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Rumbo a la amazonía boliviana por la carretera de la muerte

16/04/09-24/04/09

Para el día de mi cumpelaños me regalé un descenso en bicicleta por la carretera de la muerte, desafiando así a un hipotético destino deseoso de irónicas simetrías. No me maté (bonito lugar para hallar sepultura, en cualquier caso), pero tuve el honor de pegarme una ostia de campeonato. Humillante al principio, ahora la conservo en la memoria (y en un par de rasguños que creo serán imperecederos) con gran orgullo.

A la carretera de la muerte se le otorgó el título de la carretera más peligrosa del mundo por el elevado número de accidentes mortales que han tenido lugar a lo largo de su historia. Casi podría decirse que toda la carretera es en si mismo un punto negro y muchos de los fallecidos aún yacen en los precipicios debido a la imposibilidad de rescatar sus cuerpos. La peligrosidad se ha visto disminuida desde que se abrió una carretera nueva por la que circulan todos los vehículos a excepción de los más pesados, y actualmente su descenso se ha convertido en una turistada a la que se lanzan casi hasta las abuelas. Aunque tampoco es como para quitarle todo el hierro al asunto, ya que con relativa frecuencia se siguen produciendo accidentes con víctimas mortales, incluyendo bastantes casos de gente en bicicleta.

El descenso no se inicia desde los 3.600 metros de La Paz, sino desde un alto cercano conocido como la Cumbre, a 4760 metros de altitud, para recorrer un total de 64 km. Allí, en una zona plana al lado de una laguna, nos dieron equipaciones varias y estuvimos probando las bicicletas, que para mi gusto eran demasiado sofisticadas y casi me hubiera sentido más cómodo con la típica mountain bike de oferta del Carrefour. No podía faltar la gringada de turno, consistente en este caso en tomarse un chupito de alcohol puro y arrojar parte del mismo al suelo para honrar a la Pachamama, mientras el guía nos daba una serie de instrucciones en inglés con acento de Nueva Zelanda que no entendí muy bien. El frío era considerable, por lo que nos pusimos unas cinco o seis capas de ropa de las que nos iríamos despojando a medida que fuésemos descendiendo.

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En total éramos unos 14, precedidos y sucedidos por dos guías. Al final iba también un minibús escoba por si alguien se quería retirar o para que, en caso de necesidad, no hubiera que confiarlo todo a las presumiblemente poco eficientes asistencias sanitarias bolivianas. La primera parte transcurría por la carretera nueva. A pesar de que es bastante amplia y está bien pavimentada, fue allí, poco después de comenzar, donde se sucedió mi batacazo, debido fundamentalmente a dos motivos. El primero fue el sobredimensionar mis escasos recursos técnicos a los mandos de una bicicleta. Contribuyó a ello el hecho de que en la fila me precedía una chica muy voluptuosa propulsada exclusivamente por la fuerza de la gravedad, no pude soportar la idea y en el nombre del esfuerzo, aceleré para adelantarla y, ya puestos, adelanté también al resto del grupo hasta situarme en cabeza. El segundo fue violar el principio básico de que cuando uno se encuentra descendiendo por una carretera sinuosa a 60 km/h, resulta aconsejable concentrar la atención de sus cinco sentidos en lo que tiene en frente. Como iba por delante, me distraje un momento contemplando el espectacular paisaje montañoso y al volver la vista, me había desviado hacia un lateral de la carretera lleno de gravilla. El potente amortiguador conspiró en mi contra y la bicicleta entró en turbulencia. Fue imposible controlarla y mientras intentaba reducir la velocidad, salí despedido por encima del manillar. Es curioso porque sin haberme golpeado la cabeza, sufrí una especie de episodio amnésico transitorio y no recuerdo nada del resto de la caída. La primera imagen postfostiazo fue la de estar bocabajo en el suelo rodeado por todo el grupo. “I’m ok guys” dije mientras me levantaba avergonzado más que otra cosa, casi a la par que el guía exclamaba “What are you doing? You’re gonna die, man!”. Sorprendentemente no me había hecho casi nada y gracias al espesor de todas las capas de ropa sólo tenía unos rasguños en el codo derecho y encima de las rodillas. El hombre que circulaba detrás de mí no vió muy bien la caída y no me pudo explicar como fue. Reconstruyendo los hechos a partir de los agujeros diversos de la ropa llegué a la conclusión de que debió ser al más puro estilo aikido, cayendo sobre el costado derecho de la espalda para luego voltearme apoyado en el brazo y finalmente arrastrarme unos metros sobre el suelo. Para los raspones de la nariz no tengo una explicación muy clara pero se agradece el haber conservado la dentadura intacta. Poca cosa, al final, sobre todo teniendo en cuenta que me podía haber caído por el lado del precipicio y entonces si que no lo hubiera contado.

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Físicamente intacto, pude continuar el camino sin problemas y creo que, con el susto todavía en el cuerpo, fui el único que se alegró de que poco después hubiera que subir un par de repechos bastante duros antes de tomar una desviación que conducía a la carretera vieja, es decir, a la carretera de la muerte propiamente dicha. En ella el asfalto desaparecía dando lugar a un camino pedregoso con la pared vertical de la montaña a la derecha y un abismo de 300 metros a la izquierda, con una densa neblina que dificultaba un poco la visibilidad. El escenario era realmente imponente y daba bastante respeto. Por supuesto, ni rastro de vallas de seguridad ni indicaciones o señales de advertencia. En su lugar, sobre todo en las curvas, se veían un montón de cruces que recordaban los fallecidos y que daban bastante mal rollo. La carretera era bastante amplia para circular en bicicleta, no hay mucho tránsito (de hecho nosotros no nos cruzamos con ningún vehículo en todo el recorrido), y si ibas con cuidado y a tu propio ritmo no resultaba tan peligroso, aunque por la gran cantidad de piedras fue inevitable llevarse unos cuantos sobresaltos y la tensión era constante. Mientras descendía pensé que tal vez fue una suerte la caída del principio porque si hubiera conservado el espíritu temerario del principio es posible que no estuviera escribiendo estas lineas.

