Archive for the 'Honduras' Category

De catrachos, guanacos y chapines

Una especie de turba de zombies mutantes abalanzándose sobre mi mochila me devolvió de forma súbita la sensación de estar de nuevo en marcha tras casi dos meses de inanición viajera en Nicaragua. Se trataba de los tricicleros, que pugnaban desesperadamente por llevarme al otro lado de la frontera a cambio de unos pocos pesos. No recuerdo haberle levantado jamás la voz a un nicaragüense, pero esta vez tuve incluso que empujar a uno de ellos para que soltara mi equipaje y al final, decidí mandarles a todos al carajo y recorrer el trecho a pie.

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Cambio geopolítico: Honduras pertenece a Japón.

Me encontraba en El Guasaule, una de los pasos fronterizos entre Nicaragua y Honduras por donde no hacía mucho se rumoreaba que el depuesto Zelaya iba a tratar de regresar y en consecuencia, se había armado un gran alboroto, aunque ahora las cosas estaban ya más tranquilas. Las fronteras por aquí son un poco de chiste. No existen barreras ni puntos de control y se puede pasar de un lado a otro como quien va a comprar el pan en frente de su casa. Más bien es uno el que tiene que buscar la oficina de migración pertinente, cuya localización no siempre es evidente, para que le sellen el pasaporte. Y aquí ni tan siquiera fue necesario eso porque como existe un acuerdo de unión aduanera, me valía el sello de Nicaragua.

Ya en el lado hondureño, tomando un par de autobuses y tras hacer escala en Choluteca, llegué a Tegucigalpa. Estaba en el corazón del país y ni rastro de barricadas, gente liándose a balazos o algún otro signo de desobediencia civil. Es cierto que habían pasado varios meses desde el inicio del conflicto, pero tras hablar con gente de por aquí y por allá, me dió la impresión de que no parecía existir una especie de zelayismo al estilo del sandinismo o del chavismo con capacidad para poner patas arriba el país, y nunca había llegado a pasar nada grave aparte de pequeños disturbios y movilizaciones localizadas casi siempre cerca de la sede del gobierno. Como siempre, en la prensa se leen incidentes aislados que magnificados por titulares y fotografías impactantes en portada llevaban desde fuera a hacerse una imagen equivocada. Y era más bien eso de lo que se lamentaba la gente, sobre los que repercutía el empeoramiento de la mala situación económica, ya de por sí endémica del país.

En la capital solo estuve una tarde. Me fui a la mañana siguiente con la sensación de que tampoco me estaba perdiendo nada. Según un dicho catracho, en Honduras las decisiones se toman en Tegucigalpa, se trabaja en San Pedro Sula y se descansa en La Ceiba. Y a ésta última, situada en la costa norte caribeña, fue mi siguiente parada. Siendo un lugar eminentemente turístico, aquí si se hacían más perceptibles los efectos de la situación del país. Las calles y chiringuitos situados en la línea del mar estaban desolados y en el hostal donde me alojé, el Banana Republic, era el único huesped. El hostal estaba sucio, descuidado y no había gas en la cocina, mientras que los empleados permanecían ociosos todo el día tirados en unas hamacas. ¿Quién iba a culparles? El dueño les había comunicado que era bastante posible que en unos pocos días tuviese que cerrar, como había venido sucediendo con otros muchos hostales y agencias de turismo del lugar en los últimos tiempos.

Muchas veces me han preguntado si uno no se siente solo cuando viaja sin compañía. Claro está, depende de cada uno, pero lo cierto es que es raro que suceda, salvo en contadas ocasiones y sobre todo por la noche, aunque siempre se puede echar mano de un buen libro o ocupar el tiempo planeando los detalles del día o los días siguientes. Más bien a veces sucede lo contrario y, con el tema de los hostales y las habitaciones compartidas, lo que uno acaba echando en falta es disponer de su propio espacio. Pero esta vez, habiendo estado últimamente siempre con más gente y con el hostal que parecía un convento, si me dió un pequeño achaque de soledad. Nada serio. Lo superé rápidamente evocando los tiempos felices de Sur América y pensando en los destinos que estaban por delante. Y el siguiente de ellos era una de las islas de las bahía: Roatán, Utila, Guanaja y los Cayos Cochinos, que es donde transcurre Supervivientes, ese reality show en el que unos famosos algo moñas lloran porque les pican los mosquitos y a veces tienen que pasar un día sin comer. Mi idea era sacarme una licencia de buceo por lo que la decisión quedaba entre Utila y Roatán. Aunque la primera es la más económica y la más frecuentada por los mochileros, al final, en el mismo muelle desde donde partían los ferries me decidí sobre la marcha por la segunda porque es más grande y parecía que había más cosas que hacer aparte de estar tirado en la playa.

