Rumbo a la amazonía boliviana por la carretera de la muerte

16/04/09-24/04/09

Para el día de mi cumpelaños me regalé un descenso en bicicleta por la carretera de la muerte, desafiando así a un hipotético destino deseoso de irónicas simetrías. No me maté (bonito lugar para hallar sepultura, en cualquier caso), pero tuve el honor de pegarme una ostia de campeonato. Humillante al principio, ahora la conservo en la memoria (y en un par de rasguños que creo serán imperecederos) con gran orgullo.

A la carretera de la muerte se le otorgó el título de la carretera más peligrosa del mundo por el elevado número de accidentes mortales que han tenido lugar a lo largo de su historia. Casi podría decirse que toda la carretera es en si mismo un punto negro y muchos de los fallecidos aún yacen en los precipicios debido a la imposibilidad de rescatar sus cuerpos. La peligrosidad se ha visto disminuida desde que se abrió una carretera nueva por la que circulan todos los vehículos a excepción de los más pesados, y actualmente su descenso se ha convertido en una turistada a la que se lanzan casi hasta las abuelas. Aunque tampoco es como para quitarle todo el hierro al asunto, ya que con relativa frecuencia se siguen produciendo accidentes con víctimas mortales, incluyendo bastantes casos de gente en bicicleta.

El descenso no se inicia desde los 3.600 metros de La Paz, sino desde un alto cercano conocido como la Cumbre, a 4760 metros de altitud, para recorrer un total de 64 km. Allí, en una zona plana al lado de una laguna, nos dieron equipaciones varias y estuvimos probando las bicicletas, que para mi gusto eran demasiado sofisticadas y casi me hubiera sentido más cómodo con la típica mountain bike de oferta del Carrefour. No podía faltar la gringada de turno, consistente en este caso en tomarse un chupito de alcohol puro y arrojar parte del mismo al suelo para honrar a la Pachamama, mientras el guía nos daba una serie de instrucciones en inglés con acento de Nueva Zelanda que no entendí muy bien. El frío era considerable, por lo que nos pusimos unas cinco o seis capas de ropa de las que nos iríamos despojando a medida que fuésemos descendiendo.

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En total éramos unos 14, precedidos y sucedidos por dos guías. Al final iba también un minibús escoba por si alguien se quería retirar o para que, en caso de necesidad, no hubiera que confiarlo todo a las presumiblemente poco eficientes asistencias sanitarias bolivianas. La primera parte transcurría por la carretera nueva. A pesar de que es bastante amplia y está bien pavimentada, fue allí, poco después de comenzar, donde se sucedió mi batacazo, debido fundamentalmente a dos motivos. El primero fue el sobredimensionar mis escasos recursos técnicos a los mandos de una bicicleta. Contribuyó a ello el hecho de que en la fila me precedía una chica muy voluptuosa propulsada exclusivamente por la fuerza de la gravedad, no pude soportar la idea y en el nombre del esfuerzo, aceleré para adelantarla y, ya puestos, adelanté también al resto del grupo hasta situarme en cabeza. El segundo fue violar el principio básico de que cuando uno se encuentra descendiendo por una carretera sinuosa a 60 km/h, resulta aconsejable concentrar la atención de sus cinco sentidos en lo que tiene en frente. Como iba por delante, me distraje un momento contemplando el espectacular paisaje montañoso y al volver la vista, me había desviado hacia un lateral de la carretera lleno de gravilla. El potente amortiguador conspiró en mi contra y la bicicleta entró en turbulencia. Fue imposible controlarla y mientras intentaba reducir la velocidad, salí despedido por encima del manillar. Es curioso porque sin haberme golpeado la cabeza, sufrí una especie de episodio amnésico transitorio y no recuerdo nada del resto de la caída. La primera imagen postfostiazo fue la de estar bocabajo en el suelo rodeado por todo el grupo. “I’m ok guys” dije mientras me levantaba avergonzado más que otra cosa, casi a la par que el guía exclamaba “What are you doing? You’re gonna die, man!”. Sorprendentemente no me había hecho casi nada y gracias al espesor de todas las capas de ropa sólo tenía unos rasguños en el codo derecho y encima de las rodillas. El hombre que circulaba detrás de mí no vió muy bien la caída y no me pudo explicar como fue. Reconstruyendo los hechos a partir de los agujeros diversos de la ropa llegué a la conclusión de que debió ser al más puro estilo aikido, cayendo sobre el costado derecho de la espalda para luego voltearme apoyado en el brazo y finalmente arrastrarme unos metros sobre el suelo. Para los raspones de la nariz no tengo una explicación muy clara pero se agradece el haber conservado la dentadura intacta. Poca cosa, al final, sobre todo teniendo en cuenta que me podía haber caído por el lado del precipicio y entonces si que no lo hubiera contado.

