Archive for the 'Guatemala' Category

Una vueltecita por Guatemejor (parte 1)

La forma de viajar había cambiado un poco en esta segunda etapa del viaje. En Sur América, la limitación de tiempo del que disponía me había obligado casi a hacer un master intensivo en geografía al tener que estudiar con detenimiento mapas y guías con el objetivo de trazar una ruta coherente que, enlazando cinco países distintos, no supusiera muchas idas y venidas. Ahora, ya sin prisas, me había tomado las cosas con más calma. Con tanta que cuando llegué a Guatemala apenas había echado un par de vistazos rápidos al mapa del país y sólo tenía una vaga idea de tres o cuatro sitios que ni siquiera era capaz de ubicar. Al final, hablando con gente de por aquí y por allá, un poco de internet y ojeando algunas guías, sobre la marcha los lugares fueron saliendo (todo sea dicho, tampoco es que innovara demasiado) y acabé estando por allí más de tres semanas. Guatemala, un país lleno de naturaleza y con tanta riqueza cultural dan para eso y mucho más.

Como era jueves me fui temprano de San Pedro a Chichicastenango, un pequeño pueblo del altiplano donde ese día y todos los domingos tiene lugar el que dicen que es el mercado con más colorido de Centroamérica, pues a el acuden no sólo los locales quichés sino comerciantes de otras comunidades indígenas de las proximidades. La primera impresión que te da al llegar allí es que, más que un mercado en un pueblo, parece un pueblo en un mercado. Una parte es la de artesanías dedicada al turista, con los telares llenos de colorido, máscaras de madera, trajes típicos… infinidad de cosas que se ven por el resto de Guatemala y que aquí están concentrados y multiplicados por mil. Pero también hay otra parte destinada a cubrir las necesidades de los locales, donde venden frutas, vegetales, comidas y una gran variedad de útiles y objetos inclasificables, por lo que al final se origina una mezcla bastante curiosa. Como en todos los mercados mucho bullicio, ruidos, aromas, vendedores que poco les falta para secuestrarte… un sitio un poco incómodo para permanecer mucho rato si uno no es un entusiasta de las artesanías o tiene un sistema nervioso blindado contra tanto estímulo simultáneo. Pero esta vez tenía que comprar un par de regalitos y tocó batallar un poco con los vendedores mediante el arte del regateo, que como es bien sabido, termina cuando haces un amago de irte, escuchas la última oferta que suele ser la mitad o menos del precio de salida y, si al final compras, te vas con la sensación de no saber si has conseguido un chollo o una estafa y a la vez sintiéndote un poco miserable por haber estado regateando para ahorrarte unos pocos céntimos. Pero no todo es mercado en Chichicastenango. También es un buen lugar para apreciar la persistencia de las tradiciones mayas. Por ejemplo está Iglesia de Santo Tomás, que es una muestra del sincretismo entre el catolicismo y las creencias mayas precolombinas. Aunque tiene aspecto católico por fuera, las escaleras son utilizadas a modo de los escalones de los templos mayas y se puede ver en ellas a líderes religiosos y chamanes agitando incensarios y salmodiando, mientras que el interior está lleno de ofrendas como flores, botellas de alcohol y velas, todas ellas depositadas en el mismo suelo por su proximidad con los ancestros enterrados. Y también está, a la salida del pueblo, el Santuario de Pascual Abaj, una piedra de sacrificio donde se realizan ofrendas y se celebran ceremonias religiosas en las que en ocasiones se sacrifican pollos. Me quedé con las ganas de presenciar alguna.

De Chichi (en Guatemala es frecuente acortar todos los nombres y así Panajachel es Pana, Chichicastenango es Chichi y Ciudad de Guatemala, Guate) me fui hasta Quetzaltenango, más conocido con el nombre de Xela. Para el que se lo esté preguntando “tenango” significa lugar de o lugar donde hay, de modo que Quetzaltenango vendría a ser algo así como lugar donde hay quetzales (aunque actualmente ya no queda ninguno allí) y Chichicatenango lugar de chichicas, que vaya usted a saber lo que significa. El lugar donde se agarraban los colectivos parecía estar tomado por españoles: un sevillaño, un madrileño, dos canarios, dos vascos y un catalán contabilicé. El sevillano y los vascos también iban para allá así que me junte con ellos y fue un placer sacar del baúl de los recuerdos el verbo coger y desempolvar palabras y expresiones malsonantes typical spanish que asustan a los de por aquí.

Xela es la segunda ciudad más grande de Guatemala, aunque tiene algo menos de 200.000 habitantes y en nada se asemeja a la monstruosa capital. Ni grande ni pequeña, es un sitio agradable que eligen bastantes extranjeros para aprender el español con más éxito que en otros lugares del país, pero si uno está sólo de paso no hay mucho que ver y fue suficiente con darse un paseito mientras buscábamos alojamiento y un lugar para cenar. Ellos un buen chuletón mientras yo me tomaba una cerveza para luego comerme algo por la calle. Así de dura es la vida del viajero a largo plazo. Luego fuimos a tomar a un bar con música en directo, que recordaré siempre porque al sevillano casi se le caen las lágrimas cuando versionaron una canción de los Gipsy Kings.

