Una vueltecita por Guatemejor (parte 1)

La forma de viajar había cambiado un poco en esta segunda etapa del viaje. En Sur América, la limitación de tiempo del que disponía me había obligado casi a hacer un master intensivo en geografía al tener que estudiar con detenimiento mapas y guías con el objetivo de trazar una ruta coherente que, enlazando cinco países distintos, no supusiera muchas idas y venidas. Ahora, ya sin prisas, me había tomado las cosas con más calma. Con tanta que cuando llegué a Guatemala apenas había echado un par de vistazos rápidos al mapa del país y sólo tenía una vaga idea de tres o cuatro sitios que ni siquiera era capaz de ubicar. Al final, hablando con gente de por aquí y por allá, un poco de internet y ojeando algunas guías, sobre la marcha los lugares fueron saliendo (todo sea dicho, tampoco es que innovara demasiado) y acabé estando por allí más de tres semanas. Guatemala, un país lleno de naturaleza y con tanta riqueza cultural dan para eso y mucho más.

Como era jueves me fui temprano de San Pedro a Chichicastenango, un pequeño pueblo del altiplano donde ese día y todos los domingos tiene lugar el que dicen que es el mercado con más colorido de Centroamérica, pues a el acuden no sólo los locales quichés sino comerciantes de otras comunidades indígenas de las proximidades. La primera impresión que te da al llegar allí es que, más que un mercado en un pueblo, parece un pueblo en un mercado. Una parte es la de artesanías dedicada al turista, con los telares llenos de colorido, máscaras de madera, trajes típicos… infinidad de cosas que se ven por el resto de Guatemala y que aquí están concentrados y multiplicados por mil. Pero también hay otra parte destinada a cubrir las necesidades de los locales, donde venden frutas, vegetales, comidas y una gran variedad de útiles y objetos inclasificables, por lo que al final se origina una mezcla bastante curiosa. Como en todos los mercados mucho bullicio, ruidos, aromas, vendedores que poco les falta para secuestrarte… un sitio un poco incómodo para permanecer mucho rato si uno no es un entusiasta de las artesanías o tiene un sistema nervioso blindado contra tanto estímulo simultáneo. Pero esta vez tenía que comprar un par de regalitos y tocó batallar un poco con los vendedores mediante el arte del regateo, que como es bien sabido, termina cuando haces un amago de irte, escuchas la última oferta que suele ser la mitad o menos del precio de salida y, si al final compras, te vas con la sensación de no saber si has conseguido un chollo o una estafa y a la vez sintiéndote un poco miserable por haber estado regateando para ahorrarte unos pocos céntimos. Pero no todo es mercado en Chichicastenango. También es un buen lugar para apreciar la persistencia de las tradiciones mayas. Por ejemplo está Iglesia de Santo Tomás, que es una muestra del sincretismo entre el catolicismo y las creencias mayas precolombinas. Aunque tiene aspecto católico por fuera, las escaleras son utilizadas a modo de los escalones de los templos mayas y se puede ver en ellas a líderes religiosos y chamanes agitando incensarios y salmodiando, mientras que el interior está lleno de ofrendas como flores, botellas de alcohol y velas, todas ellas depositadas en el mismo suelo por su proximidad con los ancestros enterrados. Y también está, a la salida del pueblo, el Santuario de Pascual Abaj, una piedra de sacrificio donde se realizan ofrendas y se celebran ceremonias religiosas en las que en ocasiones se sacrifican pollos. Me quedé con las ganas de presenciar alguna.

De Chichi (en Guatemala es frecuente acortar todos los nombres y así Panajachel es Pana, Chichicastenango es Chichi y Ciudad de Guatemala, Guate) me fui hasta Quetzaltenango, más conocido con el nombre de Xela. Para el que se lo esté preguntando “tenango” significa lugar de o lugar donde hay, de modo que Quetzaltenango vendría a ser algo así como lugar donde hay quetzales (aunque actualmente ya no queda ninguno allí) y Chichicatenango lugar de chichicas, que vaya usted a saber lo que significa. El lugar donde se agarraban los colectivos parecía estar tomado por españoles: un sevillaño, un madrileño, dos canarios, dos vascos y un catalán contabilicé. El sevillano y los vascos también iban para allá así que me junte con ellos y fue un placer sacar del baúl de los recuerdos el verbo coger y desempolvar palabras y expresiones malsonantes typical spanish que asustan a los de por aquí.