Las isla pasó a ser parte de Honduras en 1861, tras casi 200 años de soberanía inglesa. Por su pasado con alternancia de administración española e inglesa, existen muchas diferencias étnicas y lingüísticas con respecto al territorio continental, algo que sucede en general en toda la región caribeña de los países centroamericanos. Hay mucha población negra descendientes de esclavos africanos y mucha gente habla inglés, aunque casi todos saben español, e incluso otras lenguas propias, según la ascendencia, como el creolé o el garífuna.

Siendo el único extranjero en el barco, me di cuenta de que aquí tampoco la cosa iba a estar muy concurrida. Del puerto me fui a una zona conocida como West End, por ser donde se concentran la mayoría de operadores de buceo. “¿Cuál es el hotel/hostal más barato?”, le pregunté a alguien del lugar, y me llevó a un cuchitril destartalado, lleno de telarañas, con el suelo de madera carcomido y tablones sueltos en el piso de arriba que costaba 100 lempiras (menos de 6$). A pesar de que no suelo ser muy exigente, tampoco era mi intención ser conocido en la localidad como el chico del Valerie’s, y de todas formas allí dentro no había ni rastro del dueño. Así pues, acabé recalando en el segundo de la lista, que costaba 20$ la noche, que aunque pueda parecer que no es muy desorbitada, más si se tiene en cuenta que estaba literalmente situado a 5 metros de la playa, era lo más caro que había pagado hasta la fecha. Después me fui directamente a buscar un centro de buceo para empezar cuanto antes un curso de iniciación. ¿Por qué tanta insistencia en bucear aquí? Porque el mar que las rodea es un parque natural por el que pasa el segundo arrecife de coral más grande del mundo después del australiano (empieza en Nicaragua y se prolonga hasta México) lo que origina un espectacular entorno acuático que la convierte en uno de los lugares más privilegiados para el buceo, a lo que se le añade que es uno de los lugares más baratos para hacerlo. Vamos que vendría a ser como entrenarse a fútbol en el Bernabeu o el Camp Nou. Y como la isla estaba casi desierta, en el curso solo estaba yo y fueron como una especie de clases particulares.

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Las cristalinas aguas de Roatán, con visibilidad perfecta para el buceo.

Me levantaba a eso de las 6:30, me daba un bañito en el mar y luego desayunaba una baleada, comida típica hondureña consistente en una torta de maíz que se puede rellenar con crema de fíjol, queso, pollo, carne de res…, antes de irme al centro de buceo. Bajo las aguas cristalinas, entre corales, infinidad de peces coloridos que no se asustaban cuando te acercabas, morenas, langostas… estuvieron los mejores momentos en la isla en los cuatro días que pasé. No conocí a nadie, a excepción de un negrito con trencitas que me sacó dos cervezas a cambio de la promesa de darme un paseíto en su carro que nunca llegó a cumplir. Al final no me moví del lugar salvo para hacer un viajecito corto a la capital, Coxen Hole, que tampoco tenía mucho que ofrecer, y en mi vida de superficie me aburrí bastante. Baste decir que hasta me tragué un México-Honduras… Por eso en cuanto acabé el curso decidí marcharme inmediatamente de allí.