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Físicamente intacto, pude continuar el camino sin problemas y creo que, con el susto todavía en el cuerpo, fui el único que se alegró de que poco después hubiera que subir un par de repechos bastante duros antes de tomar una desviación que conducía a la carretera vieja, es decir, a la carretera de la muerte propiamente dicha. En ella el asfalto desaparecía dando lugar a un camino pedregoso con la pared vertical de la montaña a la derecha y un abismo de 300 metros a la izquierda, con una densa neblina que dificultaba un poco la visibilidad. El escenario era realmente imponente y daba bastante respeto. Por supuesto, ni rastro de vallas de seguridad ni indicaciones o señales de advertencia. En su lugar, sobre todo en las curvas, se veían un montón de cruces que recordaban los fallecidos y que daban bastante mal rollo. La carretera era bastante amplia para circular en bicicleta, no hay mucho tránsito (de hecho nosotros no nos cruzamos con ningún vehículo en todo el recorrido), y si ibas con cuidado y a tu propio ritmo no resultaba tan peligroso, aunque por la gran cantidad de piedras fue inevitable llevarse unos cuantos sobresaltos y la tensión era constante. Mientras descendía pensé que tal vez fue una suerte la caída del principio porque si hubiera conservado el espíritu temerario del principio es posible que no estuviera escribiendo estas lineas.

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El final del recorrido, ya con un calor sofocante y en un entorno subtropical, estaba en una pequeña finca-zoológico casi oculta en medio de la vegetación. Allí, ya en frío empezaron a manifestarse dos daños adicionales de la caída, una torcedura del tobillo derecho y dolor en el dedo gordo del pie izquierdo con uña negra incluida, que complicaron seriamente mis capacidades locomotrices. Casi arrastrándome, después de comer agarré un taxi y me fui a un pueblo cercano llamado Coroico que dicen que es un lugar muy bonito aunque no pude comprobarlo porque invertí practicamente todo el tiempo que estuve tumbado en la cama intentando encontrar una posición óptima que se adaptase a mis numerosos dolores corporales. Al final me conseguí dormir y a la mañana siguiente me alegró mucho comprobar que lo del tobillo iba a menos y no parecía nada serio. En lo que llevaba de viaje me había encontrado a varias personas con el brazo o la pierna rota condenados a quedarse por semanas en el mismo sitio mientras se recuperaban y no me apetecía nada ser uno de ellos. La alegría, no obstante, se vio un poco empañada por la muerte de mi reproductor mp3, que sucumbió inundado en el fondo de la mochila por el contenido de agua de una botella mal cerrada. Ello suponía en adelante dejar la banda sonora de las incontables horas de autobús que restaban al dudoso arbitrio de los DJ buseros y verse desprovisto de un mecanismo de protección contra los gritos de los vendedores que los invaden.

De Coroico me fui a un pequeño pueblo llamado Caranavi en donde tenía que hacer escala para tomar un autobús, en un coche que hacía las veces de transporte colectivo. El desplazamiento que yo presumía iba a ser más tranquilo acabó por convertirse en un nuevo capítulo de la saga aprende a odiar los transportes bolivianos porque el conductor me la jugó, primero retrasando una hora la salida y luego porque provocó un overbooking y no quiso entender que en los asientos de atrás no caben cuatro personas cuando dos de ellas pesan más de 90 kilos. Lo normal hubiera sido mandarle a la mierda pero a esas horas ya no había un medio de transporte alternativo, y al final me tuve que resignar a viajar en el maletero entre sacos de verduras y tragando un montón de polvo que entraba por las grietas de la luna trasera, que parecía un colador.