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El final del recorrido, ya con un calor sofocante y en un entorno subtropical, estaba en una pequeña finca-zoológico casi oculta en medio de la vegetación. Allí, ya en frío empezaron a manifestarse dos daños adicionales de la caída, una torcedura del tobillo derecho y dolor en el dedo gordo del pie izquierdo con uña negra incluida, que complicaron seriamente mis capacidades locomotrices. Casi arrastrándome, después de comer agarré un taxi y me fui a un pueblo cercano llamado Coroico que dicen que es un lugar muy bonito aunque no pude comprobarlo porque invertí practicamente todo el tiempo que estuve tumbado en la cama intentando encontrar una posición óptima que se adaptase a mis numerosos dolores corporales. Al final me conseguí dormir y a la mañana siguiente me alegró mucho comprobar que lo del tobillo iba a menos y no parecía nada serio. En lo que llevaba de viaje me había encontrado a varias personas con el brazo o la pierna rota condenados a quedarse por semanas en el mismo sitio mientras se recuperaban y no me apetecía nada ser uno de ellos. La alegría, no obstante, se vio un poco empañada por la muerte de mi reproductor mp3, que sucumbió inundado en el fondo de la mochila por el contenido de agua de una botella mal cerrada. Ello suponía en adelante dejar la banda sonora de las incontables horas de autobús que restaban al dudoso arbitrio de los DJ buseros y verse desprovisto de un mecanismo de protección contra los gritos de los vendedores que los invaden.

De Coroico me fui a un pequeño pueblo llamado Caranavi en donde tenía que hacer escala para tomar un autobús, en un coche que hacía las veces de transporte colectivo. El desplazamiento que yo presumía iba a ser más tranquilo acabó por convertirse en un nuevo capítulo de la saga aprende a odiar los transportes bolivianos porque el conductor me la jugó, primero retrasando una hora la salida y luego porque provocó un overbooking y no quiso entender que en los asientos de atrás no caben cuatro personas cuando dos de ellas pesan más de 90 kilos. Lo normal hubiera sido mandarle a la mierda pero a esas horas ya no había un medio de transporte alternativo, y al final me tuve que resignar a viajar en el maletero entre sacos de verduras y tragando un montón de polvo que entraba por las grietas de la luna trasera, que parecía un colador.

En la calle principal de Caranavi la mayoría de los negocios eran talleres de reparación, lo que da una idea de lo que deben sufrir los vehículos al circular por esa carretera. En uno de ellos encontré a un electricista que a su modo parecía bastante apañado y le dejé el reproductor para ver si era capaz de repararlo. Le motivé ofreciéndole 100 bolivianos (algo más de 12 euros, que tal vez se acerque a lo que gana en un par de días, quien sabe si más), pero sus esfuerzos sólo sirvieron para certificar la defunción. Y con eso se pasaron las dos horas que tenía que esperar hasta tomar el bus. Por delante esperaban 11 horas no exentas de riesgo sobre todo cuando venía tráfico en dirección contraria, momento en el cual, debido a la estrechez de la carretera, uno de los vehículos tenía que retroceder hasta dejar espacio suficiente para dar paso al otro y el autobús se tenía que colocar literalmente a pocos centímetros del precipicio. También me sorprendió, al principio del recorrido, la cantidad de niños que iban caminando casi en la oscuridad y que de repente desaparecían entre la vegetación, me imagino que para tomar un sendero que conducía a sus casas.

Con los primeros rayos de luz, la vegetación, el calor sofocante y las mosquiteras en las ventanas indicaban que ya habíamos llegado a Rurrenabaque, un pueblo con nombre a modo de trabalenguas situado a las puertas de la amazonía boliviana. Por el entorno selvático, los rasgos un poco asiáticos de sus habitantes y porque todo el mundo se desplazaba en moto, me recordó un poco a Vietnam, al menos al que se muestra en las películas bélicas hollywoodienses. Rurre, pues así lo abrevian para no atragantarse, es el centro de operaciones para adentrarse en la jungla, dirección oeste, o en las Pampas, en el este, obligatoriamente en visitas guiadas (generalmente de tres días cada una), pues está prohibido hacerlo por cuenta propia. Ya que había invertido tanto tiempo en llegar aquí, me decidí a hacer las dos.

En primer lugar contraté el tour de Las Pampas, pues la mayor parte del tiempo se pasa en una lancha y no requiere caminar demasiado. En nuestro grupo, había cuatro israelíes (que aquí son multitud porque hace unos años un israelí se perdió en la selva durante un mes, publicó la historia y popularizó el lugar) y en las tres horas de transporte terrestre en 4×4 se repitió la escena del salar de Uyuni. Por suerte en el grupo había un irlandés, una norteamericana y una canadienese e hicimos buenas migas. Ya en el embarcadero del río nos esperaba Diego, el guía, a bordo de una lancha. Se había criado en el lugar por lo que se conocía al dedillo todos los recovecos del río, sus afluentes y era todo un espectáculo ver como se orientaba entre tanta vegetación mientras nosotros andábamos completamente perdidos. En un momento del trayecto paró el motor de la lancha, se alzó olfateando y exclamó “Huelo a mono”. Creíamos que estaba de farol pero, efectivamente, unos metros más allá, había un grupo de monos colgados de una rama.

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Tras 3 horas de recorrido, llegamos al refugio donde íbamos a pasar los siguientes tres días, que consistía en un conjunto de cabañas de madera situadas a orillas del río. Cada cabaña constaba de dos camas con sus respectivas e imprescindibles mosquiteras, y luego estaban también las que hacían las veces de cocina/comedero y de cuarto de baño. Había también tres cocodrilos residentes que merodeaban por las proximidades ya que los habían criado en el lugar. Nos aseguraron que no había que preocuparse por ellos ya que estaban bien alimentados, pero de todas formas resultaba inevitable echar un vistazo de vez en cuando para comprobar que se encontraban los suficientemente alejados. El sitio era muy apacible, con hamacas junto al río, y casi hubiera resultado idílico de no ser por el gran número de mosquitos que se dedicaban a amargarle a uno la existencia. Independientemente de la cantidad de repelente que te pusieras, siempre se las apañaban para encontrar el hueco donde picarte. Al final de los tres días contabilicé, sin exagerar, más de 50 picaduras por extremidad y aún así creo que fui uno de los que salió mejor parado de todo el grupo.