Por las proximidades de Xela fuimos a las Fuentes Georginas, que son una especie de spa natural situado en un valle poblado por bosques tropicales. Muy bonito el lugar. Y claro, entre el vientecillo montañoso y que el día estaba algo nublado veías el vapor de agua sulfurosa que emanaba de las termas e inmediatamente te apetecía meterte casi de cabeza. Pero sucedía que el agua estaba caliente. Muy, muy caliente. Tanto que no resultaba muy aconsejable saltar de golpe siguiendo un primer impulso y había que ir entrando poco a poco como si de agua fría se tratase. Según parece antes estaba algo más templada, pero hace algunos años hubo un desprendimiento de tierra que, aparte de cargarse unas esculturas que adornaban el lugar, dejó al descubierto una nueva veta de agua que es la responsable de semejante calentamiento. Tras la sesión de relax de regreso a Xela paramos a comer en Zunil, donde destaca el mercado agrícola en el que cientos de indígenas de las proximidades acuden a vender los productos de sus cultivos. Y también llama la atención, aunque en sentido negativo, que a pesar de lo sucio que está el río que atraviesa el pueblo, ya que es utilizado como vertedero, sea utilizado a la vez como baño y lavadero.

Mi intención para el día siguiente era ascender el volcán Tajumulco. No es el más bonito, incluso en comparación con otros volcanes de Guatemala es bastante feo, con un cono no muy perfecto y un cráter deformado, pero con sus más de 4.200 metros es el punto más alto de Centroamérica y eso tiene mucho tirón, aparte de las vistas que se pueden apreciar desde la cima. La ascensión la puede realizar perfectamente uno por su cuenta ya que no es muy técnica y el camino no resulta muy confuso. Pero hay una organización que se llama Quetzaltrekkers que es una especie de ONG formada por voluntarios internacionales que organiza distintos trekkings y destina casi todo el dinero recaudado a los niños de la calle. Y por otra parte, la gracia del asunto también está en quedarte a dormir por la noche para luego presenciar el amanecer en la cima, y yo no tenía ni tienda de campaña ni saco de dormir y ellos te los facilitaban. Así que, en definitiva, renunciando a la dosis extra de aventura que implicaba ascender por mi propia cuenta, me decidí a hacerlo con ellos y por la tarde me dirigí a la Casa Argentina que es donde esta ubicada la organización. Allí nos reunimos todo el grupo e hicimos eso muy gringo de sentarnos todos en círculo y presentarnos, y mientras pensaba lo cansado que estaba de tener que hablar en inglés en Latinoamérica desconecté y cuando volví me di cuenta de que la gente se había levantado y colocado delante de grupos de objetos que había en el suelo. Se trataba de los útiles comunes (tiendas de campaña, cuerdas, comida…) que nos teniamos que repartir para llevar cada uno en sus respectivas mochilas. Y claro, la gente tonta no es y como llegué el último me tocó el peor que incluía una olla enorme que pesaba lo suyo y que de ninguna forma iba a caber dentro de la mochila. Que se le iba a hacer, me callé la opinión de que para un par de comidas que íbamos a tener la cosa se podía resolver a base de pan con algo de relleno y acepté con resignación mi papel de mula.