En la calle principal de Caranavi la mayoría de los negocios eran talleres de reparación, lo que da una idea de lo que deben sufrir los vehículos al circular por esa carretera. En uno de ellos encontré a un electricista que a su modo parecía bastante apañado y le dejé el reproductor para ver si era capaz de repararlo. Le motivé ofreciéndole 100 bolivianos (algo más de 12 euros, que tal vez se acerque a lo que gana en un par de días, quien sabe si más), pero sus esfuerzos sólo sirvieron para certificar la defunción. Y con eso se pasaron las dos horas que tenía que esperar hasta tomar el bus. Por delante esperaban 11 horas no exentas de riesgo sobre todo cuando venía tráfico en dirección contraria, momento en el cual, debido a la estrechez de la carretera, uno de los vehículos tenía que retroceder hasta dejar espacio suficiente para dar paso al otro y el autobús se tenía que colocar literalmente a pocos centímetros del precipicio. También me sorprendió, al principio del recorrido, la cantidad de niños que iban caminando casi en la oscuridad y que de repente desaparecían entre la vegetación, me imagino que para tomar un sendero que conducía a sus casas.

Con los primeros rayos de luz, la vegetación, el calor sofocante y las mosquiteras en las ventanas indicaban que ya habíamos llegado a Rurrenabaque, un pueblo con nombre a modo de trabalenguas situado a las puertas de la amazonía boliviana. Por el entorno selvático, los rasgos un poco asiáticos de sus habitantes y porque todo el mundo se desplazaba en moto, me recordó un poco a Vietnam, al menos al que se muestra en las películas bélicas hollywoodienses. Rurre, pues así lo abrevian para no atragantarse, es el centro de operaciones para adentrarse en la jungla, dirección oeste, o en las Pampas, en el este, obligatoriamente en visitas guiadas (generalmente de tres días cada una), pues está prohibido hacerlo por cuenta propia. Ya que había invertido tanto tiempo en llegar aquí, me decidí a hacer las dos.

En primer lugar contraté el tour de Las Pampas, pues la mayor parte del tiempo se pasa en una lancha y no requiere caminar demasiado. En nuestro grupo, había cuatro israelíes (que aquí son multitud porque hace unos años un israelí se perdió en la selva durante un mes, publicó la historia y popularizó el lugar) y en las tres horas de transporte terrestre en 4×4 se repitió la escena del salar de Uyuni. Por suerte en el grupo había un irlandés, una norteamericana y una canadienese e hicimos buenas migas. Ya en el embarcadero del río nos esperaba Diego, el guía, a bordo de una lancha. Se había criado en el lugar por lo que se conocía al dedillo todos los recovecos del río, sus afluentes y era todo un espectáculo ver como se orientaba entre tanta vegetación mientras nosotros andábamos completamente perdidos. En un momento del trayecto paró el motor de la lancha, se alzó olfateando y exclamó “Huelo a mono”. Creíamos que estaba de farol pero, efectivamente, unos metros más allá, había un grupo de monos colgados de una rama.

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Tras 3 horas de recorrido, llegamos al refugio donde íbamos a pasar los siguientes tres días, que consistía en un conjunto de cabañas de madera situadas a orillas del río. Cada cabaña constaba de dos camas con sus respectivas e imprescindibles mosquiteras, y luego estaban también las que hacían las veces de cocina/comedero y de cuarto de baño. Había también tres cocodrilos residentes que merodeaban por las proximidades ya que los habían criado en el lugar. Nos aseguraron que no había que preocuparse por ellos ya que estaban bien alimentados, pero de todas formas resultaba inevitable echar un vistazo de vez en cuando para comprobar que se encontraban los suficientemente alejados. El sitio era muy apacible, con hamacas junto al río, y casi hubiera resultado idílico de no ser por el gran número de mosquitos que se dedicaban a amargarle a uno la existencia. Independientemente de la cantidad de repelente que te pusieras, siempre se las apañaban para encontrar el hueco donde picarte. Al final de los tres días contabilicé, sin exagerar, más de 50 picaduras por extremidad y aún así creo que fui uno de los que salió mejor parado de todo el grupo.