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La mecánica de esos días consistía en desplazarse en lancha a algún lugar de las proximidades que tuviese alguna peculiaridad, aunque los mismos deplazamientos por el río ya de por sí merecían la pena. La lista de actividades, en orden cronológico, fue la siguiente:

– Búsqueda de anacondas. Nos adentramos en la selva, siguiendo al guía que iba abriendo camino a golpe de machete. Al final nos conformamos con encontrar una serpiente de menos renombre ya que tuvimos que abortar la misión antes de tiempo debido a que una constante nube de mosquitos había convertido aquello en un auténtico infierno.

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-Nadar junto con delfines rosados. Los delfines rosados son una de las cinco especies de delfines de agua dulce que existen en el mundo y son característicos del Amazonas. Nos detuvimos en un lugar del río donde había un par de ellos, aunque al parecer no tenían muchas ganas de jugar y no se quisieron acercar. Lo curioso es que a unos pocos metros donde estabamos nadando se encontraba otro grupo de gente pescando pirañas, y por si fuera poco no muy lejos pasó un cocodrilo. Diego nos dijo que no existia peligro, aunque no se si resultaba muy fiable alguien que tiene la cicatriz de una mordedura de cocodrilo en una de sus piernas.

-Buscar cocodrilos por la noche. El asunto está en que los ojos de los cocodrilos reflejan con la luz, así que estuvimos peinando el río con nuestras linternas. Conseguimos encontrar uno muy pequeñito, que cabía en la palma de la mano. Había que tener cuidado porque si se alteraba y empezaba a gritar probablemente probablemente mamá cocodrilo se acercaría a socorrerlo.

-Pachanga de fútbol Bolivia-Resto del mundo. Esto fue improvisado. Los bolivianos eran infatigables y costó meterles un golito. Al final, se convirtió en el primer partido de la historia del futbol suspendido a causa de los mosquitos.

-Pesca de pirañas. Más que pesca parecía que les estábamos alimentando, porque se comían el cebo pero no mordían el anzuelo ni a la de tres. Al final conseguimos pescar algunas que luego cocinaron en el refugio y nos las comimos. Estaban bastante buenas y a mi parecer, su sabor recordaba ligeramente al de la trucha.

Las noches de entre medias también fueron bastante entretenidas, con alguna que otra cervecita por en medio, y sobre todo hablando y escuchando las aventuras y desventuras que contaban los guías. Cuando le dices a algún latinoamericano chistoso que eres español normalmente lo primero que te responde es la retaila “joder, ostia, tio”, completamente merecida, y aquí en particular parece que nos conocen como “los coño”.

Tras la expedición a las Pampas, contraté junto con la americana, el irlandés y la canadiense el tour por la jungla. Todos andábamos un poco ajustados de tiempo en nuestras respectivas planificaciones, por lo que nos fuimos directamente al día siguiente sin dejar un día de descanso por en medio, lo cual tal vez hubiera resultado conveniente. Allí ell refugio era mucho más básico, no había luz eléctrica y estaba situado en una espesura rodeada por árboles inmensos. Había llovido recientemente y al caminar, ya dando por supuesto que te ibas a enfangar hasta el tobillo, tratabas de tener cuidado para no hacerlo hasta la rodilla. Cosas esperables de la jungla, pero el sueño poco meditado de irse a vivir a la selva se desvaneció a los pocos minutos.

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La selva parece ser un auténtico boticario: plantas para curar heridas, para purificar los riñones, viagra natural, maquillaje… Juan Carlos, nuestro guía en este caso, nos iba explicando las distintas utilidades durante un paseo de tres horas en el que nos adentramos por un sendero. No sabía inglés y muy a mi pesar me volvió a tocar hacer de traductor. También nos contó que existen comunidades aisladas de toda civilización y en concreto, aunque a mi más bien me parecio una leyenda selvática, nos mencionó el caso de un hombre que fue secuestrado por una de ellas y, por orden expresa de su líder, fue obligado, triste destino, a procrear con todas las mujeres. Por la noche nos dimos un breve paseito nocturno, parándonos cada poco y apagando las linternas para escuchar la infinidad de sonidos que conforman la banda sonora de la selva. El baño del refugio estaba situado un poco separado de las cabañas. En la oscuridad daba un poco de canguelo ir hasta allí porque nos habían contado que algunos jaguares hambrientos se habían acercado en alguna ocasión y atacado a alguna persona, y la imaginación confundía el ruido del más insignificante de los insectos en una amenaza.

Al día siguiente dimos un nuevo paseo por otra zona de la selva y, entre otros bichos varios, nos econtramos una serpiente de varios metros. También sufrimos el ataque de las mordeduras de las hormigas de fuego, diminutas pero voraces, que a la velocidad del rayo trepaban por tu pierna si te interponías en su camino. Por la tarde, Juan Carlos nos enseño a hacer anillos de coco a partir de semillas, conocimiento que incorporo a la lista de habilidades alternativas para ganarse la vida.