La siguiente parada era Copán, situada en el otro extremo norte del país. Y digo era porque, inédito en mí, me dormí en el autobús, me pasé la parada y cuando me di cuenta había acabado en un pueblecito llamado Santa Rosa localizado unos cuantos kilómetros más allá. Y como ya era un poco tarde para regresar decidí quedarme a pasar la noche. De camino al centro conocí a un mojado que acababan de deportar desde la frontera entre México y Estados Unidos y me llevó a un hospedaje que es el segundo peor que recuerde en mi amplio historial (el primero es uno inigualable en San Carlos, en el río San Juan de Nicaragua, pero eso ya es otra historia). Y la noche no estuvo tan mal porque no se muy bien que fiesta estaban celebrando, el pueblo estaba bastante animado y en la plaza central había un concierto de música tradicional que sonaba muy bien.

A la mañana siguiente deshice el camino recorrido accidentalmente y llegué finalmente a Copán, un pueblecito tranquilo de calles empedradas famoso porque muy cerca se encuentran unas ruinas artísticamente reconocidas como una de las más bellas del mundo maya y de las mejor preservadas. De entre el conjunto de templos, altares, estelas se destaca la llamada Escalera Jeroglífica, que con sus 63 peldaños que contienen más de 2000 jeroglíficos en los que se registra la historia de la dinastía maya, constituye el texto más extenso conocido de esa civilización. No estaba muy por labor de contratar un guía, más teniendo en cuenta lo caro que costaba la entrada. Pero claro, si no te van explicando y no eres un enterado, al final solo acabas viendo piedras y te pierdes todos los detalles que, en el caso del mundo maya, son muchos detalles. Así que, poniéndome las gafas de sol y los auriculares que no se conectaban a nada, opté por la clásica estrategia de ir quedándome en las distintas construcciones, esperar a que llegasen grupos guiados y disimuladamente poner la oreja. La jugada no me salió mal y solo supuso un par de miradas recelosas. Eso sí, estuve en el lugar mucho más tiempo del que se requiere en condiciones normales para visitarlo. Luego me volví al pueblo y contagiado por la atmósfera apacible decidí quedarme un día más que aproveché para darme un paseíto en caballo, algo que nunca había hecho, por un senderito paralelo a un río que conducía a la pequeña comunidad de la Pintada.

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Justo después de 10 días en Honduras, crucé a El Salvador. Una vez más, pasé los tras trámites fronterizos, que fueron iguales a los hondureños. Luego tenía la idea de pararme en algunos pueblos como Suchitoto y Santa Ana pero al final me dirigí a San Salvador en un desplazamiento muy económico que me salió por 1 €. Inmediatamente decidí bautizar a la capital como San SalvaMall, por la gran cantidad de megacentros comerciales que lo atestan. En uno de ellos, el más antiguo de Centroamérica, pasé el primer día porque tenía que reponer unas cuantas cosas que había ido perdiendo a lo largo del viaje. No logré descifrar su estructura laberíntica y me sorprendió la extraordinaria proliferación de restaurantes de comida rápida, más aún en el país de las pupusas, que vienen a ser como las baleadas hondureñas en plan calzone. Incluso tienen una cadena propia (realmente es una compañía guatemalteca), Pollo Campero, cuyo logotipo es un pollo sonriente a saber muy bien porqué pues su futuro inmediato es ser pasto de la freidora previa descuartización.

Al día siguiente logré contactar con Diego, un viejo amigo salvadoreño que había conocido en los tiempos en que vivía en Managua, que me rescató de la inmensidad de la urbe y me invitó a quedarme unos días en su casa. Y con él y unos amigos conocí algunos lugares de la ciudad, cosa que se agradece mucho puesto que generalmente en las capitales centroamericanas (tal vez exceptuando Panamá con su casco antiguo) los puntos de interés se encuentran dispersos y resulta bastante engorroso llegar hasta ellos. Además, ni que decir tiene que al estar con gente del lugar se descubren lugares y otras particularidades que de otro modo le pasan desapercibidas al de afuera. Como por ejemplo el shuco, una de las bebidas más abyectas que recuerde. Que los frijoles son un elemento básico en la dieta centroamericana es algo conocido. Ahora bien, jamás se me hubiera ocurrido que se pudieran llegar a utilizar directamente, sin moler o batir, como ingrediente en una bebida base maíz a la que, para rematar, se le añade un chorro de chile.

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El mítico Diegolorian. El vehículo ideal para recorrer la jungla San Salvadoreña.