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La mecánica de esos días consistía en desplazarse en lancha a algún lugar de las proximidades que tuviese alguna peculiaridad, aunque los mismos deplazamientos por el río ya de por sí merecían la pena. La lista de actividades, en orden cronológico, fue la siguiente:

– Búsqueda de anacondas. Nos adentramos en la selva, siguiendo al guía que iba abriendo camino a golpe de machete. Al final nos conformamos con encontrar una serpiente de menos renombre ya que tuvimos que abortar la misión antes de tiempo debido a que una constante nube de mosquitos había convertido aquello en un auténtico infierno.

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-Nadar junto con delfines rosados. Los delfines rosados son una de las cinco especies de delfines de agua dulce que existen en el mundo y son característicos del Amazonas. Nos detuvimos en un lugar del río donde había un par de ellos, aunque al parecer no tenían muchas ganas de jugar y no se quisieron acercar. Lo curioso es que a unos pocos metros donde estabamos nadando se encontraba otro grupo de gente pescando pirañas, y por si fuera poco no muy lejos pasó un cocodrilo. Diego nos dijo que no existia peligro, aunque no se si resultaba muy fiable alguien que tiene la cicatriz de una mordedura de cocodrilo en una de sus piernas.

-Buscar cocodrilos por la noche. El asunto está en que los ojos de los cocodrilos reflejan con la luz, así que estuvimos peinando el río con nuestras linternas. Conseguimos encontrar uno muy pequeñito, que cabía en la palma de la mano. Había que tener cuidado porque si se alteraba y empezaba a gritar probablemente probablemente mamá cocodrilo se acercaría a socorrerlo.

-Pachanga de fútbol Bolivia-Resto del mundo. Esto fue improvisado. Los bolivianos eran infatigables y costó meterles un golito. Al final, se convirtió en el primer partido de la historia del futbol suspendido a causa de los mosquitos.

-Pesca de pirañas. Más que pesca parecía que les estábamos alimentando, porque se comían el cebo pero no mordían el anzuelo ni a la de tres. Al final conseguimos pescar algunas que luego cocinaron en el refugio y nos las comimos. Estaban bastante buenas y a mi parecer, su sabor recordaba ligeramente al de la trucha.

Las noches de entre medias también fueron bastante entretenidas, con alguna que otra cervecita por en medio, y sobre todo hablando y escuchando las aventuras y desventuras que contaban los guías. Cuando le dices a algún latinoamericano chistoso que eres español normalmente lo primero que te responde es la retaila “joder, ostia, tio”, completamente merecida, y aquí en particular parece que nos conocen como “los coño”.

Tras la expedición a las Pampas, contraté junto con la americana, el irlandés y la canadiense el tour por la jungla. Todos andábamos un poco ajustados de tiempo en nuestras respectivas planificaciones, por lo que nos fuimos directamente al día siguiente sin dejar un día de descanso por en medio, lo cual tal vez hubiera resultado conveniente. Allí ell refugio era mucho más básico, no había luz eléctrica y estaba situado en una espesura rodeada por árboles inmensos. Había llovido recientemente y al caminar, ya dando por supuesto que te ibas a enfangar hasta el tobillo, tratabas de tener cuidado para no hacerlo hasta la rodilla. Cosas esperables de la jungla, pero el sueño poco meditado de irse a vivir a la selva se desvaneció a los pocos minutos.