Por la noche me fui a tomar las últimas cervezas de despedida con mis compañeros de los último días, que proseguían su viaje hacia la parte oriental del país. La cosa no se prolongó hasta muy tarde porque tocaba levantarse a las 4 de la mañana para ir a donde los Quetzaltrekkers y desde allí dirigirnos a San Marcos de camino hacia el volcán. Cualquiera podría pensar que con semejante madrugón uno se podría echar una cabezadita en el autobús, pero es que nos fuimos en un Chicken Bus que además estaba tan saturado de gente que tenía que ir con las puertas abiertas para que cupiesen todos, algo que no es nada inusual en este tipo de transportes. ¿Qué es un Chicken Bus? El fenómeno merece un inciso. Los Chicken son los antiguos autobuses escolares americanos amarillos, esos que a veces se ven en las películas, que fueron retirados por ser demasiado contaminantes y se vendieron y donaron sobre todo a los países centroamericanos. Son el medio de transporte más habitual en Centroamérica, porque aunque existen otros como shuttles o autobuses algo más cómodos y modernos, por mucho menos precio y aunque en ocasiones se tenga que hacer malabarismos con las combinaciones, con ello se puede llegar al sitio más remoto. El nombre se debe a que a que no es extraño ver a mucha gente de campo que se suben a ellos cargando con animales, aunque a mi me convence más la explicación que afirma que es debido a que por la saturación de gente que se produce en su interior recuerdan a una granja intensiva de producción de huevos de gallina. Por fuera son llamativos, porque muchos están pintados con mucho colorido al gusto del propietario, como el que sale en la fotografía, y sobre todo porque suelen llevar mensajes religiosos en la parte frontal del tipo “Dios te ama” o “Jesús es tu pastor”. Pero el verdadero espectáculo está por dentro. Te recibe el conductor, que suele ser un tipo muy majete que te hace el típico comentario cachondo y suele poner la música (todo tipo de variedades latinas) a todo volumen. Luego llega el laborioso proceso de encontrar un hueco, porque como parece ser que no tienen límite de capacidad, ubicarse resulta como una partida de Tetris virtual. Si no tomas el autobus en la terminal es bastante posible que te toque ir de pie en el pasillo esquivando codazos y patadas en medio de la aglomeración, aunque de todos modos ir sentado tampoco es mucho más relajado, porque los asientos están pensados para niños. Por eso el espacio para las piernas es muy reducido y te las golpeas constantemente, y cuando van tres adultos en el mismo asiento el de la ventanilla casi tiene que ir con la cara pegada en el cristal, el de en medio en modo sandwich y el del pasillo con la mitad del culo en el aire. Un empaquetamiento que no obstante no carece de utilidad, porque como a veces circulan por terrenos dignos del Dakar, o simplemente al pasar los tumulos (topes para ralentizar la velocidad), impide que salgas disparado. Aproximadamente se sabe cuando van a salir, aunque a veces hay que esperar a que se llenen un poco, pero nunca se sabe cuando van a llegar, porque no hay paradas establecidas, sino la gente se para y se sube cada pocos metros, incluyendo a los vendedores que se recorren todo el pasillo como pueden clamando sus productos (mítico el “¡Quesilloooooooooo…!” de Nicaragua). Y bueno, para acabar, vaya por delante mi admiración a aquellas mujeres que se suben con tres niños colgando y algun bulto encima de la cabeza y sobre todo a la figura del cobrador, que se aproxima bastante al concepto de superhombre (excepto por el hecho de que te traten de cobrar de más, lo que le convierte en demasiado humano). Porque el pasaje no se paga al subir o al bajar, sino en medio del trayecto. Y entonces el cobrador recorrie todo el pasillo entre la maraña humana con una habilidad asombrosa, con una memoría todavía más sorprendente identifica a la gente que todavía no ha pagado y después de cobrar desaparece por la puerta de atrás, corre en paralelo por la carretera al costado del bus y después salta para adentro por la puerta delantera. En fin todo un microuniverso el de los Chicken que daría por lo menos para un par de buenos documentales y que sirve para entender que lejos de descansar, el desplazamiento fue como una especie de calentamiento para la ascensión.

Después de desayunar en San Marcos nos fuimos esta vez en un colectivo hasta el cruce donde empezaba la subida hacia el volcán, situado ya a unos 2.200 metros de altura, por lo que al final para llegar a la cima se salvan cerca de 2000. Al principio por un camino con muchas casas humildes a los lados de donde salían un montón de niños a pedirnos galletas y monedas y después por un sendero entre prados y bosques de coníferas. Nos cruzamos con grupos de comunidades cercanas que suben a hacer a rituales mayas, incluso había mujeres que cargaban a sus hijos y subían tan alegremente… De todas formas la ascensión no me pareció muy exigente. Se hacía notar un poco el exceso de equipaje y la dichosa olla, que había amarrado a la mochila como había podido y estuvo sonando a cencerro durante todo el camino, pero imaginaba algo mucho más duro por eso de que era el volcán más alto. Llegamos en relativamente poco tiempo, no a la cumbre, sino a una explanada que hay 300 metros debajo de la cima. Teníamos tiempo suficiente para subir ese mismo día, pero nos quedamos ahí a acampar. Montamos las tiendas y luego lo típico, hablar, jugar a cartas, cenar… hasta que el frío hizo que el único lugar habitable fuera dentro de los sacos de dormir. Nos levantamos a eso de las 3 de la mañana para subir a tiempo antes del amanecer. La subida era por una especie de pedrera en la que en algunos tramos había que trepar. El cielo estrellado era una buena señal, porque por la tarde del día anterior se había nublado un poco y yo ya pensaba que iba a pasar como en el Cotopaxi, que no se veía a más de dos metros de distancia. Esta última parte si fue algo más dura por el frío, por la altura y también porque no habíamos comido nada. Pero llegamos cuando todavía era de noche, y nos dió tiempo a volvernos a meter en los sacos y echarnos una siestecilla hasta que los rayos del sol actuaron como un despertador privilegiado. La vista… increíble. Se veía toda la cadena de volcanes que nace en México y llega hasta El Salvador y hasta el Pacífico en el horizonte. Estuvimos un buen rato contemplando y luego dimos una vuelta por el borde del cráter y empezamos el descenso. Tardamos menos de la mitad del tiempo en el que habíamos subido. De regreso a Xela quedamos los del grupo para vernos luego en un bar por la noche, pero un día levantándome a las 4 y el otro a las 3, me tumbé un rato en la cama para descansar un poco y ya no me desperté hasta la mañana siguiente.