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Sucios, sudorosos, hastiados por las toneladas de barro y las picaduras de los insectos, hambrientos por la comida que el cocinero parecía reciclar de un día para el otro, al tercer día todos deseábamos regresar y por eso renunciamos a una tercera incursión en la selva. La limitación de tener que volver al campamento impide profundizar lo suficiente y al final te da la sensación de que es más de lo mismo. Por eso en cuanto regresamos a Rurre nos reunimos en un bar para tomarnos unas cervezas que, como había un irlandés, un austríaco y una pareja de checos, no fueron dos ni tres, sino algo así como tres litros por barba. Una retirada a tiempo es una victoria dicen, pero sucede que uno nunca sabe cuando es a tiempo y de todas formas tampoco estaba muy por la labor de irme a dormir, por lo que continué el peregrinaje ya solamente en compañía del irlandés y el austríaco. En un garito de por allí descubrimos el Welcome to the Jungle, un combinado de ron con varios jugos de fruta que entraba muy fácil y en consecuencia cayeron unos cuantos tragos que supusieron mi perdición. Acabé desplomado en la mesa de un antro de mala muerte y al cabo de un rato, un poco más recuperado, me di cuenta de que me faltaba la cartera en el bolsillo derecho. Sospeché de un hombre que constantemente se me había estado acercando más de la cuenta en plan colegüita para ofrecerme drogas, prostitutas y no se que más cosas. Efectivamente debió ser él, puesto que en cuanto se dio cuenta de que le miraba con cara de pocos amigos, se levantó y salió corriendo por la puerta. Tratamos de seguirlo pero nos llevaba algo de ventaja y como se conocía el pueblo, se metió por unas callejuelas y le perdimos la pista. Volví al bar y enfurecido agarré del cuello a un chaval que había estado sentado con él para que me dijese donde vivía, aunque me aseguró que no le conocía de nada. Al final nos separaron y ya un poco más calmado fui preguntando a toda la gente del bar, pero nadie sabía o quería decir nada y lo acabé dando por perdido. De todos modos no supuso ninguna catástrofe porque en la cartera solo tenía el equivalente en bolivianos a poco más de 20 euros y el DNI, y tampoco creo que se pueda considerar el incidente como una muestra de la inseguridad de estos lugares, porque en el estado en que me encontraba me podría haber pasado lo mismo en cualquier bar de Barcelona.

El día siguiente no lo dediqué a hacer gran cosa, pasar le resaca y el mal humor y lavar la ropa sucia acumulada. Para regresar a La Paz se me pasó por la cabeza tomar un avión, pero lo descarté porque el aeropuerto de Rurre es una simple pista de tierra que frecuentemente se enfanga lo cual origina retrasos que pueden ser de varios días. Así que al final agarré un autobús y me armé de la paciencia necesaria para aguantar las 18 horas de camino por la célebre carretera.

Bolivia, ¿capital?

Pues al final no me acabó de quedar del todo claro cuál es la capital de Bolivia. Si se le pregunta a un sucreño, lo más probable es que afirme exaltado que sin ninguna duda es Sucre, donde se halla la sede del gobierno, y que La Paz les robó los poderes legislativo y ejecutivo. Aducirá razones históricas (allí se declaró la independencia de Bolivia) y es posible que añada que La Paz es una ciudad muy fea. El paceño responderá a la pregunta mucho más reposadamente, sin darle tanta importancia al asunto, alegando que las decisiones se toman en La Paz y que por ende es la capital. El tema va más allá de las discusiones de bar y ya ha habido algunas manifestaciones serias por parte de los sucreños, que constituyen así otro sector díscolo junto con la región de Santa Cruz (aunque en este caso no se plantea la independencia, ellos se sienten bolivianos como el que más).

En Sucre (o Charcas o La Plata o Chuquisaca, pues todos esos son o han sido sus nombres) y sus proximidades hay varias cosas que hacer, incluyendo una visita a un yacimiento de huellas de dinosaurios conocido como Cal Orck’o (nombre algo tolkieniano que en quechua significa cerro de cal). “Todos los domingos, mercado de Tarabuco. Uno de los mercados con más colorido de América Latina”, o algo así, rezaba un folletín que me había agenciado en el hostal de turno. A estas alturas del viaje, ya había alcanzado ese agradable estado en el que, desprovisto de toda rutina, uno pierde la noción del día en que se encuentra y, casualidades de la vida, era Domingo, por lo que una visita a Tarabuco se presentaba como algo inexcusable.

Las más de dos horas que se requieren en un minibus para recorrer los escasos 65 km de recorrido ilustran a la perfección lo enrevesado de las carreteras transandinas y, más que nada, el afán recolector de los transportistas que durante todo el trayecto van reclutando personal a discrección hasta duplicar el aforo máximo del vehículo. Al menos, todo ese tiempo sirvió para conocer a una pareja de franceses y una australiana que se convirtieron en mis compañeros del día, en un ejemplo de esos que se dan tan frecuentemente durante este tipo de viajes en el que te encuentras con gente de la que probablemente no volverás a saber nada pero que luego recuerdas con cariño.

El pueblo en sí no resultó ser tanto como se anunciaba. Un par de plazas y unas pocas calles atestadas de tiendas y top-mantas de artesanías con sus respectivos vendedores acosadores. Más que el propio mercado en sí, lo más reseñable eran las variopintas indumentarias de los yamparas, la comunidad indígena que habita la zona, que conformaba un auténtico museo viviente o una especie de desfile de moda. Tarabuco también tiene importancia histórica porque en 1814 tuvo lugar una batalla contra tropas españolas enmarcada dentro de la Guerra de la Independencia. Para conmemorar el triunfo local en la plaza hay una estatua algo gore en la que un soldado tarabuqueño pisotea el cadáver de un soldado español mientras sostiene en una mano su corazón arrancado. Paseando por el pueblo también aproveché para probar por primera vez la hoja de coca (algo casi imposible de evitar si se consideran las montañas que inundan las calles en los distintos tenderetes), siguiendo las instrucciones del francés. El asunto consiste en meterse un puñado en la boca, masticarlas un poco y dejarlas en un lateral donde se va removiendo cada poco. El sabor es muy amargo y el primer efecto perceptible es el adormecimiento de la lengua.

Soldado tarabuqueño dando buena cuenta de un soldado español

Soldado tarabuqueño dando buena cuenta de un soldado español

Las hojas de coca se venden como si fueran sal

Lo del camino de regreso, nuevamente en minibus, ya fue algo exagerado. Si no fuese porque cuatro extranjeros desmentíamos la hipótesis genocida, cualquier observador externo no acostumbrado a semejante fenómeno habría creído que nos dirigíamos a un campo de concentración boliviano. Yo, que astutamente me había colocado en el asiento delantero, tampoco me libré porque colocaron a un hombre al que habría que explicarle lo que es un desodorante entre los dos asientos, con la palanca de cambio de marchas entre las piernas.

