gran detonación, levantando una nube de polvo de varios metros de altura que marcó el final de la visita.

Encendida la mecha, había tiempo más que suficiente antes de la explosión. Aún así, muchos se negaron a sostener el explosivo.

Encendida la mecha, había tiempo más que suficiente antes de la explosión. Aún así, muchos se negaron a sostener el explosivo.

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4 Responses to “Una mañana en el infierno”


  1. 1 Juanga junio 28, 2009 en 10:50 am

    Tío insisto, por dónde carajos andas?

  2. 3 Luis julio 22, 2009 en 2:12 pm

    son unas nenas…

  3. 4 lola elisa fredi septiembre 25, 2009 en 6:58 am

    ..deberias de seguir escribiendo ,es divertido y sabemos como te va.Besos


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