Después de Xela, tras pasar por Huehuetenango (también ignoro lo que significa Huehue) , me fui hasta Todos los Santos, un pequeño pueblo en la zona de los Cuchumatanes en el que la mayoría de los habitantes pertenecen a la etnia maya mam. El pueblo está en un emplazamiento bonito, pero lo llamativo del lugar está en el hecho de que los hombres van vestidos con traje tradicional. Yo ya había visto algunos en San Juan de la Laguna, pero aquí no eran algunos. Ni muchos. Eran todos. Todos los hombres, jovenes y viejos vestidos con el mismo traje que consiste en unos pantalones de rayas rojas y blancas y una camisa blanca con rayas azules, y la mayora además con un sombrero de paja rodeado de una cinta azul y un zurrón. Parecían clones. Las mujeres también llevan sus trajes, aunque eso como en todo Guatemala. Y ahí me quedé en la plaza del pueblo sentado un buen rato mientras simplemente me dedicaba a contemplar la gente, y como era el único extranjero, sintiéndome como si estuviera disfrazado. Aparte de eso poco más, creo que a las nueve de la noche ya no quedaba ni un bar abierto, y a pesar de que en la zona se pueden hacer alguna que otra caminata interesante, decidí irme al día siguiente. Todavía quedaba mucha tela que cortar en Guatemala.

Anuncios

De catrachos, guanacos y chapines

Una especie de turba de zombies mutantes abalanzándose sobre mi mochila me devolvió de forma súbita la sensación de estar de nuevo en marcha tras casi dos meses de inanición viajera en Nicaragua. Se trataba de los tricicleros, que pugnaban desesperadamente por llevarme al otro lado de la frontera a cambio de unos pocos pesos. No recuerdo haberle levantado jamás la voz a un nicaragüense, pero esta vez tuve incluso que empujar a uno de ellos para que soltara mi equipaje y al final, decidí mandarles a todos al carajo y recorrer el trecho a pie.

aaa

Cambio geopolítico: Honduras pertenece a Japón.

Me encontraba en El Guasaule, una de los pasos fronterizos entre Nicaragua y Honduras por donde no hacía mucho se rumoreaba que el depuesto Zelaya iba a tratar de regresar y en consecuencia, se había armado un gran alboroto, aunque ahora las cosas estaban ya más tranquilas. Las fronteras por aquí son un poco de chiste. No existen barreras ni puntos de control y se puede pasar de un lado a otro como quien va a comprar el pan en frente de su casa. Más bien es uno el que tiene que buscar la oficina de migración pertinente, cuya localización no siempre es evidente, para que le sellen el pasaporte. Y aquí ni tan siquiera fue necesario eso porque como existe un acuerdo de unión aduanera, me valía el sello de Nicaragua.

Ya en el lado hondureño, tomando un par de autobuses y tras hacer escala en Choluteca, llegué a Tegucigalpa. Estaba en el corazón del país y ni rastro de barricadas, gente liándose a balazos o algún otro signo de desobediencia civil. Es cierto que habían pasado varios meses desde el inicio del conflicto, pero tras hablar con gente de por aquí y por allá, me dió la impresión de que no parecía existir una especie de zelayismo al estilo del sandinismo o del chavismo con capacidad para poner patas arriba el país, y nunca había llegado a pasar nada grave aparte de pequeños disturbios y movilizaciones localizadas casi siempre cerca de la sede del gobierno. Como siempre, en la prensa se leen incidentes aislados que magnificados por titulares y fotografías impactantes en portada llevaban desde fuera a hacerse una imagen equivocada. Y era más bien eso de lo que se lamentaba la gente, sobre los que repercutía el empeoramiento de la mala situación económica, ya de por sí endémica del país.

En la capital solo estuve una tarde. Me fui a la mañana siguiente con la sensación de que tampoco me estaba perdiendo nada. Según un dicho catracho, en Honduras las decisiones se toman en Tegucigalpa, se trabaja en San Pedro Sula y se descansa en La Ceiba. Y a ésta última, situada en la costa norte caribeña, fue mi siguiente parada. Siendo un lugar eminentemente turístico, aquí si se hacían más perceptibles los efectos de la situación del país. Las calles y chiringuitos situados en la línea del mar estaban desolados y en el hostal donde me alojé, el Banana Republic, era el único huesped. El hostal estaba sucio, descuidado y no había gas en la cocina, mientras que los empleados permanecían ociosos todo el día tirados en unas hamacas. ¿Quién iba a culparles? El dueño les había comunicado que era bastante posible que en unos pocos días tuviese que cerrar, como había venido sucediendo con otros muchos hostales y agencias de turismo del lugar en los últimos tiempos.

Muchas veces me han preguntado si uno no se siente solo cuando viaja sin compañía. Claro está, depende de cada uno, pero lo cierto es que es raro que suceda, salvo en contadas ocasiones y sobre todo por la noche, aunque siempre se puede echar mano de un buen libro o ocupar el tiempo planeando los detalles del día o los días siguientes. Más bien a veces sucede lo contrario y, con el tema de los hostales y las habitaciones compartidas, lo que uno acaba echando en falta es disponer de su propio espacio. Pero esta vez, habiendo estado últimamente siempre con más gente y con el hostal que parecía un convento, si me dió un pequeño achaque de soledad. Nada serio. Lo superé rápidamente evocando los tiempos felices de Sur América y pensando en los destinos que estaban por delante. Y el siguiente de ellos era una de las islas de las bahía: Roatán, Utila, Guanaja y los Cayos Cochinos, que es donde transcurre Supervivientes, ese reality show en el que unos famosos algo moñas lloran porque les pican los mosquitos y a veces tienen que pasar un día sin comer. Mi idea era sacarme una licencia de buceo por lo que la decisión quedaba entre Utila y Roatán. Aunque la primera es la más económica y la más frecuentada por los mochileros, al final, en el mismo muelle desde donde partían los ferries me decidí sobre la marcha por la segunda porque es más grande y parecía que había más cosas que hacer aparte de estar tirado en la playa.