Sucre es una ciudad relativamente pequeña que resulta muy agradable para darse un paseíto. El centro histórico es una sucesión de edificios coloniales con mucho encanto, todos ellos de blanco (los que tienen la osadía de no ser de ese color está siendo pintados para conmemorar el segundo centenario de la independencia). Casi sentía que estaba cometiendo un sacrilegio mientras recorría rápidamente las calles sin prestar mucha atención en las dos únicas horas que le dediqué a la ciudad. Luego, antes de tomar el autobús hacia La Paz, estuve en un museo que me había recomendado la australiana, con el objeto de esclarecer en algo la extensa diversidad etnográfica boliviana. La cosa da como para cuatro años de carrera y tengo que confesar que a la salida casi me había quedado igual que antes de la visita.

No recuerdo muy bien que era este edificio, pero casi todos en Sucre eran del mismo estilo

No recuerdo muy bien que era este edificio, pero casi todos en Sucre eran del mismo estilo

Agujeréate los brazos a base de pinchazos, mantente en un estado cuasiparanóico para vigilar lo que comes o lo que bebes, llegue a La Paz enfermo como consecuencia del abuso del aire acondicionado que en general hacen en los autobuses de Latinoamérica. Casualmente llegué el mismo día en la que el títere cocalero había finalizado su huelga de hambre, que en las calles se había traducido en una abundante presencia de las fuerzas de seguridad y numerosas vallas que dificultaban el acceso al centro.

La gente que ha estado en La Paz se divide entre los unos a los encanta (sospecho que el reducido precio de la cocaína tiene algo que ver) y los otros a los que no les entusiasma demasiado. Yo me encuentro entre estos últimos y por eso al final no me importó mucho pasar uno de los dos días que estuve recuperándome en la cama.

Más descriptivo que La Paz, que parece completamente irónico, resultaría más apropiado el nombre de La Olla, por su emplazamiento entre montañas y porque es un verdadero caos. El tráfico (el 90 % son taxis y furgonetas que cubren las rutas urbanas) es un circo que hace que cruzar de acera requiera más esfuerzo que muchos deportes olímpicos, y caminar, ya difícil de por sí por la altura y lo empinado de sus calles, es bastante tedioso porque el trajín de gente y la infinidad de puestos ambulantes obligan a detenerse cada poco. Todo ello genera una contaminación acústica a base de pitidos de coches y griterío de vendedores que resulta bastante irritante.

Lo mejor, junto con los picos que cubren el horizonte, son sin duda los mercados. Aparte del mercado de artesanías, donde se pueden encontrar artículos traídos desde todas partes de Bolivia, destaca por su peculiaridad el Mercado de la Brujería. Uno de los productos estrella son los fetos de llama, considerados amuletos que proporcionan bienestar en el hogar. Se pueden encontrar también un montón de animales disecados y por supuesto todo tipo de pociones milagrosas o los elementos necesarios para elaborarlas (hierbas, hongos, semillas, insectos…). Los mercados más genéricos también resultan bastante curiosos porque se organizan en secciones y así uno se encuentra con que en una calle se venden tazas de water, en otra ruedas de coches e incluso una en la que solo se venden tartas para bodas.

En fin, al final camina arriba camina abajo salió un día movidito y provechoso. Imposible en la ciudad, tampoco pude encontrar algo de paz en el hostal porque un grupo de ingleses se había atrincherado en la habitación en un botellón que se prolongó hasta bastante entrada la noche. Moraleja: evita los hostales de fiesteros si sólo pretendes pasar un par de días tranquilo.

Una mañana en el infierno

El día que llegué Potosí estaba un poco deslucido por la lluvia y porque
era festivo, o tal vez porque ese sea el estado natural de una ciudad que en sus tiempos fue una de las más esplendorosas del mundo y en la que hoy sus habitantes malviven para salir adelante.

La Casa de la Moneda estaba cerrada y las iglesias (Potosí tiene más de 30) hace tiempo que dejaron de interesarme, por lo que me dejé perder por las calles sin destino alguno. Los más de 4000 msnm se hacían notar en seguida y obligaban a aminorar el ritmo si uno no quería quedarse sin aliento. Accidentalmente, me topé con una chola que en un carrito vendía una serie de mejunges para curar males diversos. Traté de hacerle una foto sin que me viera, pero se dió cuenta y me exigió un boliviano como medida compensatoria. Al final, llegamos a un acuerdo y a cambio de la foto y una moneda me preparó una poción contra el soroche que básicamente consistió en mezclar todos y cada uno de los líquidos que tenía. Sorprendentemente, el sabor de la poción no era malo, y aunque no cumplió con su cometido tampoco tuvo consecuencias gastrointestinales.

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El segundo día lo dediqué a visitar la mina del Cerro Rico, donde se localiza la que fuera en su tiempo la veta de plata más importante que hizo de Potosí una de las ciudades más ricas del mundo. La mina ha sido explotada ininterumpidamente desde que fuera descubierta en 1545. Cuenta una leyenda de forma algo exagerada aunque sin duda ilustrativa, que con toda la cantidad de plata extraída se podría haber construido un puente de ese mineral desde el Cerro hasta España. Según otra algo más macabra, se dice que ese mismo puente se podría haber construido con los cadáveres de todos los mineros que han fallecido durante su explotación, la mayoría esclavos, cifra que algunos historiadores sitúan en más de 8 millones. Sea como fuere, lo más impactante es que miles de mineros siguen trabajando en la actualidad en condiciones que no difieren en mucho de las de las de hace 4 siglos durante la época colonial, por lo que el índice de mortalidad es muy elevado ya sea tanto por accidentes como por el número de enfermedades, que sitúan la esperanza de vida de los mineros muy por debajo de la media boliviana.