Por la capital salimos un par de noches y uno de los días fuimos a la playa del Tunco, una de las famosas playas surferas que hay en el país. Por las condiciones tormentosas no fue el típico día de sol, arena y mar. Pero dio igual porque el mar bravío chocando contra las rocas e incluso sorprendiéndonos en la orilla con una buena mojadita tenía mucho encanto y no impidió que nos diéramos un bañito en dos piscinas, una con cascada incluida, que había en el hotel donde comimos y al final, por el escenario y la compañía quedó un día para el recuerdo.

Gracias Diego, Carmen, Lando, Claudia y Julie por vuestra hospitalidad y tan buenos momentos.

Total, que en San Salvador tenía previsto quedarme un par de días y al final me quedé cinco. Y con gusto me hubiera quedado alguno más, pero la esencia del viajar es el movimiento y, ya enfilando el rumbo para Guatemala, hice una última parada en un pueblecito del norte llamado Tacuba, muy tranquilo y tradicional, de esos en los que te saludas con todo el mundo que te cruzas por la calle, rodeado de un entorno natural verde y montañoso que invitaba a adentrarse. Me alojé en uno de los hostales más bonitos en los que estado, con un dueño la mar de majete que me invitó a ver el reportaje “La vida loca”, que trata sobre el fenómeno de las maras en El Salvador y cuyo autor franco-español había sido asesinado hacía muy poco presumiblemente como vendetta. Después de bastante tiempo sin hacerlo, me apetecía pegarme una buena caminata y mi idea era pasar un par de días en Parque Nacional cercano, El Imposible, probablemente denominado así por lo imposible que parece ser que alguien te de las indicaciones precisas para llegar hasta él. Al final, busqué a alguien del pueblo para que me acompañase a modo de guía y solo estuve un día, eso sí, caminando sus buenas 8 horas por subidas y bajadas a través de bosques tropicales por caminos abiertos a machetazo limpio.

Desde Tacuba la frontera con Guatemala quedaba a tiro de piedra. Aquí sí me sellaron el pasaporte y me dieron 90 días de permiso para estar en el país, cosa que me alegró bastante pues en pocos días se me vencía el período que me habían dado al entrar en Nicaragua y pensaba que tendría que hacer algo de papeleo en la capital, algo que quería evitar a toda costa.

Ser conductor de autobús o de taxis se ha convertido en el trabajo más peligroso del país y durante los dos primeros meses del 2009, medio centenar de choferes fueron asesinados. De camino hacia Ciudad de Guatemala, leo sobre el hombro en el periódico del pasajero de delante: 3 muertos y 2 heridos en un asalto a un autobús en el municipio de Sayaxché. Siguiente página: 4 personas heridas es el saldo de un nuevo asalto a un bus urbano de la ruta 63. Siguiente: Adolescentes violadas en asalto a autobús… Muy halagüeño. Aquello era como el cuponazo, te puede tocar a ti, y casi daban ganas de bajarse y seguir a pie. Al final no hubo ningún sobresalto y alrededor de tres horas después había llegado a la monstruosa ciudad, que tampoco tiene fama de ser muy segura, principalmente por los mareros, de los que se calculan que puede haber más de 65.000. Aunque al final me imagino que pasará como en todos los sitios y no hace falta tener un sexto sentido para saber donde no hay que meterse.