Las isla pasó a ser parte de Honduras en 1861, tras casi 200 años de soberanía inglesa. Por su pasado con alternancia de administración española e inglesa, existen muchas diferencias étnicas y lingüísticas con respecto al territorio continental, algo que sucede en general en toda la región caribeña de los países centroamericanos. Hay mucha población negra descendientes de esclavos africanos y mucha gente habla inglés, aunque casi todos saben español, e incluso otras lenguas propias, según la ascendencia, como el creolé o el garífuna.

Siendo el único extranjero en el barco, me di cuenta de que aquí tampoco la cosa iba a estar muy concurrida. Del puerto me fui a una zona conocida como West End, por ser donde se concentran la mayoría de operadores de buceo. “¿Cuál es el hotel/hostal más barato?”, le pregunté a alguien del lugar, y me llevó a un cuchitril destartalado, lleno de telarañas, con el suelo de madera carcomido y tablones sueltos en el piso de arriba que costaba 100 lempiras (menos de 6$). A pesar de que no suelo ser muy exigente, tampoco era mi intención ser conocido en la localidad como el chico del Valerie’s, y de todas formas allí dentro no había ni rastro del dueño. Así pues, acabé recalando en el segundo de la lista, que costaba 20$ la noche, que aunque pueda parecer que no es muy desorbitada, más si se tiene en cuenta que estaba literalmente situado a 5 metros de la playa, era lo más caro que había pagado hasta la fecha. Después me fui directamente a buscar un centro de buceo para empezar cuanto antes un curso de iniciación. ¿Por qué tanta insistencia en bucear aquí? Porque el mar que las rodea es un parque natural por el que pasa el segundo arrecife de coral más grande del mundo después del australiano (empieza en Nicaragua y se prolonga hasta México) lo que origina un espectacular entorno acuático que la convierte en uno de los lugares más privilegiados para el buceo, a lo que se le añade que es uno de los lugares más baratos para hacerlo. Vamos que vendría a ser como entrenarse a fútbol en el Bernabeu o el Camp Nou. Y como la isla estaba casi desierta, en el curso solo estaba yo y fueron como una especie de clases particulares.

IMG_2665

Las cristalinas aguas de Roatán, con visibilidad perfecta para el buceo.

Me levantaba a eso de las 6:30, me daba un bañito en el mar y luego desayunaba una baleada, comida típica hondureña consistente en una torta de maíz que se puede rellenar con crema de fíjol, queso, pollo, carne de res…, antes de irme al centro de buceo. Bajo las aguas cristalinas, entre corales, infinidad de peces coloridos que no se asustaban cuando te acercabas, morenas, langostas… estuvieron los mejores momentos en la isla en los cuatro días que pasé. No conocí a nadie, a excepción de un negrito con trencitas que me sacó dos cervezas a cambio de la promesa de darme un paseíto en su carro que nunca llegó a cumplir. Al final no me moví del lugar salvo para hacer un viajecito corto a la capital, Coxen Hole, que tampoco tenía mucho que ofrecer, y en mi vida de superficie me aburrí bastante. Baste decir que hasta me tragué un México-Honduras… Por eso en cuanto acabé el curso decidí marcharme inmediatamente de allí.

La siguiente parada era Copán, situada en el otro extremo norte del país. Y digo era porque, inédito en mí, me dormí en el autobús, me pasé la parada y cuando me di cuenta había acabado en un pueblecito llamado Santa Rosa localizado unos cuantos kilómetros más allá. Y como ya era un poco tarde para regresar decidí quedarme a pasar la noche. De camino al centro conocí a un mojado que acababan de deportar desde la frontera entre México y Estados Unidos y me llevó a un hospedaje que es el segundo peor que recuerde en mi amplio historial (el primero es uno inigualable en San Carlos, en el río San Juan de Nicaragua, pero eso ya es otra historia). Y la noche no estuvo tan mal porque no se muy bien que fiesta estaban celebrando, el pueblo estaba bastante animado y en la plaza central había un concierto de música tradicional que sonaba muy bien.

A la mañana siguiente deshice el camino recorrido accidentalmente y llegué finalmente a Copán, un pueblecito tranquilo de calles empedradas famoso porque muy cerca se encuentran unas ruinas artísticamente reconocidas como una de las más bellas del mundo maya y de las mejor preservadas. De entre el conjunto de templos, altares, estelas se destaca la llamada Escalera Jeroglífica, que con sus 63 peldaños que contienen más de 2000 jeroglíficos en los que se registra la historia de la dinastía maya, constituye el texto más extenso conocido de esa civilización. No estaba muy por labor de contratar un guía, más teniendo en cuenta lo caro que costaba la entrada. Pero claro, si no te van explicando y no eres un enterado, al final solo acabas viendo piedras y te pierdes todos los detalles que, en el caso del mundo maya, son muchos detalles. Así que, poniéndome las gafas de sol y los auriculares que no se conectaban a nada, opté por la clásica estrategia de ir quedándome en las distintas construcciones, esperar a que llegasen grupos guiados y disimuladamente poner la oreja. La jugada no me salió mal y solo supuso un par de miradas recelosas. Eso sí, estuve en el lugar mucho más tiempo del que se requiere en condiciones normales para visitarlo. Luego me volví al pueblo y contagiado por la atmósfera apacible decidí quedarme un día más que aproveché para darme un paseíto en caballo, algo que nunca había hecho, por un senderito paralelo a un río que conducía a la pequeña comunidad de la Pintada.