Xela es la segunda ciudad más grande de Guatemala, aunque tiene algo menos de 200.000 habitantes y en nada se asemeja a la monstruosa capital. Ni grande ni pequeña, es un sitio agradable que eligen bastantes extranjeros para aprender el español con más éxito que en otros lugares del país, pero si uno está sólo de paso no hay mucho que ver y fue suficiente con darse un paseito mientras buscábamos alojamiento y un lugar para cenar. Ellos un buen chuletón mientras yo me tomaba una cerveza para luego comerme algo por la calle. Así de dura es la vida del viajero a largo plazo. Luego fuimos a tomar a un bar con música en directo, que recordaré siempre porque al sevillano casi se le caen las lágrimas cuando versionaron una canción de los Gipsy Kings.

Por las proximidades de Xela fuimos a las Fuentes Georginas, que son una especie de spa natural situado en un valle poblado por bosques tropicales. Muy bonito el lugar. Y claro, entre el vientecillo montañoso y que el día estaba algo nublado veías el vapor de agua sulfurosa que emanaba de las termas e inmediatamente te apetecía meterte casi de cabeza. Pero sucedía que el agua estaba caliente. Muy, muy caliente. Tanto que no resultaba muy aconsejable saltar de golpe siguiendo un primer impulso y había que ir entrando poco a poco como si de agua fría se tratase. Según parece antes estaba algo más templada, pero hace algunos años hubo un desprendimiento de tierra que, aparte de cargarse unas esculturas que adornaban el lugar, dejó al descubierto una nueva veta de agua que es la responsable de semejante calentamiento. Tras la sesión de relax de regreso a Xela paramos a comer en Zunil, donde destaca el mercado agrícola en el que cientos de indígenas de las proximidades acuden a vender los productos de sus cultivos. Y también llama la atención, aunque en sentido negativo, que a pesar de lo sucio que está el río que atraviesa el pueblo, ya que es utilizado como vertedero, sea utilizado a la vez como baño y lavadero.

Mi intención para el día siguiente era ascender el volcán Tajumulco. No es el más bonito, incluso en comparación con otros volcanes de Guatemala es bastante feo, con un cono no muy perfecto y un cráter deformado, pero con sus más de 4.200 metros es el punto más alto de Centroamérica y eso tiene mucho tirón, aparte de las vistas que se pueden apreciar desde la cima. La ascensión la puede realizar perfectamente uno por su cuenta ya que no es muy técnica y el camino no resulta muy confuso. Pero hay una organización que se llama Quetzaltrekkers que es una especie de ONG formada por voluntarios internacionales que organiza distintos trekkings y destina casi todo el dinero recaudado a los niños de la calle. Y por otra parte, la gracia del asunto también está en quedarte a dormir por la noche para luego presenciar el amanecer en la cima, y yo no tenía ni tienda de campaña ni saco de dormir y ellos te los facilitaban. Así que, en definitiva, renunciando a la dosis extra de aventura que implicaba ascender por mi propia cuenta, me decidí a hacerlo con ellos y por la tarde me dirigí a la Casa Argentina que es donde esta ubicada la organización. Allí nos reunimos todo el grupo e hicimos eso muy gringo de sentarnos todos en círculo y presentarnos, y mientras pensaba lo cansado que estaba de tener que hablar en inglés en Latinoamérica desconecté y cuando volví me di cuenta de que la gente se había levantado y colocado delante de grupos de objetos que había en el suelo. Se trataba de los útiles comunes (tiendas de campaña, cuerdas, comida…) que nos teniamos que repartir para llevar cada uno en sus respectivas mochilas. Y claro, la gente tonta no es y como llegué el último me tocó el peor que incluía una olla enorme que pesaba lo suyo y que de ninguna forma iba a caber dentro de la mochila. Que se le iba a hacer, me callé la opinión de que para un par de comidas que íbamos a tener la cosa se podía resolver a base de pan con algo de relleno y acepté con resignación mi papel de mula.