Cerro Rico o Sumaj Orcko en quechua, visto desde un día nublado en Potosí

Cerro Rico o Sumaj Orcko en quechua, visto desde un día nublado en Potosí

La visita a la mina es una temeridad que sin duda estaría prohibida en la mayoría de los países del mundo. No es de extrañar que lo primero que exijan las agencias que la ofertan (también se puede ir directamente a la mina y pagarle a un trabajador para que te la enseñe) sea el firmar una cláusula mediante la cuál se exhimen de toda responsabilidad ante cualquier percance que pudiera tener lugar: pérdidas, derrumbamientos, asfixias…

Antes de llegar a la mina hicimos dos paradas. En la primera nos separamos en distintos grupos, nos asignaron un guía que había sido minero y nos vestimos para la ocasión, con trajes pestilentes que posiblemente no hayan visto el agua en toda su historia, botas y cascos con sus lamparitas correspondientes. Si bien al principio podía parecer un poco folklórico, pronto nos íbamos a dar cuenta de que el atuendo era más que necesario e incluso no hubiera estado de más una pequeña bombona de oxígeno. En la segunda parada nos dirigimos a un mercado minero donde los mineros compran todo aquello que necesitan para su quehacer diario: herramientas, dinamita, hojas de coca, alcohol… Nótese en este punto que cualquier persona sin restricción de edad, religión o estado mental, puede dirigirse libremente a susodicho mercado y comprar ingentes cantidades de explosivo, recibiendo además el agradecimiento del vendedor que se mostrará siempre encantado de ganarse unos bolivianos. Existe algo así como un pacto tácito según el cuál los visitantes llevan regalos a los mineros de modo que éstos aceptan gustosamente las visitas, por lo que todos acabamos comprando algo. Así que allí estábamos, en una furgoneta cargada de dinamita y estupefacientes varios, camino de la mina, encomendándonos a una estadística que decía que en todas el historial de visitas realizadas hasta la fecha jamás se había registrado algún incidente relacionado con la estabilidad de los explosivos.

¡Marchando una de coca con dinamita!

¡Marchando una de coca con dinamita!

Aproximadamente los 10 primeros minutos fueron los únicos en los que las galerías se podían transitar de manera erguida, si bien los golpes con el techo eran constantes. En algunos momentos, sin previo aviso, se oía un ruido estridente y nos teníamos que pegar a la pared para dejar paso a unas vagonetas cargadas de plata que circulaban al más puro estilo Indiana Jones.

Al rato nos detuvimos en una galería amplia que hacía las veces de museo improvisado. Allí nos explicaron la historia de la mina y las condiciones de trabajo de los mineros. Al parecer, éstos se agrupan en diversas cooperativas que no obstante no parecen ofrecer ninguna mejora sustancial, de manera que al final cada minero se busca una galería y la explota de manera individualizada. El trabajo es completamente manual: martillo en mano, con una barra de acero perforan la roca e introducen la carga de dinamita en el orificio. Se les paga en función de la cantidad de metal que obtienen al día, por lo que las jornadas de trabajo, que frecuentemente comienzan a la una de la mañana para que la temperatura sea más soportable, no suelen ser inferiores a las 12 horas, sin protección alguna ante las múltiples sustancias nocivas que se desprenden. Por si si fuera poco, muchos de los mineros empiezan a trabajar a los 12 años.

Cuadro de enfermedades más frecuentes en los trabajadores de la mina

Cuadro de enfermedades más frecuentes en los trabajadores de la mina

Para hacer más llevaderas estas condiciones los trabajadores consumen hojas de coca de manera masiva, con objeto de reducir la sensación de hambre y fatiga, y directamente alcohol de 96º de pureza. También tiene una gran relevancia la figura del Tío, personaje que surge de la fusión entre el diablo o supay de las mitologías andinas y el diablo cristiano, que se considera como el dueño de las riquezas de la mina. Hay muchos distribuidos en distintas partes de la mina y resulta sorprendente el grado de influencia que tiene sobre los mineros. Temiendo represalias y esperando su protección le ofrendan hojas de coca, alcohol, cigarros… lo decoran e incluso hablan con él.

Uno de los muchos Tíos que había por la mina

Uno de los muchos Tíos que había por la mina

Tras la explicación continuamos adentándonos en la mina. Al poco ésta empezó a adquirir una morfología cavernosa y la única forma de avanzar era agachado, a gatas o arrastrándose. Bajamos cosa de 10 metros al segundo nivel y apareció un minero agonizando que nos suplicaba por un poco de agua, mientras nos contaba que él y otros compañeros habían estado a punto de beberse su propia orina. La sensación de claustrofobia y la temperatura no paraban de aumentar y cada vez se hacía más difícil respirar a pesar de las mascarillas y pañuelos. Parte del grupo decidió volverse atrás y al final sólo nos quedamos tres. Seguimos descendiendo pasando por orificios que apenas eran más grandes que el torso y bajando por precarias escaleras de madera. Cada poco era indispensable parar para recuperar el aliento, momentos en los que el guía aprovechaba para proseguir con sus explicaciones. Al final llegamos a estar a más de 60 metros bajo tierra y nos encontramos con un minero que llevaba ya varias horas perforando la roca pese a lo cual nos atendió con gran amabilidad.

Parada para tomar aliento en uno de los pocos lugares donde era posible

Lugar de descanso improvisado en uno de los pocos lugares donde era posible

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Roberto llevaba más de 11 horas trabajando. Aún así todavía tuvo tiempo de intersarse por nosotros y explicarnos como realizaba su trabajo.

Roberto llevaba más de 11 horas trabajando. Aún así todavía tuvo tiempo de intersarse por nosotros y explicarnos como realizaba su trabajo.

El camino de regreso lo hicimos a toda prisa y el reencuentro con la luz del sol fue todo un alivio. Pero en la superficie todavía nos esperaba otro acontecimiento delirante, la prueba a cielo abierto con los explosivos. El guía me dijo que como español que era seguro que entendía de terrorismo, y me seleccionó como preparador de la dinamita. Siguiendo sus instrucciones empecé a amasarla hasta darle una forma circular, le colocamos la mecha y la introdujimos en una bolsa de nitato de amonio. Lo divertido del asunto es que, garantizándonos que había tiempo de sobra, la encendió delante de todo el mundo y nos dijo que nos la fueramos pasando los unos a los otros para hacernos fotos. Luego salió corriendo y la arrojó en un descampado donde se produjo una gran detonación, levantando una nube de polvo de varios metros de altura que marcó el final de la visita.

Encendida la mecha, había tiempo más que suficiente antes de la explosión. Aún así, muchos se negaron a sostener el explosivo.

Encendida la mecha, había tiempo más que suficiente antes de la explosión. Aún así, muchos se negaron a sostener el explosivo.