IMG_2689

IMG_2707

IMG_2738

Justo después de 10 días en Honduras, crucé a El Salvador. Una vez más, pasé los tras trámites fronterizos, que fueron iguales a los hondureños. Luego tenía la idea de pararme en algunos pueblos como Suchitoto y Santa Ana pero al final me dirigí a San Salvador en un desplazamiento muy económico que me salió por 1 €. Inmediatamente decidí bautizar a la capital como San SalvaMall, por la gran cantidad de megacentros comerciales que lo atestan. En uno de ellos, el más antiguo de Centroamérica, pasé el primer día porque tenía que reponer unas cuantas cosas que había ido perdiendo a lo largo del viaje. No logré descifrar su estructura laberíntica y me sorprendió la extraordinaria proliferación de restaurantes de comida rápida, más aún en el país de las pupusas, que vienen a ser como las baleadas hondureñas en plan calzone. Incluso tienen una cadena propia (realmente es una compañía guatemalteca), Pollo Campero, cuyo logotipo es un pollo sonriente a saber muy bien porqué pues su futuro inmediato es ser pasto de la freidora previa descuartización.

Al día siguiente logré contactar con Diego, un viejo amigo salvadoreño que había conocido en los tiempos en que vivía en Managua, que me rescató de la inmensidad de la urbe y me invitó a quedarme unos días en su casa. Y con él y unos amigos conocí algunos lugares de la ciudad, cosa que se agradece mucho puesto que generalmente en las capitales centroamericanas (tal vez exceptuando Panamá con su casco antiguo) los puntos de interés se encuentran dispersos y resulta bastante engorroso llegar hasta ellos. Además, ni que decir tiene que al estar con gente del lugar se descubren lugares y otras particularidades que de otro modo le pasan desapercibidas al de afuera. Como por ejemplo el shuco, una de las bebidas más abyectas que recuerde. Que los frijoles son un elemento básico en la dieta centroamericana es algo conocido. Ahora bien, jamás se me hubiera ocurrido que se pudieran llegar a utilizar directamente, sin moler o batir, como ingrediente en una bebida base maíz a la que, para rematar, se le añade un chorro de chile.

IMG_2794

El mítico Diegolorian. El vehículo ideal para recorrer la jungla San Salvadoreña.

Por la capital salimos un par de noches y uno de los días fuimos a la playa del Tunco, una de las famosas playas surferas que hay en el país. Por las condiciones tormentosas no fue el típico día de sol, arena y mar. Pero dio igual porque el mar bravío chocando contra las rocas e incluso sorprendiéndonos en la orilla con una buena mojadita tenía mucho encanto y no impidió que nos diéramos un bañito en dos piscinas, una con cascada incluida, que había en el hotel donde comimos y al final, por el escenario y la compañía quedó un día para el recuerdo.

Gracias Diego, Carmen, Lando, Claudia y Julie por vuestra hospitalidad y tan buenos momentos.

Total, que en San Salvador tenía previsto quedarme un par de días y al final me quedé cinco. Y con gusto me hubiera quedado alguno más, pero la esencia del viajar es el movimiento y, ya enfilando el rumbo para Guatemala, hice una última parada en un pueblecito del norte llamado Tacuba, muy tranquilo y tradicional, de esos en los que te saludas con todo el mundo que te cruzas por la calle, rodeado de un entorno natural verde y montañoso que invitaba a adentrarse. Me alojé en uno de los hostales más bonitos en los que estado, con un dueño la mar de majete que me invitó a ver el reportaje “La vida loca”, que trata sobre el fenómeno de las maras en El Salvador y cuyo autor franco-español había sido asesinado hacía muy poco presumiblemente como vendetta. Después de bastante tiempo sin hacerlo, me apetecía pegarme una buena caminata y mi idea era pasar un par de días en Parque Nacional cercano, El Imposible, probablemente denominado así por lo imposible que parece ser que alguien te de las indicaciones precisas para llegar hasta él. Al final, busqué a alguien del pueblo para que me acompañase a modo de guía y solo estuve un día, eso sí, caminando sus buenas 8 horas por subidas y bajadas a través de bosques tropicales por caminos abiertos a machetazo limpio.

Desde Tacuba la frontera con Guatemala quedaba a tiro de piedra. Aquí sí me sellaron el pasaporte y me dieron 90 días de permiso para estar en el país, cosa que me alegró bastante pues en pocos días se me vencía el período que me habían dado al entrar en Nicaragua y pensaba que tendría que hacer algo de papeleo en la capital, algo que quería evitar a toda costa.