En la capital no se me había perdido nada, al parecer no hay mucho que ver (aunque luego me contó un español que me encontré que por lo visto existe un rollo cultural subversivo bastante interesante), pero era un paso obligado para ir hasta Antigua. El autobús me dejó en una zona que no tenía muy buena pinta y a punto estuve de traicionar mi principio de no tomar ningún taxi. Tuve suerte porque caminé unas cuadras con todo el equipo y en un puesto de comida callejera donde me detuve a comer algo conocí a un hombre de allí que se ofreció llevarme hacia el lugar donde salían los buses. Nada más llegar al hostal, ya por la noche, conocí a un chileno que me invitó a dar una vuelta con unos amigos suyos, que resultaron ser unos músicos callejeros. Con ellos me fui a la plaza central donde empezaron a tocar, originándose un espectáculo muy lamentable: los dos percusionistas iban totalmente desacompasados, cada uno a su bola, y el cantante, peruano, visiblemente drogado, profería unos berridos ininteligibles a la par que desafinaba penosamente con su armónica de cañas. El despropósito musical, no obstante, le debió resultar bastante exótico a la concurrencia y lograron recaudar un buen puñado de quetzales, que, como esta gente no se caracteriza por tener hipoteca y seguro del coche, ni se cambia muy habitualmente de ropa, fueron inmediatamente invertidos en unos cuantos litros de cerveza. Con ellos seguí el peregrinaje hasta la calle del arco. Sin saber ni cuando ni de donde, empezaron a acoplarse una serie de personajes que debían ser lo más colgados de la ciudad. Uno de ellos que aseguraba se cinturón negro de kungfu se detenía delante de cada persona con la que nos íbamos cruzando, se ponía en la posición de la cobra, según sus propias palabras, y le amenazaba con partirle las piernas, alegando que se trataba de un maleante y que su misión era mantener limpia la ciudad de delincuencia. En fin, fue una noche muy surrealista, en cualquier caso preferible a haber acabado en un bar lleno de gringos tratando de bailar regaetton y lugareñas en su caza. Cuando el peruano sacó un pañuelo y empezó a recaudar dinero para comprar farlopa decidí que iba siendo hora de regresar al hostal para dormir.

El día siguiente, después de comerme un energético desayuno chapín (tortillas, huevos, frijoles volteados y plátano frito), lo dediqué principalmente a recorrer la ciudad. El nombre de Antigua le fue acuñado por ser la antigua capital de Guatemala, siendo su nombre original Santiago de los Caballeros del Reino de Guatemala, toma ya. Tras dos importantes terremotos a finales del siglo XVIII que destruyeron gran parte de la ciudad, la Corona Española decidió cambiar la capital a un lugar más seguro en lo que actualmente es Ciudad de Guatemala. Colonial, con edificios de arquitectura barroca, calles limpias y empedradas… la ciudad es sin duda muy bonita. Será que uno de tanto visto va perdiendo la capacidad de fascinación, que todavía tiene en la retina la imagen de Cartagena…, no me llamó tanto la atención. Lo que más me gustó sin duda fueron los edificios en ruinas, que esperó que tengan el buen gusto de no restaurar. Respecto a la gente, a pesar de que por la masiva afluencia de turismo se dice de Antigua que no es la Guatemala real, se veían muchas mujeres, incluyendo niñas, con el traje indígena de falda y huipil, que son las túnicas coloridas con dibujos que expresan la cosmovisión indígena sobre la naturaleza, además de reflejar la identidad, el lugar de nacimiento e incluso la condición social. La comparación era inevitable, y aquí parecían ser más extrovertidos y risueños que los generalmente taciturnos indígenas bolivianos.

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Calle del Arco, la más famosa de Antigua.

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La plaza central.

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Mercado de Antigua.