Érase un desierto de sal

El viaje desde San Pedro hasta Uyuni, de dos días y medio de duración, es la forma más común en la que los viajeros transitan desde Chile hasta Bolivia, nada extraño si se tiene en cuenta que ofrece en el camino, creo yo, uno de los parajes naturales más sorprendentes que se puede contemplar en el mundo, el Salar de Uyuni.

Lo de innovar y buscar rutas alternativas me lo voy a dejar para cuando vaya por el cuarto o quinto pasaporte. De momento me conformo con hacer lo que todo hijo de vecino de modo que, siguiendo la caravana viajera, contraté el tour estándar en una de las múltiples agencias de San Pedro, asegurándome eso sí de que era una de las que presentaba un historial más limpio en conductores borrachos y vehículos pleistocénicos. El viaje en sí se realiza en un 4×4, recorriendo durante los dos primeros días el altiplano boliviano entre volcanes, montañas, lagunas, desiertos y géiseres hasta llegar en el tercer día a Uyuni tras una breve estancia en el salar.

En un minibus partimos temprano un grupo de 12 para pasar los trámites fronterizos. Las nacionalidades eran las siguientes, a saber: 2 holandesas mastodónticas de 19 años mis papis me pagan el viaje, una pareja acarameladita de chilenos que iba totalmente a su bola, una austríaca ya entrada en años asfixiada entre tanto veinteañero, una terna de israelíes de dos chicas y su inefable cabecilla, un brasileño que estaba liado con una de las israelíes y se había adjudicado un pack 3×1, una alemana ciertamente autista y una suiza que, unidos por las circustancias, fue la única por la que a desarrollé algún tipo de afecto.

En primer lugar nos detuvimos en la frontera de Chile. Había oído historias de auténticos destrozos, pero al final todo consistió en una breve inspección manual en la zona de los calcetines de la mochila. Luego recorrimos unos 30 km por tierras desérticas, subiendo hasta alcanzar cerca de 4.500 metros, hasta llegar al control fronterizo boliviano, digno de mención porque consiste en un par de casuchas situadas en medio de la nada al pie de los imponentes montañas. No sé porque me da a mí que los chilenos no deben andar muy desprovistos de farlopa.

Puesto boliviano de control fronterizo

Puesto boliviano de control fronterizo

Efectuados los trámites, nos debíamos dividir en dos grupos de 6, que es la capacidad de los indestructibles Toyotas en los cuales íbamos a realizar la travesía. El líder de los israelíes mostró un inusitado afecto por mí, que escondía únicamente su interés en que hiciese de intérprete, pues el conductor, que presuntamente habría de hacer las veces de guía, quechua aparte, sólo chapurreaba español. No sabiendo entonces la que me esperaba me era indiferente la compañía y acepté su invitación, quedando el grupo configurado por los tres israelíes, el brasileño, la suiza que se había quedado en tierra de nadie y yo. De todos modos en las sucesivas paradas y en los alojamientos a fin del día nos encontrábamos con la gente del otro coche y también con la de otras agencias que realizaban el mismo recorrido.

Nuestro fiel Toyota demostró con creces porqué le llaman todoterreno

Nuestro fiel Toyota demostró con creces porqué le llaman todoterreno

La primera parada, pocos kilómetros después fue la Laguna Blanca, de unos 10 km cuadrados de extensión y que como su nombre indica tiene un color blanquecino debido a su alto contenido en minerales. Allí pagamos la entrada a la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Abaroa, que comprende todo el teritorio que íbamos a recorrer los siguientes días, y nos empezamos a familiarizar con la ecuación desayuno= café+pan+mantequilla que nos acompañaría en lo sucesivo. Conectada con la Laguna Blanca se encontraba la Laguna Verde, escasos metros más allá, que presenta un curioso y bonito color verde esmeralda debido en este caso a las altas concentraciones de cobre. Sus aguas eran un espejo inmejorale donde se reflejaba el volcán Licanbur, que también se divisaba desde San Pedro, y que con sus 5.900 constituye uno de los volcanes activos más altos del mundo.

Por su color la reconoceréis

Por su color la reconoceréis

El largo rato que pasamos en el jeep hasta el siguiente punto sirvió para constatar dos hechos complementarios:

– el conductor, que además se suponía que nos debía ir explicando los diferentes puntos del trayecto, no hablaba. Cuando como único portavoz hispanohablante del grupo le hacía preguntas respondía con monosílabos y miraba con mala cara. Era como una especie de GPS con acento boliviano que se limitaba a anunciar las distintas paradas. Casi hubiera sido preferible que bebise si eso hubiera servido para que nos contara algo del lugar.

– lo que no hablaba el guía lo hablaba el cabecilla de los israelíes, que se desveló como un lenguaraz impenitente del tipo ombligocéntrico. Para colmo de males, era además un fanático de la canción, especialmente de Eurovisión (sic), y en los raros ratos en los que no hablaba le daba por cantar. No obstante, lo peor eran las conversaciones cruzadas entre los tres. Aparte del hecho de que pudiesen estar hablando durante un buen rato en entre sí sin hacer el mínimo esfuerzo por incluirte en la conversación, no sé si es que el hebreo favorece el acoplamiento de las ondas sonoras, eran incapaces de hacerlo en un tono normal.

De esta guisa, por caminos accidentados y entre los vaivenes del coche llegamos al Desierto Salvador Dalí. Se trata de una extensión árida y despejada en la que aparecen curiosas formaciones rocosas que guardan poca relación con el paisaje, confiriendo un tono surrealista similar a algunos de los cuadros del pintor catalán. Al parecer en Holanda deben tener algo equivalente a la LOGSE, pues me resultó imposible convencer a las holandesas de que el lugar tomaba ese nombre por asociación y no porque Dalí hubiera estado allí y hubiera retratado el escenario.

Desierto Dalí. No es una buena toma para hacerse una idea.

Desierto Dalí. No es una buena toma para hacerse una idea.