Ser conductor de autobús o de taxis se ha convertido en el trabajo más peligroso del país y durante los dos primeros meses del 2009, medio centenar de choferes fueron asesinados. De camino hacia Ciudad de Guatemala, leo sobre el hombro en el periódico del pasajero de delante: 3 muertos y 2 heridos en un asalto a un autobús en el municipio de Sayaxché. Siguiente página: 4 personas heridas es el saldo de un nuevo asalto a un bus urbano de la ruta 63. Siguiente: Adolescentes violadas en asalto a autobús… Muy halagüeño. Aquello era como el cuponazo, te puede tocar a ti, y casi daban ganas de bajarse y seguir a pie. Al final no hubo ningún sobresalto y alrededor de tres horas después había llegado a la monstruosa ciudad, que tampoco tiene fama de ser muy segura, principalmente por los mareros, de los que se calculan que puede haber más de 65.000. Aunque al final me imagino que pasará como en todos los sitios y no hace falta tener un sexto sentido para saber donde no hay que meterse.

En la capital no se me había perdido nada, al parecer no hay mucho que ver (aunque luego me contó un español que me encontré que por lo visto existe un rollo cultural subversivo bastante interesante), pero era un paso obligado para ir hasta Antigua. El autobús me dejó en una zona que no tenía muy buena pinta y a punto estuve de traicionar mi principio de no tomar ningún taxi. Tuve suerte porque caminé unas cuadras con todo el equipo y en un puesto de comida callejera donde me detuve a comer algo conocí a un hombre de allí que se ofreció llevarme hacia el lugar donde salían los buses. Nada más llegar al hostal, ya por la noche, conocí a un chileno que me invitó a dar una vuelta con unos amigos suyos, que resultaron ser unos músicos callejeros. Con ellos me fui a la plaza central donde empezaron a tocar, originándose un espectáculo muy lamentable: los dos percusionistas iban totalmente desacompasados, cada uno a su bola, y el cantante, peruano, visiblemente drogado, profería unos berridos ininteligibles a la par que desafinaba penosamente con su armónica de cañas. El despropósito musical, no obstante, le debió resultar bastante exótico a la concurrencia y lograron recaudar un buen puñado de quetzales, que, como esta gente no se caracteriza por tener hipoteca y seguro del coche, ni se cambia muy habitualmente de ropa, fueron inmediatamente invertidos en unos cuantos litros de cerveza. Con ellos seguí el peregrinaje hasta la calle del arco. Sin saber ni cuando ni de donde, empezaron a acoplarse una serie de personajes que debían ser lo más colgados de la ciudad. Uno de ellos que aseguraba se cinturón negro de kungfu se detenía delante de cada persona con la que nos íbamos cruzando, se ponía en la posición de la cobra, según sus propias palabras, y le amenazaba con partirle las piernas, alegando que se trataba de un maleante y que su misión era mantener limpia la ciudad de delincuencia. En fin, fue una noche muy surrealista, en cualquier caso preferible a haber acabado en un bar lleno de gringos tratando de bailar regaetton y lugareñas en su caza. Cuando el peruano sacó un pañuelo y empezó a recaudar dinero para comprar farlopa decidí que iba siendo hora de regresar al hostal para dormir.

El día siguiente, después de comerme un energético desayuno chapín (tortillas, huevos, frijoles volteados y plátano frito), lo dediqué principalmente a recorrer la ciudad. El nombre de Antigua le fue acuñado por ser la antigua capital de Guatemala, siendo su nombre original Santiago de los Caballeros del Reino de Guatemala, toma ya. Tras dos importantes terremotos a finales del siglo XVIII que destruyeron gran parte de la ciudad, la Corona Española decidió cambiar la capital a un lugar más seguro en lo que actualmente es Ciudad de Guatemala. Colonial, con edificios de arquitectura barroca, calles limpias y empedradas… la ciudad es sin duda muy bonita. Será que uno de tanto visto va perdiendo la capacidad de fascinación, que todavía tiene en la retina la imagen de Cartagena…, no me llamó tanto la atención. Lo que más me gustó sin duda fueron los edificios en ruinas, que esperó que tengan el buen gusto de no restaurar. Respecto a la gente, a pesar de que por la masiva afluencia de turismo se dice de Antigua que no es la Guatemala real, se veían muchas mujeres, incluyendo niñas, con el traje indígena de falda y huipil, que son las túnicas coloridas con dibujos que expresan la cosmovisión indígena sobre la naturaleza, además de reflejar la identidad, el lugar de nacimiento e incluso la condición social. La comparación era inevitable, y aquí parecían ser más extrovertidos y risueños que los generalmente taciturnos indígenas bolivianos.

IMG_2852

Calle del Arco, la más famosa de Antigua.

IMG_2208

La plaza central.

IMG_2848

Mercado de Antigua.