Por la noche me fui a tomar las últimas cervezas de despedida con mis compañeros de los último días, que proseguían su viaje hacia la parte oriental del país. La cosa no se prolongó hasta muy tarde porque tocaba levantarse a las 4 de la mañana para ir a donde los Quetzaltrekkers y desde allí dirigirnos a San Marcos de camino hacia el volcán. Cualquiera podría pensar que con semejante madrugón uno se podría echar una cabezadita en el autobús, pero es que nos fuimos en un Chicken Bus que además estaba tan saturado de gente que tenía que ir con las puertas abiertas para que cupiesen todos, algo que no es nada inusual en este tipo de transportes. ¿Qué es un Chicken Bus? El fenómeno merece un inciso. Los Chicken son los antiguos autobuses escolares americanos amarillos, esos que a veces se ven en las películas, que fueron retirados por ser demasiado contaminantes y se vendieron y donaron sobre todo a los países centroamericanos. Son el medio de transporte más habitual en Centroamérica, porque aunque existen otros como shuttles o autobuses algo más cómodos y modernos, por mucho menos precio y aunque en ocasiones se tenga que hacer malabarismos con las combinaciones, con ello se puede llegar al sitio más remoto. El nombre se debe a que a que no es extraño ver a mucha gente de campo que se suben a ellos cargando con animales, aunque a mi me convence más la explicación que afirma que es debido a que por la saturación de gente que se produce en su interior recuerdan a una granja intensiva de producción de huevos de gallina. Por fuera son llamativos, porque muchos están pintados con mucho colorido al gusto del propietario, como el que sale en la fotografía, y sobre todo porque suelen llevar mensajes religiosos en la parte frontal del tipo “Dios te ama” o “Jesús es tu pastor”. Pero el verdadero espectáculo está por dentro. Te recibe el conductor, que suele ser un tipo muy majete que te hace el típico comentario cachondo y suele poner la música (todo tipo de variedades latinas) a todo volumen. Luego llega el laborioso proceso de encontrar un hueco, porque como parece ser que no tienen límite de capacidad, ubicarse resulta como una partida de Tetris virtual. Si no tomas el autobus en la terminal es bastante posible que te toque ir de pie en el pasillo esquivando codazos y patadas en medio de la aglomeración, aunque de todos modos ir sentado tampoco es mucho más relajado, porque los asientos están pensados para niños. Por eso el espacio para las piernas es muy reducido y te las golpeas constantemente, y cuando van tres adultos en el mismo asiento el de la ventanilla casi tiene que ir con la cara pegada en el cristal, el de en medio en modo sandwich y el del pasillo con la mitad del culo en el aire. Un empaquetamiento que no obstante no carece de utilidad, porque como a veces circulan por terrenos dignos del Dakar, o simplemente al pasar los tumulos (topes para ralentizar la velocidad), impide que salgas disparado. Aproximadamente se sabe cuando van a salir, aunque a veces hay que esperar a que se llenen un poco, pero nunca se sabe cuando van a llegar, porque no hay paradas establecidas, sino la gente se para y se sube cada pocos metros, incluyendo a los vendedores que se recorren todo el pasillo como pueden clamando sus productos (mítico el “¡Quesilloooooooooo…!” de Nicaragua). Y bueno, para acabar, vaya por delante mi admiración a aquellas mujeres que se suben con tres niños colgando y algun bulto encima de la cabeza y sobre todo a la figura del cobrador, que se aproxima bastante al concepto de superhombre (excepto por el hecho de que te traten de cobrar de más, lo que le convierte en demasiado humano). Porque el pasaje no se paga al subir o al bajar, sino en medio del trayecto. Y entonces el cobrador recorrie todo el pasillo entre la maraña humana con una habilidad asombrosa, con una memoría todavía más sorprendente identifica a la gente que todavía no ha pagado y después de cobrar desaparece por la puerta de atrás, corre en paralelo por la carretera al costado del bus y después salta para adentro por la puerta delantera. En fin todo un microuniverso el de los Chicken que daría por lo menos para un par de buenos documentales y que sirve para entender que lejos de descansar, el desplazamiento fue como una especie de calentamiento para la ascensión.