Las últimas paradas del día fueron Aguas Calientes (no confundir con su homónimo peruano a los pies del Machu Pichu), donde nos dimos un agradable bañito en un pequeño embalse de aguas termales que además sirvió para cumplir con las obligaciones higiénicas del día, y una nueva esnifada de azufre en una zona de géiseres, en el punto más alto del recorrido (4850 msnm) conocida como Sol de Mañana, donde me quemé las manos por gilipollas. Finalmente, a eso de las 15:00, llegamos al refugio donde habríamos pasar la noche, situado en una nueva laguna, la Laguna Colorada, con unos 60 km de extensión pobladados por miles de flamencos. El refugio era una instalación muy sencilla que apenas contaba con servicios básicos y estaba gestionado por una familia de cholos. Eran todos tímidos y reservados. Siempre con la mirada perdida, caminaban envueltos en una melancolía y tristeza como queriendo no desentonar en el paisaje. Tras la comida caminamos rodeando la laguna durante unas horas hasta que el sol empezó a despedirse y, casi corriendo, tuvimos que regresar para protegernos del frío. Después de cenar, una vez que llegamos a un consenso entre las distintas variaciones que para un mismo juego existen en los diferentes países, sólo hubo tiempo para unas partidas de cartas antes de que apagaran el generador eléctrico a eso de las 21:00. De todas formas, la temperatura que en aquel momento ya debía estar bajo cero, hacía que el único lugar habitable fuera debajo de las mantas.

Árbol de piedra“, anunció el conductor en la primera de sus cuatro frases del día. Nos encontrábamos en el Desierto de Silioli, donde durante miles de años la erosión del viento y la lluvia ha esculpido figuras caprichosas en rocas volcánicas entre las cuales se destaca una con forma de árbol. “Laguna Hedionda”, espetó en su segunda. En este caso la laguna no tomaba el nombre de su color sino del hedor a azufre que desprendía que a los flamencos parecía no importar. Sin detenernos, atravesamos una zona conocida como el Valle de las Piedras donde el desierto había dado lugar a piedras y rocas enormes que conformaban paredes a ambos lados del camino. Observé con preocupación como el conductor se había picado con el del otro coche y nos estaba conduciendo por terrenos menos accesibles. Al final, su afán por “soplar” al otro conductor, como ellos dicen, sólo supuso unos cuantos tembleques adicionales y llegamos enteros a Villa Alota donde paramos para comer.

Que gran fustración el no conseguir escalar el árbol de piedra

Que gran fustración el no conseguir escalar el árbol de piedra

Por la tarde tuve un brote de antisemitismo que apenas pude reprimir. Teníamos que cubrir una gran distancia para llegar hasta Chuvita, una pequeña población al borde del salar, antes de que se pusiera el sol. Por ese motivo apenas hicimos paradas, lo que supuso tener que aguantar a los israelíes más de lo soportable. En un punto del recorrido atravesamos una zona de cultivo de quinoa, cereal básico en el período incáico, y los tres, que eran vegetarianos, se empalmaron simultáneamente y empezaron a vociferar sin tregua durante por lo menos una hora. Me giré, pues según la distribución de turnos me tocaba el asiento delantero, y ví como la suiza suspiraba mientras se colocaba sus auriculares. Siguiendo su ejemplo, me disponía a hacer lo propio cuando descubrí horrorizado como éstos habían muerto aplastados en el fondo de la bolsa. Si hubiera tenido un pañuelo palestino me lo hubiera enfundado. Si hubiera conocido un discurso hitleriano lo hubiera declamado. Al final, justo en el momento límite de mi resistencia, nos detuvimos en un poblado abandonado. Salí corriendo del coche y me alejé unos metros para tomar un poco de aire. Luego me encontré con la suiza y nos miramos como quien sobrevive un terremoto.

¿Estarían expectantes a que nos la pegásemos?

¿Estarían expectantes a que nos la pegásemos?

En la mañana siguiente, tan sólo unos minutos después de partir, nos encontrábamos en medio de 12.000 kilómetros cuadrados de sal, en un terreno totalmente plano y blanco. Bienvenidos sean los cambios climáticos, resulta difícil de imaginar que esta extensión infinita de sal, situada a 3.700 msnm, sean los restos de un mar primitivo que llenaba todo el altiplano hasta el lago Titicaca. “Si no puedes llegar a la luna, visita el salar“, aconsejan los lugareños. Tal es la dimensión del lugar que cuentan que cuando Armstrong y Aldrin contemplaron la Tierra desde la Luna, confundieron por un momento la enorme mancha blanca del salar con la Antártida.

Una de muchas otras fotos haciendo el tonto en el salar

Una de muchas otras fotos haciendo el tonto en el salar

El lugar es increíble. Seguimos boquiabiertos durante un buen trecho hasta que en el horizonte se empezó a divisar una mancha oscura. Se trataba de la Isla Pescado, una masa rocosa con forma de pez recubierta de cactus gigantes, que pueden superar los 10 metros, y de restos de fondo marino como conchas, coráles y fósiles. Recorrimos un sendero de la propia isla hasta alcanzar la cima para tener una panorámica privilegiada. El Salar es la definición geográfica de la nada. Volvimos a bajar y nos adentramos en el tapiz blanco para experimentar la sensación de estar en otra dimensión.

La espinosa Isla Pescado

La espinosa Isla Pescado

El conductor me dió permiso y el camino hacia la última parada del salar lo hice subido en el techo del 4×4, pasando más frío que otra cosa. Esta última parada era ni más ni menos que un hotel hecho completamente de sal, desde los ladrillos de las paredes hasta las mesas y las sillas. Desde allí, previa parada en un pequeño pueblecito donde los lugareños se esforzaban desesperadamente por endosarte alguna artesanía tradicional, llegamos a Uyuni aproximadamente a la hora de la comida. Sin mucho atractivo turístico, lo más llamativo de este primer contacto con un escenario urbano boliviano fue sin duda la gran diversidad de etnias y culturas que se manifestaba sobre todo en la infinidad de atuendos con sus coloridos y componentes diferenciados.

Caminamos un rato por las calles, comimos y fue ya por la tarde, dentro de un nuevo vehículo camino de Potosí, donde recuperé mi preciada soledad con la imagen del salar todavía en la retina.


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