¿Qué hacer en un país lleno de volcanes, concretamente 38? Pues subir uno de ellos. El más sui generis (y turístico) es el de Pacaya, por estar permanente activo y presentar ríos de lava que fluyen por su ladera a los que es posible acercarse. Había leído en alguna parte que había gente que había pasado la noche para hacer fotografía nocturna y mi idea inicial era acampar allí para poder juguetear con la lava a mi antojo y de paso presenciar el amanecer. Pero para ello había que pedir un permiso al INGUAT (Instituto Guatemalteco de Turismo) que demoraba muchos días en ser concedido y al final fui según la modalidad habitual, contratando un tour desde Antigua. La ascensión no es nada dura, una hora y media a ritmo relajado, y me sorprende que haya mucha gente que piense lo contrario. En cualquier caso, detrás iban unos porteadores con unas cuantas mulas, ansiosos por que alguien desistiese y contratase su servicio. Al principio el camino transcurría por un bosque tupido, hasta que en un punto desaparecía la vegetación y no quedaban más que arenas y rocas volcánicas. Y cuando tras una curva, a lo lejos, se hizo visible el primer río de lava, se empezaron a escuchar los habituales Fuck! y Oh my God!. ¡Ostias!, fue mi exclamación de sorpresa. Para todos era la primera vez que contemplábamos el fenómeno y resultaba emocionante y espectacular. Caminando un poco más llegamos cerca del cráter. El volcán estaba un poco cabrito, escupiendo enormes rocas de fuego, y por ese motivo solo nos dejaron acercarnos hasta una distancia excesivamente prudencial para mi gusto. Otra gente con la que había hablado me había comentado que se había acercado hasta poder tocar la lava con un palo, al tiempo que empezaba a oler a plástico quemado cuando se fundía la suela de sus zapatos. Traté de convencer al guía para me dejara acercarme, pero fue imposible. Nunca había habido ningún accidente (el único fallecimiento registrado hasta la fecha fue el de un gringo, y no porque muriera abrasado, sino porque tenía problemas cardíacos y le dió un ataque cardíaco, curiosamente no por la ascensión sino porque por lo visto se emocionó más de la cuenta al ver el volcán) y no quería cargar con la mala reputación de ser el responsable del primero. Así que echando de menos una cláusula a la potosina que exhimiese a la agencia de cualquier accidente, no me quedó más remedio que resignarme.

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¿Y qué hacer en un país lleno de lagos? Pues acercarse hasta alguno de ellos. Y ya abandonando definitivamente Antigua, me dirigí al lago Atitlán, del que decía Aldous Huxley que era el lago más hermoso del mundo. No sé yo si el pensador inglés era una autoridad en la materia, pero es seguro que a la gente que habita por aquí no les haría falta ni una pizca de soma. De hecho está lleno de hippies, maestros de yoga y meditación, gente que busca no se qué energías… que decidieron quedarse vivir en alguna de las poblaciones que rodean el lago. Parece ser que los conquistadores españoles hicieron bien su trabajo por aquí y todas ellas tienen nombres bíblicos: Santiago Atitlán, San Pedro, San Juan La Laguna, San Pablo, San Marcos, Santa Cruz… En el único que se libra, Panajachel, que es el más concurrido y explotado, pasé la primera noche. No me gustó mucho y luego me fui a San Pedro en una barca que iba haciendo escala en todos los pueblecitos. Es curioso porque a pesar del reducido espacio, viven diversas etnias mayas con sus diferentes dialectos y costumbres, y parece ser que no se dedican a pelearse por gilipolleces.

San Pedro era mucho más tranquilo. Me sorprendió la cantidad de extranjeros que van allí para aprender español, a los que al final les pasa lo que a los españoles que van a Irlanda o Inglaterra, se juntan entre ellos, cubata por aquí porrito por allá, y al final no pasan del “¿Cómo estás amigo?” y “La cuenta”. En el Titicaca impensable, en la Laguna de Quilotoa solo aguanté hasta las rodillas, aquí ya si que se imponía darse un buen un bañito. A pesar de los 1560 metros de altura, el agua azul y cristalina (aunque según dicen el lago está en serio peligro de contaminación), estaba sorprendentemente tibia.

El último día visité Santiago donde habitan los mayas tzutujil, el pueblo indígena más grande de Centroamérica. Le pagué unos cuantos quetzales a un chaval para que me enseñara el pueblo, y me llevó a la iglesia y luego a ver el Maximón, una efigie de madera que representa una deidad muy venerada a la que realizan ofrendas de diversa índole como flores, cerveza, alcohol, frutas, cigarros y dinero y de vez en cuando sacan en procesiones.

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El Maximón, una deidad que fuma y bebe.

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Hamaquita, vista del lago... Todo por 40 quetzales.

Se me pasó por la cabeza subir el volcán San Pedro, que junto con el Tolimán y el Atitlán, es uno de los tres que rodea el lago. Al final no lo hice y me dediqué a lo único que prácticamente se puede hacer por aquí, relajarse. Tuve suerte porque en San Pedro encontré un hostal económico situado en la misma orilla. Allí le pedí la Lonely al vecino de al lado y en una hamaca, me quedé dormido mientras planificaba los siguientes destinos levantando cada poco la mirada para contemplar el lago.


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