Después de desayunar en San Marcos nos fuimos esta vez en un colectivo hasta el cruce donde empezaba la subida hacia el volcán, situado ya a unos 2.200 metros de altura, por lo que al final para llegar a la cima se salvan cerca de 2000. Al principio por un camino con muchas casas humildes a los lados de donde salían un montón de niños a pedirnos galletas y monedas y después por un sendero entre prados y bosques de coníferas. Nos cruzamos con grupos de comunidades cercanas que suben a hacer a rituales mayas, incluso había mujeres que cargaban a sus hijos y subían tan alegremente… De todas formas la ascensión no me pareció muy exigente. Se hacía notar un poco el exceso de equipaje y la dichosa olla, que había amarrado a la mochila como había podido y estuvo sonando a cencerro durante todo el camino, pero imaginaba algo mucho más duro por eso de que era el volcán más alto. Llegamos en relativamente poco tiempo, no a la cumbre, sino a una explanada que hay 300 metros debajo de la cima. Teníamos tiempo suficiente para subir ese mismo día, pero nos quedamos ahí a acampar. Montamos las tiendas y luego lo típico, hablar, jugar a cartas, cenar… hasta que el frío hizo que el único lugar habitable fuera dentro de los sacos de dormir. Nos levantamos a eso de las 3 de la mañana para subir a tiempo antes del amanecer. La subida era por una especie de pedrera en la que en algunos tramos había que trepar. El cielo estrellado era una buena señal, porque por la tarde del día anterior se había nublado un poco y yo ya pensaba que iba a pasar como en el Cotopaxi, que no se veía a más de dos metros de distancia. Esta última parte si fue algo más dura por el frío, por la altura y también porque no habíamos comido nada. Pero llegamos cuando todavía era de noche, y nos dió tiempo a volvernos a meter en los sacos y echarnos una siestecilla hasta que los rayos del sol actuaron como un despertador privilegiado. La vista… increíble. Se veía toda la cadena de volcanes que nace en México y llega hasta El Salvador y hasta el Pacífico en el horizonte. Estuvimos un buen rato contemplando y luego dimos una vuelta por el borde del cráter y empezamos el descenso. Tardamos menos de la mitad del tiempo en el que habíamos subido. De regreso a Xela quedamos los del grupo para vernos luego en un bar por la noche, pero un día levantándome a las 4 y el otro a las 3, me tumbé un rato en la cama para descansar un poco y ya no me desperté hasta la mañana siguiente.

Después de Xela, tras pasar por Huehuetenango (también ignoro lo que significa Huehue) , me fui hasta Todos los Santos, un pequeño pueblo en la zona de los Cuchumatanes en el que la mayoría de los habitantes pertenecen a la etnia maya mam. El pueblo está en un emplazamiento bonito, pero lo llamativo del lugar está en el hecho de que los hombres van vestidos con traje tradicional. Yo ya había visto algunos en San Juan de la Laguna, pero aquí no eran algunos. Ni muchos. Eran todos. Todos los hombres, jovenes y viejos vestidos con el mismo traje que consiste en unos pantalones de rayas rojas y blancas y una camisa blanca con rayas azules, y la mayora además con un sombrero de paja rodeado de una cinta azul y un zurrón. Parecían clones. Las mujeres también llevan sus trajes, aunque eso como en todo Guatemala. Y ahí me quedé en la plaza del pueblo sentado un buen rato mientras simplemente me dedicaba a contemplar la gente, y como era el único extranjero, sintiéndome como si estuviera disfrazado. Aparte de eso poco más, creo que a las nueve de la noche ya no quedaba ni un bar abierto, y a pesar de que en la zona se pueden hacer alguna que otra caminata interesante, decidí irme al día siguiente. Todavía quedaba mucha tela que cortar en Guatemala.

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2 Responses to “Una vueltecita por Guatemejor (parte 1)”


  1. 1 piotr abril 18, 2010 en 1:50 pm

    Te has debido joder los testículos con el agua caliente, si no los tenías jodidos de otras cosas….


  1. 1 jcpenneymastercard.com Trackback en febrero 19, 2015 en 2:48 am

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