¿Qué hacer en un país lleno de volcanes, concretamente 38? Pues subir uno de ellos. El más sui generis (y turístico) es el de Pacaya, por estar permanente activo y presentar ríos de lava que fluyen por su ladera a los que es posible acercarse. Había leído en alguna parte que había gente que había pasado la noche para hacer fotografía nocturna y mi idea inicial era acampar allí para poder juguetear con la lava a mi antojo y de paso presenciar el amanecer. Pero para ello había que pedir un permiso al INGUAT (Instituto Guatemalteco de Turismo) que demoraba muchos días en ser concedido y al final fui según la modalidad habitual, contratando un tour desde Antigua. La ascensión no es nada dura, una hora y media a ritmo relajado, y me sorprende que haya mucha gente que piense lo contrario. En cualquier caso, detrás iban unos porteadores con unas cuantas mulas, ansiosos por que alguien desistiese y contratase su servicio. Al principio el camino transcurría por un bosque tupido, hasta que en un punto desaparecía la vegetación y no quedaban más que arenas y rocas volcánicas. Y cuando tras una curva, a lo lejos, se hizo visible el primer río de lava, se empezaron a escuchar los habituales Fuck! y Oh my God!. ¡Ostias!, fue mi exclamación de sorpresa. Para todos era la primera vez que contemplábamos el fenómeno y resultaba emocionante y espectacular. Caminando un poco más llegamos cerca del cráter. El volcán estaba un poco cabrito, escupiendo enormes rocas de fuego, y por ese motivo solo nos dejaron acercarnos hasta una distancia excesivamente prudencial para mi gusto. Otra gente con la que había hablado me había comentado que se había acercado hasta poder tocar la lava con un palo, al tiempo que empezaba a oler a plástico quemado cuando se fundía la suela de sus zapatos. Traté de convencer al guía para me dejara acercarme, pero fue imposible. Nunca había habido ningún accidente (el único fallecimiento registrado hasta la fecha fue el de un gringo, y no porque muriera abrasado, sino porque tenía problemas cardíacos y le dió un ataque cardíaco, curiosamente no por la ascensión sino porque por lo visto se emocionó más de la cuenta al ver el volcán) y no quería cargar con la mala reputación de ser el responsable del primero. Así que echando de menos una cláusula a la potosina que exhimiese a la agencia de cualquier accidente, no me quedó más remedio que resignarme.

IMG_2902

IMG_2920

¿Y qué hacer en un país lleno de lagos? Pues acercarse hasta alguno de ellos. Y ya abandonando definitivamente Antigua, me dirigí al lago Atitlán, del que decía Aldous Huxley que era el lago más hermoso del mundo. No sé yo si el pensador inglés era una autoridad en la materia, pero es seguro que a la gente que habita por aquí no les haría falta ni una pizca de soma. De hecho está lleno de hippies, maestros de yoga y meditación, gente que busca no se qué energías… que decidieron quedarse vivir en alguna de las poblaciones que rodean el lago. Parece ser que los conquistadores españoles hicieron bien su trabajo por aquí y todas ellas tienen nombres bíblicos: Santiago Atitlán, San Pedro, San Juan La Laguna, San Pablo, San Marcos, Santa Cruz… En el único que se libra, Panajachel, que es el más concurrido y explotado, pasé la primera noche. No me gustó mucho y luego me fui a San Pedro en una barca que iba haciendo escala en todos los pueblecitos. Es curioso porque a pesar del reducido espacio, viven diversas etnias mayas con sus diferentes dialectos y costumbres, y parece ser que no se dedican a pelearse por gilipolleces.

San Pedro era mucho más tranquilo. Me sorprendió la cantidad de extranjeros que van allí para aprender español, a los que al final les pasa lo que a los españoles que van a Irlanda o Inglaterra, se juntan entre ellos, cubata por aquí porrito por allá, y al final no pasan del “¿Cómo estás amigo?” y “La cuenta”. En el Titicaca impensable, en la Laguna de Quilotoa solo aguanté hasta las rodillas, aquí ya si que se imponía darse un buen un bañito. A pesar de los 1560 metros de altura, el agua azul y cristalina (aunque según dicen el lago está en serio peligro de contaminación), estaba sorprendentemente tibia.

El último día visité Santiago donde habitan los mayas tzutujil, el pueblo indígena más grande de Centroamérica. Le pagué unos cuantos quetzales a un chaval para que me enseñara el pueblo, y me llevó a la iglesia y luego a ver el Maximón, una efigie de madera que representa una deidad muy venerada a la que realizan ofrendas de diversa índole como flores, cerveza, alcohol, frutas, cigarros y dinero y de vez en cuando sacan en procesiones.

IMG_2950

IMG_2991

El Maximón, una deidad que fuma y bebe.

IMG_2974

Hamaquita, vista del lago... Todo por 40 quetzales.

Se me pasó por la cabeza subir el volcán San Pedro, que junto con el Tolimán y el Atitlán, es uno de los tres que rodea el lago. Al final no lo hice y me dediqué a lo único que prácticamente se puede hacer por aquí, relajarse. Tuve suerte porque en San Pedro encontré un hostal económico situado en la misma orilla. Allí le pedí la Lonely al vecino de al lado y en una hamaca, me quedé dormido mientras planificaba los siguientes destinos levantando cada poco la mirada para contemplar el lago.


Categorías

septiembre 2017
L M X J V S D
« Mar    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
252627282930  

Contador de visitas

  • 6,409