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La selva parece ser un auténtico boticario: plantas para curar heridas, para purificar los riñones, viagra natural, maquillaje… Juan Carlos, nuestro guía en este caso, nos iba explicando las distintas utilidades durante un paseo de tres horas en el que nos adentramos por un sendero. No sabía inglés y muy a mi pesar me volvió a tocar hacer de traductor. También nos contó que existen comunidades aisladas de toda civilización y en concreto, aunque a mi más bien me parecio una leyenda selvática, nos mencionó el caso de un hombre que fue secuestrado por una de ellas y, por orden expresa de su líder, fue obligado, triste destino, a procrear con todas las mujeres. Por la noche nos dimos un breve paseito nocturno, parándonos cada poco y apagando las linternas para escuchar la infinidad de sonidos que conforman la banda sonora de la selva. El baño del refugio estaba situado un poco separado de las cabañas. En la oscuridad daba un poco de canguelo ir hasta allí porque nos habían contado que algunos jaguares hambrientos se habían acercado en alguna ocasión y atacado a alguna persona, y la imaginación confundía el ruido del más insignificante de los insectos en una amenaza.

Al día siguiente dimos un nuevo paseo por otra zona de la selva y, entre otros bichos varios, nos econtramos una serpiente de varios metros. También sufrimos el ataque de las mordeduras de las hormigas de fuego, diminutas pero voraces, que a la velocidad del rayo trepaban por tu pierna si te interponías en su camino. Por la tarde, Juan Carlos nos enseño a hacer anillos de coco a partir de semillas, conocimiento que incorporo a la lista de habilidades alternativas para ganarse la vida.

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Sucios, sudorosos, hastiados por las toneladas de barro y las picaduras de los insectos, hambrientos por la comida que el cocinero parecía reciclar de un día para el otro, al tercer día todos deseábamos regresar y por eso renunciamos a una tercera incursión en la selva. La limitación de tener que volver al campamento impide profundizar lo suficiente y al final te da la sensación de que es más de lo mismo. Por eso en cuanto regresamos a Rurre nos reunimos en un bar para tomarnos unas cervezas que, como había un irlandés, un austríaco y una pareja de checos, no fueron dos ni tres, sino algo así como tres litros por barba. Una retirada a tiempo es una victoria dicen, pero sucede que uno nunca sabe cuando es a tiempo y de todas formas tampoco estaba muy por la labor de irme a dormir, por lo que continué el peregrinaje ya solamente en compañía del irlandés y el austríaco. En un garito de por allí descubrimos el Welcome to the Jungle, un combinado de ron con varios jugos de fruta que entraba muy fácil y en consecuencia cayeron unos cuantos tragos que supusieron mi perdición. Acabé desplomado en la mesa de un antro de mala muerte y al cabo de un rato, un poco más recuperado, me di cuenta de que me faltaba la cartera en el bolsillo derecho. Sospeché de un hombre que constantemente se me había estado acercando más de la cuenta en plan colegüita para ofrecerme drogas, prostitutas y no se que más cosas. Efectivamente debió ser él, puesto que en cuanto se dio cuenta de que le miraba con cara de pocos amigos, se levantó y salió corriendo por la puerta. Tratamos de seguirlo pero nos llevaba algo de ventaja y como se conocía el pueblo, se metió por unas callejuelas y le perdimos la pista. Volví al bar y enfurecido agarré del cuello a un chaval que había estado sentado con él para que me dijese donde vivía, aunque me aseguró que no le conocía de nada. Al final nos separaron y ya un poco más calmado fui preguntando a toda la gente del bar, pero nadie sabía o quería decir nada y lo acabé dando por perdido. De todos modos no supuso ninguna catástrofe porque en la cartera solo tenía el equivalente en bolivianos a poco más de 20 euros y el DNI, y tampoco creo que se pueda considerar el incidente como una muestra de la inseguridad de estos lugares, porque en el estado en que me encontraba me podría haber pasado lo mismo en cualquier bar de Barcelona.

El día siguiente no lo dediqué a hacer gran cosa, pasar le resaca y el mal humor y lavar la ropa sucia acumulada. Para regresar a La Paz se me pasó por la cabeza tomar un avión, pero lo descarté porque el aeropuerto de Rurre es una simple pista de tierra que frecuentemente se enfanga lo cual origina retrasos que pueden ser de varios días. Así que al final agarré un autobús y me armé de la paciencia necesaria para aguantar las 18 horas de camino por la célebre carretera.

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